DOMINGO 28 DE OCTUBRE DE 2001


Digna Ochoa 1964-2001

"Siempre dijo que eran militares"

La condena, inmediata y enérgica, de la comunidad internacional, contrastó con la reacción tardía del gobierno federal. Pero el asesinato de la abogada Digna Ochoa, destacada defensora de los derechos humanos, ha tenido muchas más consecuencias que exhibir nuevamente la parálisis de una administración frente a asuntos urgentes. Se han multiplicado, por ejemplo, las interpretaciones sobre los motivos de los criminales: desde aquellas que hablan de los "emisarios del pasado" que quieren golpear la "transición" hasta presuntos golpes entre funcionarios del gabinete federal. Una cosa es cierta, y la reconocen incluso miembros del gobierno actual: el esclarecimiento de este crimen es la prueba de fuego del foxismo. Justicia o impunidad, la disyuntiva

Alberto NAJAR

Digna Ochoa presintió que, esta vez, sería la definitiva.

"Acabo de entrar a la defensa de los estudiantes de la UNAM que acusan de pertenecer al EPR -escribió el 21 de agosto a su hermana Esthela-, y aunque no es para preocuparse sí es para tomar medidas por ello te digo que si algo me llega a pasar te recuerdo que (en) mi seguro de vida en Seguros Tepeyac estás tú y Juan José, él ya lo sabe..."

Supo, además, de dónde podría venir el golpe mortal: los mismos que durante cinco años la mantuvieron permanentemente amenazada.

"Por el tipo de personas -dijo en 1999 a la Comisión Internacional de Observación por los Derechos Humanos (CIODH)-, nosotros decimos o inteligencia militar, la Policía Federal Preventiva, la PGR o el CS (¿el Cisen?). Probablemente uno de estos grupos, primero, porque tienen toda una infraestructura, son profesionales..."

El 19 de octubre terminaron los presagios.

Dentro de su nueva oficina, Digna Ochoa y Plácido fue ejecutada.

protesta-ochoa-digna-segob4Su muerte conmocionó al país entero y en particular a la comunidad de los defensores de derechos humanos aquí y en el extranjero. La Organización de las Naciones Unidas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Human Rights Watch, Amnistía Internacional, la Organización de Estados Americanos, el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil) y los premios Nobel Rigoberta Menchú y José Saramago condenaron el homicidio.

Todos reaccionaron casi de inmediato... excepto quien, a partir de una resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), tenía la obligación de proteger a Digna.

A su funeral no asistió ni un solo representante del gobierno federal.

El secretario de Gobernación, Santiago Creel, expresó el domingo 21 -vestido con ropa deportiva tras participar en una carrera pedestre- lo que quiso ser un pésame oficial. "Es un agravio para todos los mexicanos que queremos vivir en paz, todos los que queremos vivir bajo el imperio de los derechos humanos", dijo.

Y el presidente Vicente Fox, que la noche de ese domingo prefirió asistir al concierto que organizó su esposa con Elton John, se quedó callado durante tres días. Sólo habló del tema cuando la condena internacional pasó por la Casa Blanca.

No hay duda, sin embargo, de que las presiones de fuera pesaron en su ánimo. En la semana que siguió a la ejecución el Presidente condenó otras dos veces el atentado, y el jueves 25 se reunió con organizaciones no gubernamentales, entre ellas representantes del Centro Miguel Agustín Pro.

De este encuentro surgió el compromiso de instalar una mesa de discusión sobre las condiciones y el futuro de los derechos humanos en México, en la que se abordarán, además del homicidio de Digna Ochoa, casos como el encarcelamiento del general Francisco Gallardo.

Una decisión que coincide con el planteamiento hecho la víspera por el director del Centro Pro, Edgar Cortez, sumido en los cuestionamientos por aceptar el retiro de la protección a Digna Ochoa. "Hay que regresar la agenda de los derechos humanos a un punto prioritario para el gobierno -insistió una y otra vez-. No hay una estrategia en este tema. Sólo discursos".

Sangre fría

Probablemente se estaba despidiendo.

De pie en la estancia del despacho de Zacatecas 31-A, Digna Ochoa llevaba en el brazo izquierdo la gabardina café que se había convertido en un rasgo más de su personalidad.

"Así la recuerdo siempre -cuenta Víctor Brenes, amigo de la abogada desde sus primeras incursiones en la ciudad de México-. Siempre con la gabardina colgada en el brazo izquierdo y el paraguas negro".

