Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Lunes 31 de diciembre de 2001
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Cultura
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Carlos Bonfil

Africa ABC

Hasta hace pocos años el realizador iraní Abbas Kiarostami era prácticamente desconocido en México. A pesar de su celebridad en los festivales internacionales de cine y de la originalidad de su estilo (que muy pronto impone una manera de filmar y de abordar el tema de la infancia), muy poco de su obra se podía apreciar por la televisión cultural (esporádicamente) o en alguna muestra de cine. Una trilogía consagratoria: ƑDónde está la casa de mi amigo?, La vida continúa y A través de los olivos -cintas sin distribución comercial en nuestro país, en espera todavía de algún ciclo que las rescate del olvido. Las técnicas del documental y del cine directo aplicadas a una trama elemental, de sencillez increíble, producen un cine minimalista, a la vez espejo de la realidad iraní y de las relaciones intrafamiliares.

En su largometraje más reciente Africa ABC, Kiarostami incursiona de lleno en el documental a color y filma fuera de su país, en Uganda, otra cinta sobre la infancia. Esta vez no se trata ya de niños enfrentados a la experiencia de un desastre natural (el terremoto en Irán al que alude La vida continúa), sino a una hecatombe de proporciones todavía mayores: la pandemia del sida que en ese país de 22 millones de habitantes deja hasta 1991 el saldo de millón y medio de infantes huérfanos. La previsión para el año próximo es de dos millones.

El proyecto de la cinta surge de la solicitud que una organización no gubernamental, la Ufeso, integrada por mujeres voluntarias, le hace al director. Se le pide filmar orfelinatos y hospitales, y llamar así la atención mundial sobre un país devastado por el sida y por el hecho de que la mayoría de los afectados son hombres entre 15 y 35 años, lo que compromete seriamente el relevo generacional y la economía local.

Hasta aquí todo haría pensar en un documental de encargo, en un proyecto de benevolencia que no asume ningún riesgo y se limita a denunciar una situación escandalosa. Kiarostami realiza sin embargo una película notable, inesperada. Rompe con la visión piadosa del enfermo terminal y también con cualquier óptica sensacionalista. Con cámara digital en mano recorre las calles de Kampala, llega hasta el orfelinato y captura a niños y niñas en sus momentos de recreación, interrogando en grupo a la cámara, sonriendo, retándola a risotadas, en tanto un adulto indolente se recuesta sobre el piso para ensayar poses de coquetería.

El tono festivo se interrumpe y da paso a los interiores de un hospital rudimentario, con un niño que gime de dolor mientras médicos y enfermeros celebran alguna ocurrencia, como si la tragedia a fuerza de ser tan cotidiana, y de instalarse en tantas vidas y tantas voces, se volviera trivial, para sorpresa inicial de los extranjeros voluntarios que al final terminan aclimatándose a esta extraña convivencia de la supervivencia y la muerte. Lo verdaderamente inquietante está en otra parte, y el realizador lo señala con precisión y ánimo crítico: sobre el lecho del niño agonizante hay una foto del papa Juan Pablo II con una leyenda que en este contexto parece absurda: ''Procuremos la virginidad para niños y niñas" ''Sólo la virginidad protege".

Poco después un médico del poblado de Masaka describe las dimensiones del desastre. En este lugar, epicentro de la pandemia, se desalienta el uso del condón entre la población, en su mayoría católica, pues según la Iglesia local el preservativo conduce a la promiscuidad y al despertar precoz de la sexualidad, y por esa razón es condenable. Los saldos de este oscurantismo están a la vista.

En otra secuencia la pantalla permanece durante cinco minutos en negro. Sólo se escuchan las voces en off de dos extranjeros que hablan del número de horas que los poblados en Uganda permanecen privados de electricidad. La mitad de la vida en penumbras. ''Cuando la luz se va, se pierde un poco también la vida".

Este magnífico contraste de luz y oscuridad, tan elocuente en las actitudes y comportamientos infantiles que captura el cineasta, tan expresivo en las posturas de intolerancia eclesiástica y en la entrega de las madres ugandesas que recogen niños huérfanos, es la fuerza que anima al documental confiriéndole también su belleza plástica. Una opción nada desdeñable para la televisión cultural en México.

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