Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 10 de marzo de 2002
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Cultura
Bárbara Jacobs

Flores en la pileta

Cuando felicité a Mario Bellatín por el Premio Villaurrutia que le acabábamos de anunciar, exclamó: ''Ahora mismo me arrojo a la pileta". Sorprendida, le pedí en mi calidad de jurado que no lo hiciera, y en tono de broma, para disuadirlo y no azuzarlo, añadí: "Por lo menos espérate hasta después de la premiación".

Pero en realidad, ¿qué había querido significar Bellatín con la expresión que usó? Mientras yo la entendí como una respuesta inesperada y alarmante, lo más probable era que, por raro que pareciera, él la hubiera usado para expresar sencillamente su gusto. Y si su gusto era grande, de exagerada no tenía el menor asomo. Como quiera que fuere, no se trataba de una frase común o que anunciara un gesto tranquilizador. Ni dejaba de ser intrínsecamente extraño, tampoco, que en una noche de invierno alguien, ordinario o extravagante, quisiera arrojarse a una pileta en señal de júbilo, y ni siquiera de desesperación.

Conozco poco a Bellatín, pero los críticos han señalado que en su obra presenta respuestas alternativas, y que de hecho tanto su estilo narrativo como el desarrollo y el desenlace de sus narraciones son inesperados y diferentes. Pues ya acababa yo de tener una muestra viva de que los críticos, por una vez, habían acertado en su apreciación. Bellatín y su literatura se salen de la media y constituyen una propuesta ante la que ciertamente lo menos que puede decirse es que vale la pena sorprenderse. Casi diría que Bellatín marca. A partir de la forma en que manifestó su gusto, a mí difícilmente se me representaría sino como alguien alternativo, capaz de arrojarse a una pileta seca o con agua, en invierno o en verano, con tal de manifestar su satisfacción.

Bueno, no era para menos. Unos días atrás la prensa había dado la noticia falsa de que Bellatín había ganado el premio Villaurrutia, y a pesar de que el asunto se aclaró como broma de mal gusto, Bellatín no habrá dejado de temer que, con semejante precedente, se le habría cebado el premio. Es decir, el contexto hacía que la expresión "arrojarse a la pileta" adquiriera, después de todo, no nada más sentidos alternos, sino motivaciones también alternas. En todo caso, ¿qué se podía esperar de alguien que, como se dice de Bellatín, tiene orígenes japoneses? Hay que recordar que para la cultura japonesa hacerse el harakiri o, lo que es lo mismo, arrojarse a la pileta, tiene un significado y una resonancia tan alternativos como trascendentes y hasta heroicos.

Ahora bien, ¿qué encontramos de estas capas de sentidos distintos contenidos en una simple expresión cuando leemos a Bellatín? En Flores, su libro ganador, posibilidades que se reproducen. El relato está formado por cuadros, por ejemplo, y a cada uno de ellos le corresponde una flor. Digamos la crisantema, que acompaña a uno de los más dramáticos. Una mujer arroja a las vías del tren a su hijo adoptivo recién nacido, pues su irrupción en la vida de pareja de ella había sido atroz. En el momento de arrojarlo, del otro lado de la vía la madre ve un campo de crisantemas que, entre la bruma y el paso del tren, desaparece como una ilusión.

Más allá del efecto que tenga en Bellatín el premio que hoy recibe, creo que el que tenga en Flores dependerá del lector. Que la obra premiada se conozca y se aprecie es el efecto que sin duda todo premio se propone alcanzar, y es la suerte que Flores merece.

Este libro me hizo recuperar la flor, lo que no es una conclusión cursi o tonta. El otro día me crucé en la calle con un joven que llevaba un ramo de flores en la mano. Eran amarillas y moradas, y el ramo me gustó poderosamente. Tanto, que se lo pedí. El joven se desconcertó. Me dijo que estaba bien, pero que me lo vendía y en cuánto. Le expliqué que no lo quería comprar; pero que sí lo quería tener. Yo no sabía si el precio era el justo o no; más que nunca antes, ahora me parecía claro que el costo de lo que a uno le gusta y quiere es, además de relativo, una abstracción. Sin embargo, no me interesaba llegar a ningún acuerdo en estos términos tampoco.

Mientras sostenía esta transacción encaminada al fracaso con el florista involuntario, imaginaba el ramo de flores en cuestión en un florero sobre mi mesa de trabajo. No forcejeamos, el joven y yo, porque me contuve de arrebatarle las flores que yo quería y que él no quería darme; pero cuando me senté a trabajar las vi sobre mi mesa en el florero tal como si ahí estuvieran. Entonces pensé que Flores, de Bellatín, había hecho la magia.

¿No es esa la finalidad de la literatura? Que te grabe imágenes en la memoria y sensaciones; que te deje pensando si la resolución que leíste a un conflicto determinado era la única viable, o si habría otras, y cuáles podrían ser éstas. Además, ¿no se trata de que la literatura produzca en ti eso que se llama placer estético? Un libro bueno consigue todo esto, acompaña y hasta llega a provocarle sueños al lector y a darle ideas. Un buen libro despierta recuerdos en el lector, y le crea situaciones que se convertirán a su vez en recuerdos.

Flores me recordó mi afición adolescente a las crisantemas, que algo tenían que ver con Japón, precisamente, y el zen, y cosas como esas. Con regularidad renovaba una de estas flores, blanca, en un florero de cuello alto. Oigo el corte diagonal que hacía en el extremo del tallo, y recuerdo cómo después, con el mango de las tijeras, lo machacaba apenas para que, al volverlo a introducir en el florero, con agua limpia, la flor, aunque milimétricamente más corta, durara más.

Qué bueno que Bellatín escribió Flores, y qué bueno que ambos, autores y libro, reciben hoy el Premio Villaurrutia. Sirva el acontecimiento para renovar el espíritu del premio, de escritores para escritores, y para celebrarlo con Bellatín y sus Flores, así sea arrojándonos todos a la pileta antes de que nos borre la bruma o el tren.

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