Ecológica, 26 de Abril del 2001   
 
Testimonios de las víctimas del desastre químico

Isabel, una mujer embarazada

El día de la explosión yo vivía enfrente de Anaversa y tenía tres meses de embarazo... El día del accidente, entre las 12:45 y las una de la tarde estaba preparando la comida y Alan, mi primer hijo, acababa de llegar del jardín de niños cuando se empezaron a escuchar las explosiones. Al principio se empezó a ver humo muy espeso en el cielo y después se veían llamas muy grandes. También se veían los tambos que salían volando, como si alguien los botara para arriba y explotaban en el aire, subían tanto que se veían bien chiquitos..., las flamas tenían una inmensa altura, parecía un infierno...
Las explosiones siguieron hasta las tres de la tarde. Vinieron bomberos y empezaron a lavar las calles. Como a las 6 de la tarde, mi niño comenzó con vómito espumoso y verdusco, primero esporádico, luego continuo. Cuando se agravó, lo lleve a la Cruz Roja como a las nueve de la noche. Nos pusieron una vacuna... pero no más, la Cruz Roja no se daba abasto. Me lleve al niño al Seguro Social, pero no lo atendieron... Al otro día, me fui desesperada al Hospital Civil Yanga y tampoco me hicieron caso. Al pasar los días mi niño no reaccionaba y no había hospital público que lo atendiera. Tuve que pedir dinero prestado para ir a un medico particular que le diagnosticó envenenamiento por herbicidas y plaguicidas. Se alivió de la crisis pero cada dos meses le salían llagas en la boca y garganta. Así duró enfermo como ocho años en que se agravaba, empecé a participar en la Asociación para recibir apoyo para su atención...
La niña de la que estaba embarazada nació enferma el 11 de septiembre, nació con ronchas en la piel... Éstas empezaron a crecer y se convirtieron en llagas; más tarde la bebé tuvo flujos... He tenido que conformarme con la atención del Centro de Salud, que es el único que nos atiende, aunque yo he tenido que comprar las medicinas que salen carísimas. La niña la vivido con muchos problemas, pero todavía no está completamente sana... Después del accidente, perdimos toda tranquilidad; hemos vivido en la angustia permanente. (julio del 2000)

Glafy, madre de un niño de once años

Eran como cuarto para la una del día 3 de mayo de 1991, yo había terminado de hacer la comida, estaba esperando a mi hijo Iván que llegara de la escuela. Iván era un niño sano de once años... De repente, oí un tronidazo y luego vi una humareda; más tarde, las sirenas de los bomberos invadieron las calles aledañas a la fábrica de Anaversa. Como a los cinco minutos llego mi hijo, que había pasado enfrente de la explosión. Me dijo que había mucho humo, polvo, que el río Tepachero estaba verde y que se sentía muy mal. No quiso comer. Yo le di un limón para que lo chupara a fin de que mejorara y se le quitaran el mareo y la náusea. Después, pasaron brigadas avisando que nos tapáramos la boca y nariz con trapos mojados... Iván comió muy poquito. Luego le insistí en ir a Amatlán de los Reyes, pero prefirió quedarse para apoyar a una vecina que estaba embarazada y le ayudo a lavar el piso de su casa de los polvos que habían caído de las explosiones. A partir de ese día, Iván dejo de comer bien, fue perdiendo el apetito y empezó con vómitos y diarreas. Así se enfermo de una y otra cosa, tuvo gastritis, después le dio anemia, le dio lupus, tifoidea, se enfermó de los riñones, de la médula ósea y después le dio un derrame cerebral. Mi hijo murió a los 14 años, el 2 de mayo de 1994. Fue un calvario, gastamos lo que no teníamos por salvar al niño pagando a médicos particulares, a clínicas donde la Asociación conseguía pases, como el Instituto Nacional de Pediatría. Nos ayudaron mucho parientes, vecinos, amigos, gente de la Asociación de Afectados por Anaversa, pero aun así tuvimos que pedir prestado. Yo calculo que gastamos como 250 mil pesos. Mi marido se endeudó y hemos tardado más de seis años en pagar las deudas. Ahora no tenemos ni niño, ni casa, ni dinero. (agosto del 2000.)

Jonatan, hijo de una vecina de la colonia Aguillón

Como a la una de la tarde, estábamos comiendo y empezamos a oír varias explosiones, así que todos salimos a la calle a ver qué pasaba y vimos como el cielo se oscurecía con el humo negro como si fuera un eclipse sobre la colonia Aguillón (situada unas cinco cuadras al sur de las instalaciones de Anaversa). El olor era espantoso, corría agua por las calles con un color verdoso... Mi mamá se empezó a sentir muy mareada y se desmayó. Brigadas de la Cruz Roja empezaron a pasar y a llevarse a los desmayados... Muchos nos sentíamos mal, nos pusieron unas vacunas en el dedo gordo, nos metieron a bañar en el hospital del Seguro Social, nos quitaron la ropa que traíamos y nos mandaron con batas, pero mi mamá quedó hospitalizada... En términos generales, ella era una persona sana y de mucho carácter pero, a partir de entonces, empezamos a internarla en el hospital cada ocho días porque se nos ponía muy mal, quedó afectada del sistema nervioso y le venían hemorragias. Y no contábamos con ayuda de ninguna institución, todo era con recursos propios. Después, la Asociación de Asistencia de Afectados por Anaversa nos ayudó a la canalización a México y la atendieron cuatro médicos en el Siglo XXI; eso fue hasta 1994, pero no nos dieron diagnóstico y no nos dejaron ver los papeles... Ya después se empezó a atender periódicamente en el Centro de Salud, aquí en Córdoba, pero nosotros teníamos que comprar las medicinas. Recibimos mucho apoyo moral de personas de la Asociación, muchas de ellas desahuciadas que hoy ya no están aquí. Mi mamá sigue enferma, le continúan las hemorragias, las crisis y seguimos internándola; recientemente estuvo a punto de perder una pierna. (junio del 2000)
 


Inicio