Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Domingo 23 de diciembre de 2001
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MAR DE HISTORIAS

Flor de Nochebuena

CRISTINA PACHECO

Aquel 24 de diciembre cayó en domingo. En mi recuerdo asocio la fecha con un cielo muy azul, corrientes de aire helado y el rumor a hojas secas de papel de China.

Mis hermanos y yo esperamos con particular entusiasmo aquella fecha porque la Navidad coincidía con el cumpleaños de mi padre, quien llevaba muchos meses de ausencia. Durante ese tiempo rara vez nos escribió. Mi madre justificaba su silencio argumentando que un hombre dedicado a la construcción de carreteras y caminos difícilmente podía tener a mano una agencia de correos.

En la carta que nos llegó a principios de diciembre mi padre anunció su visita para mediados de mes. La noche en que fuimos a recibirlo a la estación mi madre parecía otra mujer, con los labios rojos y el cabello recogido sobre la nuca. Sentí una mezcla de inquietud y orgullo al notar que los hombres la miraban. Ella no lo advirtió. Estaba concentrada observando a los viajeros que descendían de los vagones. Cuando descubrió a mi padre en el andén corrió a su encuentro.

Nosotros nos quedamos inmóviles esperando que él se acercara. "Cómo han crecido", fue lo único que dijo. La escasa emoción que traslucía su voz contrastaba con el brillo de sus ojos. Lo abrazamos. Nunca olvidaré el olor de sus ropas ni el estremecimiento que, cuando lo besé, me produjo el contacto con su barba crecida.

Los siguientes días fueron muy extraños. Mi padre pasó mucho tiempo preguntándonos acerca de nuestros planes. "Ezequiel: son muy chicos. Ahora sólo piensan en divertirse", lo atajaba mi madre, nerviosa como si tuviera miedo de aventurarse en el futuro, cuando tal vez ya no estaríamos junto a ella para contrarrestar las frecuentes y prolongadas ausencias de mi padre.

En varias ocasiones salimos de paseo. No recuerdo que hayamos marchado al mismo paso. Mis padres siempre iban adelante, conversando. Por momentos alguno de los dos se detenía para volverse a mirarnos y cerciorarse de que estuviéramos lo bastante lejos como para escuchar lo que se decían. Eso nos intrigaba menos que ver a mi madre refugiarse contra el pecho de mi padre para ocultar sus lágrimas.

El 23 de diciembre por la noche, a escondidas, envolvimos los regalos para mi padre: un pirograbado hecho por mi hermano Isidro, una fajilla tejida por Ernestina, un portarretratos de madera que Ramón construyó en el taller de carpintería y el tazón blanco adornado con una flor de Nochebuena que le compré en El Anfora.

Ansiosos por halagarlo quisimos sorprender a papá con nuestros obsequios a la hora del desayuno. Cuando al fin se abrió la puerta del comedor sólo apareció mamá y nos ordenó que la ayudáramos a poner la mesa. Isidro preguntó lo que todos queríamos saber: "ƑY mi papá?" Ella respondió con sequedad pero sin violencia: "Tuvo que irse". A Ernestina le temblaba la voz: "ƑAdónde?" "No lo sé, pero regresará". Tomé la palabra: "ƑHoy? Es su cumpleaños". Mamá se desplomó en una silla: "No lo sé. Pongan la mesa."

Mi hermana se acercó al trastero y antes de elegir las tazas levantó el regalo: "ƑDónde lo pongo?" Mi madre perdió el control: "šQué pregunta más estúpida! Déjalo allí, en el lugar de tu padre. ƑQué no es para él?" Ernestina obedeció desconcertada y nosotros la secundamos. Nadie probó el desayuno. Desmoralizados, permanecimos silenciosos y cabizbajos, sin atrevernos a mirar la silla vacía y fingiendo no oír los gemidos de mi madre.

II

Fueron tiempos amargos. La ausencia de mi padre nos entristeció, quizá porque presentíamos que nunca iba a volver. Mis hermanos y yo hablábamos de eso en secreto para no alterar más a mi madre. Se volvió nerviosa y obsesiva. Una tarde nos hizo jurarle que conservaríamos los regalos hasta el momento en que mi padre volviera. Para demostrarnos -Ƒdemostrarse?- que iba a suceder de un momento a otro, ella decidió que siempre pusiéramos en la mesa platos y cubiertos para él. La experiencia fue tan macabra como vivir con un ataúd en la sala.