Ese viernes, en algún momento entre la una y las tres de la tarde, la prenda estaba en su sitio mientras la abogada conversaba con uno o dos desconocidos. Tal vez por eso no se dio cuenta del momento en que uno de ellos colocó una pistola calibre 22 en su muslo izquierdo y disparó.

Digna se contrajo por el dolor, y en ese momento el asesino puso el arma en su cabeza, arriba de la oreja izquierda, y disparó de nuevo.

*ochoa-digna-sepelio-verFue todo. Ni un solo golpe, ni siquiera un jaloneo. El dictamen de la autopsia reveló que la abogada recibió "un disparo de contacto con huella de mina en el parietal izquierdo, con trayectoria de arriba hacia abajo, de adelante hacia atrás y de derecha izquierda que lesionó los lóbulos parietales y se incrustó en el parietal derecho..."

El balazo pasó inadvertido entre el ruido de esa transitada calle, a unos pasos del eje Cuauhtémoc.

Los vecinos dijeron a la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) que no escucharon ni vieron nada extraño. Ninguno sabía que Digna estaba en el despacho; es más, nadie conocía a la abogada que apenas dos días antes recibió de Pilar Noriega -recién nombrada primera visitadora de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal- las llaves del despacho donde solía trabajar.

Digna, junto con Bárbara Zamora López, se haría cargo de los casos de la nueva funcionaria. Por eso es que ese viernes fue al despacho para atender, a las 12:00 horas, a un grupo de padres de estudiantes del Consejo General de Huelga (CGH) que mantuvieron un plantón frente a la rectoría de la UNAM.

"Esa era la cita que tenía -dice Zamora López-, pero no sé quiénes eran".

Si se realizó o no el encuentro es un misterio. Lo único cierto es que a las 13:00 horas, cuando uno de los abogados que trabajan en otra oficina del inmueble salió a comer, la puerta del despacho donde se encontraba Digna estaba entreabierta y se escuchaban voces.

Así, a la hora en que ocurrió el crimen -entre la una y las tres de la tarde, según la autopsia- la defensora de derechos humanos se encontraba sola con el o los homicidas (la PGJDF afirma que fueron dos), los cuales, de acuerdo con los peritajes realizados, aparentemente entraron a la oficina con el consentimiento de la abogada: las cerraduras no fueron forzadas, ni tampoco se encontraron huellas de violencia.

Tras el disparo, el cuerpo de Digna se desplomó sobre su costado derecho sin soltar la gabardina, con la cabeza junto a uno de los dos sillones que había en la estancia.

Así la encontró, poco antes de las seis de la tarde, el abogado Gerardo González Pedrazo, quien fue al despacho a recoger unos documentos.

"Me llamó la atención que no estuvieran puestas las dos vueltas de la cerradura, como si nomás estuviera emparejado ?cuenta?. Había unas hojas de tres notificaciones judiciales metidas en la rendija de la puerta que se cayeron cuando abrí; la luz estaba apagada y cuando recogía los papeles alcancé a ver su cabeza".

González Pedrazo conocía a Digna desde 1994 y sin embargo, en ese momento no supo de quién se trataba. "Parecía como si estuviera un niño durmiendo, por la forma como estaba el cuerpo... Un niño pequeñito, de por sí ella era chiquita".

La sorpresa lo paralizó. "Llamé a Pilar pero no la encontré, y luego le hablé a Lamberto (González Ruiz, el dueño de la oficina) para saber qué hacer".

Cuando llegó Lamberto tampoco supo qué hacer. Ninguno se atrevió a mover el cuerpo, ni siquiera a tocarlo. Tampoco estaban seguros de que se tratara de Digna porque tenía el cabello sobre la cara.

A un lado del cuerpo estaba un celular. Entonces, González Ruiz localizó a Noriega y le pidió que marcara el celular de su compañera. Y el teléfono junto al cadáver timbró.

Dos horas después, el despacho se llenó de policías judiciales y peritos que completaron el inventario de la escena del crimen: bajo el cadáver estaba una vieja pistola calibre 22 de fabricación checa, con cañón largo y de modelo poco usual.

En el piso había un par de guantes rojos de látex con restos de polvo blanco, mientras que otro par estaba en las manos de la víctima. A unos metros, junto a la computadora, un mensaje escrito con tinta negra sobre una plantilla de letras: "Pros, hijos de puta, si siguen así, a ustedes también les va a tocar. Conste que bajo advertencia no hay engaño".

