Jornada Semanal,  27 de mayo del 2001 
Javier Perucho

La literatura chicana:
signos de identidad


Javier Perucho, Premio Nacional de Ensayo José Revueltas 2000 por Los hijos del desastre, despliega aquí su gran interés y amplio conocimiento sobre “la literatura más joven en la historia universal de las bellas artes”. Perucho ve las letras chicanas –poesía, teatro y, sobre todo, narrativa– como “la manifestación de un dilatado proceso estilístico de consolidación y definición”, que “se pergeña utilizando una combinación sui generis de dos lenguas en contacto, sin parentesco filológico entre sí: el inglés y el español”. En este apretado ensayo, el autor plantea la situación actual de la literatura chicana de cara a los lectores, editores y difusores de este lado.

En 1999, la literatura chicana cumplió apenas cuatro décadas de existencia, por ello es la literatura más joven en la historia universal de las bellas artes. Sin embargo esa mocedad no se encuentra registrada en casi ningún compendio, diccionario o enciclopedia, tampoco en la historia de las literaturas mexicana o estadunidense.

Los antecedentes de la literatura chicana, para ciertos historiadores, se remontan a las relaciones, crónicas, memorias e historias de los conquistadores, exploradores y primeros colonos españoles, así como a los autos sacramentales, romances, coplas y décimas escritos durante los tres siglos que abarcó la colonia.

Para la historia literaria de los siglos xix y xx, estos mismos historiadores consideran los poemas, cuentos y demás textos literarios que aparecieron en Norteamérica en las diversas publicaciones hispánicas durante la centuria antepasada y las primeras décadas de la pasada, los cuales tratan esencialmente sobre la experiencia conflictiva entre mexicanos y estadunidenses. Empero, la literatura chicana es la manifestación de un dilatado proceso artístico de consolidación y definición.

La literatura chicana moderna se inicia en 1959: una novela de José Antonio Villarreal (Pocho) la da a conocer en esa parcela de mundo que es California. Desde entonces ha crecido exponencialmente. Es una literatura que se pergeña utilizando una combinación sui generis de dos lenguas en contacto, sin parentesco filológico entre sí: el inglés y el español. Esa singularidad reside en la combinación multilingüe, la fusión cultural y la expresión de la particular vida chicana, a cuyo ámbito literario los escritores chicanos han pretendido distanciarlo de las tradiciones culturales de ambos países.

Particularmente la narrativa ha sido el vehículo de comunicación y preservación de su realidad, la línea Maginot con que los escritores chicanos intentan frenar los embates de la asimilación al mundo anglosajón, el tesaurus de la tradición, el resguardo de la idiosincrasia y las costumbres autóctonas. Soporte lingüístico donde los ámbitos campestres y urbanos son el escenario intercambiable, el pozo inacabado de los temas, el entorno natural de los personajes, cuyos diálogos o soliloquios llevan tatuada la marca de fuego de los desamparados.

Su poesía –como una continuación tardía de la neovanguardia– les ha servido para experimentar con dos sistemas lingüísticos totalmente desemparentados. Esta es su contribución formal más evidente, pero no es exclusiva ni ya propia de ella. En la literaria mexicana hay indicios de ese mismo cultivo bilingüe en los villancicos de la Décima Musa, en el diario y las crónicas neoyorquinas de J. J. Tablada, en las colaboraciones periodísticas del vate Gutiérrez Nájera.

En la ronda de las generaciones del siglo que acaba de fenecer, Deniz, Gurrola o Crosthwaite le inyectaron sendas dosis de hiperglótica. Por lo demás, narradores y poetas puertorriqueños, guatemaltecos y salvadoreños se han apropiado de este mismo proceso narrativo. En el ámbito español sobresalen por su antigüedad las jarchas mozárabes; en la tradición anglosajona, Eliot, Pound y Joyce pergeñaron sendas obras donde el plurilingüismo llegó al paroxismo; baste recordar ese delirio joyceano de las lenguas: Finnegan’s Wake.

El teatro fue –lo sigue siendo– el portavoz de los pizcadores de algodón, de los cultivadores de la remolacha; en las artes plásticas y secuenciales y en el cine se han recreado las rudas jornadas laborales, la cotidiana discriminación y la permanente ensoñación de una vida mejor que ésta.

