LETRA S
Septiembre 6 de 2001

El verdadero sismo: recuperar el cuerpo

Manuel Zozaya

Me llamo Ofelia. Desde los terremotos de 1985 trabajo en una organización popular de mujeres colonas. Ahí, mis compañeros del grupo y yo nos empezamos a capacitar sobre esta nueva catástrofe silenciosa que es el sida. Íbamos a las casas a repartir condones y hablar con la gente. Sin embargo, todo ese tiempo tuve la información sobre sida, pero yo misma no usaba la protección. Después conocí una mujer con VIH y aún así no tenía la fortaleza para exigirle el condón a mi marido. Después del 94 nos empezó a llegar Letra S y leyéndolos, los fui incorporando a mi trabajo de grupo. Me di cuenta que la epidemia iba más allá de lo que yo imaginaba, y por medio de uno de esos suplementos me cayó el veinte.

A partir de entonces al padre de mis hijas cuando intentó tener relaciones sexuales, le dije: "sí, pero con condón". Él se molestó, y propició una serie de agresiones. Desde entonces me enfrenté a una batalla conmigo misma porque no se trataba sólo de convencerlo a él sino a mí misma. Yo tenía que tomar la decisión de ser congruente con lo que predicaba. El sida existe y no es un problema de unos cuantos, sino de cómo vivas tu vida sexual y de responsabilidad. Todo eso yo lo sabía, pero decidir hacerlo me costó mucho trabajo; tuve que enfrentar el rechazo, las malas caras. Hasta que me negué totalmente a hacerlo sin condón. Descubrí que ya no tenía el riesgo de una infección de transmisión sexual, como había sucedido anteriormente, que fue una experiencia espantosa. En cambio con condón no tenía que usar pastillas ni inyectarme anticonceptivos. Fue una liberación. Finalmente mi marido usaba el condón, pero contra su voluntad, "porque no se siente igual", según decía. Al poco tiempo prefirió irse.

Después del rompimiento con mi marido, tuve relaciones con algunos compañeros, muy de izquierda, muy revolucionarios, pero que también se niegan a usar el condón. Incluso uno de ellos se lo quitó sin que me diera cuenta. Eso fue el acabose. Me salí a la calle en la madrugada, sin miedo. Extrañamente me sentía liberada. Había tomado una decisión: "No importa que no me vuelvas a ver, yo no tengo relaciones sin condón." Eso fue muy gratificante para mí: recuperé el control de mi cuerpo.