DOMINGO Ť 21 Ť OCTUBRE Ť 2001

Ť Mezcla de géneros en el concierto de la agrupación argentina Orquesta de Mayo

Música de cámara y de calle en el Cervantino

RENATO RAVELO ENVIADO

Guanajuato, Gto., 20 de octubre. Suenan las cuerdas en esa construcción evocadora, casi paradójica, que Manuel Enríquez hizo en su Concierto barroco para dos violines con la Orquesta de Cámara de Mayo, bajo la dirección de Luis Roggeri, en el Templo de la Valenciana.

Suenan pulcras, con la afectividad que busca el repertorio diseñado para salas, para sitios donde necesariamente no se debe ser formal, en la interpretación de esta agrupación, formada en 1982, que tiene su sede en el Centro Cultural Borges.

Un pieza intensa abre la sesión con el conjunto argentino. Se trata de Andante, del compositor Alfonso Leng, casi autodidacta, que sorprende por su naturalidad, que apenas si acusa la falta de una formación académica.

Como en un complemento suceden las notas que diseñó Manuel Enríquez en 1978 con un riguroso dominio del área que se evocaría, del tono, de los matices barrocos que en los violines del propio Roggeri y de Alejandro Schalki suenan como una voz lejana pero cierta, acompañada en su travesía por el clave que tocó Fernando Pérez.

Enríquez, dice la orquesta en la exposición, pretende demostrar que la relectura es plenamente una nueva creación, que la sintaxis musical que se adorna en los giros agudos y llamativos del barroco tiene vigencia en tanto acto creativo que se explica en sí.

Cuarteto para cuerdas número uno, de Alberto Ginastera, cerró la primera parte del concierto, de extrañas coincidencias. De hecho el compositor argentino lo compuso 30 años antes de que Enríquez hiciera su obra barroca, y en su exploración de la dodecafónico resultó el cierre atrevido antes de la interpretación de la obra que venían a tocar los argentinos.

Se trató por supuesto de Pïazzolla, el Astor que para algunos tiene en su Adios Nonino una suerte de canal o río que suena y se repite en sus geniales atrevimientos en lo musical; esa hipótesis quedó demostrada en Cuatro estaciones porteñas.

Fueron el director Roggero, el violinista Claudio Braviera y el pianista Fernando Pérez los encargados de mostrar ese cambio de temperamentos que propone Piazzolla para evocar los paisajes climáticos.

Queda como hilo conductor esa nostalgia, esa sombra que se estira como sello en la propuesta musical del argentino que irrumpiera con el tango en las salas de concierto, con esos ecos del arrabal, con esa forma intensa de mentir.

La obra en cuestión, que en sí tuvo a Ginastera como puente, fue escrita en 1968 y desde entonces atrae la atención de variados intérpretes; ha sido de varias formas adaptada a distintas opciones sonoras.

En las posibilidades que le atribuyó la tarde de este sábado la Orquesta de Cámara Mayo de Argentina, encontró espléndida expresividad, alcances emotivos y sobre todo mucha pulcritud en la interpretación.

Sonó con gracia e intensidad esta pieza del músico argentino; sonó con esa soltura y desparpajo que permite la mezcla de géneros, que son como espacios. Hay música de la calle, hay música de cámara. La propuesta del concierto fue un tránsito redondo, sin boleto de regreso, como deben ser las apuestas estéticas.