LETRA S
Febrero 7 de 2002

Editorial

Desde la década de los 70, México dejó de ser un país rural, ahora la mayoría de su población vive en concentraciones urbanas. Se trata de una transición que aún no culmina y a la que la globalización, las migraciones y los medios de comunicación le han dado un nuevo dinamismo. Este proceso no sólo tiene repercusiones económicas sino que involucra también cambios culturales profundos que incluyen las costumbres sexuales.

Incluso en localidades indígenas, pequeños poblados y asentamientos rurales expuestos a las influencias de los medios y las migraciones, se comienzan a notar estos cambios en los comportamientos sexuales y de género de sus habitantes, sobre todo en la población joven. Cambios que por lo regular no se corresponden con los discursos imperantes, donde todavía persisten los prejuicios y las creencias sobre los roles de género.

Sin embargo, estos cambios en los comportamientos sexuales no se están acompañando de los servicios necesarios que apoyen a jóvenes y adolescentes a tomar las decisiones que más les convengan. Esta ausencia acentúa la exposición de esta población a los riesgos de embarazos no planeados, enfermedades de transmisión sexual, el sida, los abortos clandestinos y la explotación sexual. Los rezagos que nuestro país arrastra en materia de educación sexual, se acentúan en las regiones rurales, donde se requiere de mayor apoyo institucional.

La apertura a la modernidad que están experimentando las nuevas generaciones de jóvenes en áreas rurales ofrece una excelente oportunidad para promover la salud sexual y reproductiva, desde una perspectiva de género, a través de la participación y capacitación de jóvenes pertenecientes a las propias comunidades, en particular aquellos y aquellas que han vivido ya el fenómeno de la migración.