No lo hubo: desde 1995 la mayoría de las amenazas que recibió la abogada estaban escritas en tono similar y con letras calcadas de una plantilla.

Y en la madrugada del 29 de octubre de 1999, cuando fue interrogada durante nueve horas en su casa, los agresores le pusieron guantes rojos de látex antes de dejarla encerrada con las llaves del gas abiertas.

Eran, pues, señales claras en el camino al asesinato. Nunca se siguieron.

Las huellas del crimen

Una semana antes de su muerte Digna Ochoa confió a sus amigos que no había recibido nuevas amenazas, e incluso se esforzó en presentar una imagen de alegría y tranquilidad.

Aficionada a los chocolates y las malteadas, parecía encontrarse en el mejor momento de su vida. Después de varios meses "del coqueteo y el estira y afloja habitual", dice Adriana Carmona, una de sus amigas más cercanas, Digna emprendió una relación de pareja que la mantenía animada, "con muchas ganas de hacer cosas y emprender proyectos".

Ahora, sus amigos están desconcertados. Y no son los únicos.

La mañana del 21 de agosto pasado, en las oficinas del Cejil se recibió una carta donde la activista mostraba su acuerdo en que se cancelaran las medidas de protección personal que la CIDH había solicitado.

Horas después, a las 10 de la noche, escribió la carta a su hermana que prácticamente se convirtió en su testamento.

¿Presentimiento? Tal vez. Lo único cierto es que el 9 de septiembre, una semana después de que se retiraron las medidas precautorias pedidas por la CIDH, las amenazas se reanudaron.

De esto se enteró el Cejil, pero ya no alcanzó a hacer nada. El día de su muerte "estaba en proceso de decidir qué hacer", confiesa Viviana Krsticevic, directora ejecutiva del organismo. Otros se adelantaron.

Cuando los caminos se cruzan

El Ejército.

mas-digna.jpgDesde las cartas y llamadas telefónicas de 1995 y 1996, al defender a los zapatistas detenidos y torturados en Cacalomacán, o el hostigamiento de personas armadas que siguió al caso de los integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI) detenidos tras el enfrentamiento de El Charco, Guerrero, en 1998.

Desde el secuestro por asumir la defensa de Rodolfo Montiel y Teodoro Cabrera, campesinos ecologistas presos y sentenciados en 1999 por oponerse a la tala inmoderada de sus bosques, y hasta el interrogatorio de octubre de ese año que ocurrió cinco días después de aceptar la representación legal de Jacobo Silva Nogales, el comandante Antonio, y de Gloria Arena Ajís, la coronel Aurora, ambos del ERPI, el común denominador es el mismo: detrás de estos casos siempre hubo militares involucrados.

Y esta vez no fue la excepción.

En agosto la abogada aceptó colaborar en la defensa de Pablo Alvarado Flores y los hermanos Alejandro, Héctor y Antonio Cerezo Contreras, acusados de los atentados contra sucursales de Banamex.

Dos semanas antes de su muerte Digna Ochoa visitó en el penal de Iguala a los ecologistas presos, como parte de los trabajos para elaborar un informe que entregaría a la fundación MacArthur, que financió un proyecto para capacitar a grupos de derechos humanos en la documentación de las violaciones de sus garantías individuales, así como para apoyar a comunidades indígenas y rurales en la defensa de sus recursos naturales.

Parte de este informe sería un reporte sobre el caso de los ecologistas encarcelados, con detalles sobre la identidad de sus torturadores y la forma como se les fincó un juicio calificado como irregular por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).

Este es, tal vez, uno de los elementos más importantes del caso, pues de acuerdo con sus allegados las amenazas contra Digna siempre coincidieron con el ritmo que tenía el proceso contra los campesinos guerrerenses.

Hay, además, otros elementos.

El 30 en el juzgado primero de distrito de Chilpancingo se realizará una audiencia del proceso del fuero común que se sigue al comandante Antonio y sus compañeros del ERPI, a la que Digna tenía planeado asistir.

El Ejército otra vez. Un tema recurrente hasta en las conversaciones con su familia.

"Nos comentaba de las llamadas que recibía, de los recados que le enviaban, cuando se introducían a su oficina -cuenta desde Veracruz su hermano Jesús-. Cuando sufrió el atentado en 1999 en que la maniataron y la dejaron con el tanque de gas me habló llorando... Ella siempre dijo que detrás de todo estaban militares. Pero la verdad nosotros desde acá poco era lo que podíamos hacer".*