Eramos adolescentes y no advertimos en aquellos caprichos las primeras señales de una locura que terminó por arrebatarnos a mi madre. Se fue sin revelarnos lo que conversaba con su esposo durante nuestros erráticos paseos ni por qué de pronto se detenía sacudida por el llanto. Cuando pienso en mamá no logro precisar sus facciones en los últimos tiempos. Celebro ese olvido. Prefiero recordarla como la vi por única vez la noche en que fuimos a la estación: con los labios rojos y el cabello recogido.

En el último día de su vida mi madre recobró cierta lucidez.

Se dirigió a cada uno de nosotros por su nombre y nos hizo jurarle que guardaríamos los regalos para mi padre y le tendríamos siempre un lugar a la mesa. Respetamos su voluntad el poco tiempo que mis hermanos y yo seguimos viviendo juntos. Muy pronto la situación económica nos obligó a buscar refugio con nuestros familiares. Ninguno estaba en condiciones de acogernos a todos y tuvimos que separarnos: mi tío Alberto se llevó a Isidro a Valles para que lo ayudara en su negocio de forrajes, Ramón entró en el Ejército y Ernestina y yo nos fuimos a vivir con mis abuelos maternos.

El día de nuestra mudanza, cuando le devolvimos las llaves, le entregué a la dueña de la casa un papel con nuestra dirección: "Por si vuelve mi papá, que sepa dónde encontrarnos", le expliqué, aunque sabía que dejar aquella pista era tan sólo un acto a la memoria de mi madre.

Pese a la distancia, Ernestina y yo mantuvimos contacto con mis hermanos. Ramón nos visitaba algunos domingos, Alberto nos escribía. Cuando se enteró de que mi hermana iba a casarse vino a la boda. Por un instante los hermanos volvimos a reunirnos. En un momento en que pudimos estar solos les pregunté si conservaban los regalos que habíamos envuelto para mi padre aquella Navidad en que lo vimos por última vez. La negativa fue general y sentí vergüenza de confesar que aún tenía entre mis cosas el tazón adornado con una flor de Nochebuena.

El matrimonio de Ernestina me afectó mucho. Sin ella la casa de los abuelos era triste y ya no me pareció divertido atender el estanquillo instalado en el cuarto principal. Detrás del mostrador me pasaba las horas surtiendo compras insignificantes y muy escasas desde que abrieron cerca un supermercado.

Los domingos la situación variaba un poco. Ver a las familias rumbo a la iglesia me divertía porque me recordaba cuando éramos chicos y vivíamos ilusionados con el regreso de papá. La única constancia de aquella época era el tazón blanco adornado con la flor de Nochebuena. A veces lo acariciaba, como si se tratara de una lámpara mágica que me permitiría saber dónde estaba mi padre, el motivo de su desaparición y cómo era su vida. La mía era como agua estancada donde se iban pudriendo mis recuerdos, mi juventud y la ilusión de recuperarlo.

Cuando había perdido toda esperanza de volver a verlo reapareció. Me dijo: "Cómo has crecido." No le respondí. Todo lo que hubiera podido decirle en aquel momento se había agotado en mis largas conversaciones imaginarias con él. Mi padre siguió mirándome desconcertado, listo para acercarse en cuanto le tendiera los brazos. Su gesto era muy parecido al que debimos tener mis hermanos y yo la mañana en que entramos al comedor con nuestros regalos en la mano y no pudimos entregárselos porque él había escapado.

Como nunca antes, sentí la urgencia de saber lo que él y mi madre habían conversado durante nuestros últimos paseos. Decidí preguntárselo. Como si adivinara mi intención, él movió la cabeza y gritó: "šNo!" Después levantó la mano y me impuso silencio. Conservó esa actitud unos segundos, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Luego se fue. Opté por ocultarle a mi familia el rencuentro. Por la tarde acudí al cementerio. Frente a la tumba de mi madre rompí el tazón con la flor de Nochebuena y sepulté los guijarros. Allí quedó también su secreto.

Números Anteriores (Disponibles desde el 29 de marzo de 1996)
Día Mes Año

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