La voz de las escritoras chicanas, acaso la de mayor interés social y artístico, en las dos últimas décadas ha arribado a Europa con un vigor inusitado. Parcialmente, también a México, donde ha tenido mejor recepción que la de sus pares masculinos.

Como la expresión literaria de los chicanos da consistencia a una tradición que mayoritariamente se vuelca en inglés, los editores en lengua española interesados en ella encuentran ahí irremediablemente su primera reserva: los altos costos de la traducción, para provenir de un escritor sin apellido, fama ni mercadotecnia, de nacionalidad ambigua y oferta con escasa demanda.

Luego, como su vehículo natural de composición dramática sigue siendo el inglés –en menor caso, el español–, pertenece al canon literario anglosajón; es decir, conforma una rama de la literatura estadunidense: la de ascendencia mexicana. Expresión étnica que, sin embargo, por provenir de los mexicanos desgajados de la matria, carga con el sello indeleble de la hispanidad: esa es su dolorida condición hispánica.

Justamente ahí radica su interés: los hombres de la diáspora son hijos naturales de la estirpe latina. Los escritores chicanos son un florecimiento de la mexicanidad trasplantada; ellos son los auténticos representantes de la hispanidad en el orbe anglosajón –por ser un injerto de la cultura española en territorio estadunidense–, pero sobre todo de la latinidad; es decir, de la cultura madre que dio origen, sentido y razón a Occidente.

La literatura chicana moderna o contemporánea se ha escrito en inglés –acaso varada en la nostalgia de la tierra nativa, la problemática del éxodo y las ingratitudes del desarraigo–; es una expresión de la literatura estadunidense del siglo xx; de ningún modo es un brazo de la literatura mexicana derramado allende el Bravo; sí una voz irrefrenable del melting pot cultural: una más de las formas artísticas estadunidenses que se expresa con un acento mexicano. Con ella los escritores de la chicanidad han labrado una estrategia narrativa plurilingüe –hoy sobreexplotada–, utilizándola incluso como signo de identidad, marca de clase y distintivo étnico. En inglés, español o espanglés, intimista o comprometida, rural o urbana, local o cosmopolita, la literatura chicana es un término de la cultura estadunidense finisecular.

La novedad que plantea la literatura chicana reside en la permanencia de ese recurso y en su sistematicidad. Mientras que en otras tradiciones es sólo un botón floral de primavera, un recurso estilístico avant-garde, en la chicana es una estrategia narrativa y poética combativa.

Los escritores y críticos chicanos han bregado tenazmente para consolidar un ámbito literario singular, presuntamente distante de las tradiciones culturales de ambos países. Esa singularidad consiste en la combinación multilingüe, la fusión cultural y la expresión de la vida en el barrio. Ellos se ufanan de revivir, por influencia de la corriente indigenista del “Movimiento”, la tradición prehispánica, de reivindicar su identidad impar, así como de revalorar lo mestizo como reacción beligerante ante la indiferencia social y el apabullante dominio anglosajón.

El primer impulso de la literatura chicana contemporánea se gesta en la década de los años setenta con …y no se lo tragó la tierra, de Tomás Rivera. A su vez, Rolando Hinojosa logra en 1976 el Premio Casa de las Américas por su novela Klail City y sus alrededores. En el mismo periodo, un autor chicano es publicado en México: Alejandro Morales, cuya novela Caras viejas y vino nuevo (1975) apareció con el sello Joaquín Mortiz, y cuyo epígrafe desiderativo reza: “Como autor chicano, espero que pronto llegue el día en que no me vea obligado a salir de mi propio país para publicar una novela escrita en español.” Y también por primera ocasión, un escritor chicano gana un concurso literario celebrado en México: Juan Bruce-Novoa por su Antología retrospectiva del cuento chicano (1988).

En su país, los intelectuales chicanos padecen las mismas inclemencias sociales y culturales que el resto de sus conciudadanos. En México, al expresarse mayoritariamente en inglés, se enfrentan a una doble dificultad: el señalado de los costos de la traducción y el escaso interés que les prestan las editoriales; sin embargo, las de mayor impacto social y prestigio cultural han integrado a su catálogo al menos a un escritor chicano.

La apertura de una cátedra extraordinaria en los recintos universitarios (unam), apoyada en su difusión por una editorial de raigambre vasconcelista (fce) y financiada por una institución de patrocinios (Rockefeller Found), ayudaría a conocer en detalle ese universo en expansión.