Jornada Semanal, 11 de marzo del 2001 


Novísimos de Nuevo León

En Nuevo León, sostiene Margarito Cuéllar, la poesía sigue siendo ese “mal mayor” que ha hecho sucumbir a tantos neoleoneses: Reyes, Coronado, Alardín, Zaid... lista que se engrosa con esta generación del internet, cuyos miembros comparten, además de su juventud, “la tentación de apostar por un oficio de tinieblas que no deja dinero ni prestigio social”. Nuestros lectores darán fe de las razones que tienen estos novísimos neoleoneses para embellecer poéticamente a una ciudad que asumen “con la dignidad del guerrero y la prisa del peatón”.


La muestra que hoy se publica, cuyos registros poéticos pudiéramos denominar como la generación del internet, es representativa de las más recientes promociones de poetas nacidos entre 1972 y 1979; todos ellos han publicado en los años noventa sus primeros libros, tienen menos de treinta años y han realizado estudios universitarios.

Gerardo Ortega estudió letras en la UANL y es autor del cuaderno De lunes a diciembre. Margarita Ríos Farjat estudió derecho en la uanl, ha publicado sus textos en revistas como El Periódico de Poesía y Tierra Adentro. Premio de Literatura Joven Universitaria en 1994 y premio “Alfredo Gracia Vicente” en 1997. Ha sido becaria del Centro de Escritores de Nuevo León y autora del libro Si las horas llegaran para quedarse. Elías Carlo Salazar obtuvo el premio de Literatura Joven Universitaria en 1995 y 1997. Mariana Pérez-Duarte ha publicado en las revistas Tierra Adentro, Papeles de la Mancuspia y Armas y Letras. Obtuvo el primer lugar en el Certamen de Poesía “Alfredo Gracia Vicente” en 1998 y es autora del poemario Barcos. César Alejandro Uribe ha publicado en libros colectivos y en revistas de carácter regional. En 1995 publicó Lluvia vespertina. Katia Irina Ibarra ha obtenido en dos ocasiones (1996 y 1998) el Premio de Literatura Joven Universitaria convocado por la Secretaría de Extensión y Cultura de la UANL.

La poesía en Nuevo León sigue siendo un oficio extraño, una especie de maldición bienhechora, una deformación de las profesiones modernas, un mal mayor que nos hace sucumbir a la tentación de apostar por un oficio de tinieblas que no deja dinero ni prestigio social, pero que nos permite invertir en la casa de bolsa de los sueños y ser militantes activos de una ciudad que asumimos con la dignidad del guerrero y la prisa del peatón.

Margarito Cuéllar

Sárdica

Gerardo Ortega

(1972)

¿Cuánto falta para llegar al infierno?
Sofía Valdivia

Enumerar los pasos, Sárdica, en tu plaza,
construir eneros bajo esta lluvia que no cesa,
dolerse de la rosa empuñada como espada vencida
y apretar los ojos.

De qué hablar si en tus pasos no hay nada que se bese,
ni un puerto dónde vestir adioses, ni nadie
    que ame tus álamos.

Desde lo alto tu rostro se pierde en la neblina,
pareces condenada al infierno,
ya nadie te camina,
tus jardines
llovidos
cantan
sin
mí.
 

Ciudad para tallarse

Margarita Ríos Farjat

(1973)

Me va llegando la canción de tu imagen
y yo la sigo
         y yo la canto
repito tu imagen con mis labios
        y hago tu nombre con las manos de mi nombre

Dejo que me lleve
                        la lluvia de tu voz de agua
                tu voz de acuarela que escurre al aire
        y tu imagen fuga de cantos perdidos
                            y noches disueltas
Música líquida al eco de marzo

Se quiebra el instante
           y me uno a ti      en el canto de ti mismo
            me uno a ti                 como al naufragio
                                               donde yo me quiebro tras tu paso
Soy ahora
                el oleaje de viento que te nombra
        soy el agua de tus ojos y tu voz de agua
Yo soy el canto
                Que se rompe como un cejo
          y se extiende
                    en la playa transparente de tu imagen
 


La telaraña

Elías Carlo Salazar García

(1975)

La telaraña del sol suspende a la ciudad
De un segundo a otro
Avanza

                Aullante de antorchas
Hierve en alfileres
Se arranca la corteza
En el centro mismo del firmamento
En voz helicoidal sesga la materia
Aquí
Vivimos como encerrados en sus brotes
 
 


 
 

El desdichado

(Variación de un poema de Gérard de Nerval)

César Alejandro Uribe

(1976)

Yo soy el vaquero, el desarrejuntado, el sin troca,
payaso del "Far West Rodeo" con la cerca abolida,
de los bailes murió la estrella; mi bajosexto olvidado
desentona la polca más triste.

En el funeral televisivo, tú me pagaste las cheves,
el cerro de la Silla y las aguas negras mándame en postal,
el smog que carbonizaba mis pulmones,
la Macroplaza donde las parejas cachondeaban.

¿Soy solista o grupero? ¿Norteño o texano?
El beso de Selena herró mi frente;
he soñado con "Sea World" donde nada Shamú.

Crucé de mojado el río Bravo dos veces
y el acordeón de Ayala he robado
con el grito de "ranger" y el llanto del fanático.


Lámpara

Mariana Pérez-Duarte

(1976)

¿Qué clase de sensación es ésta
que apaga el cuerpo
como a una lámpara?

A media luz las cortinas respiran,
el sol se está metiendo y aún no enciendo el foco.

Me tomé tu receta de plantas
sin conseguir olvidarte;
sólo me ha puesto a llorar los ojos.

Mi pierna se mece golpeando
el sillón, el aire, el sillón, el aire.
Sopla (mira las cortinas).

Soy de cera, me derrito sobre el sillón.
Pienso
dónde estás,
en qué se ocuparán tus manos.

Con los ojos cerrados,
el té en la cara,
un brazo cuelga del respaldo,
el otro del cojín.

No es una posición cómoda.
Me repliego,
me acuesto boca abajo,
sillón de olor suave,
brazos, pecho, espalda.

Ya es hora,
afuera encendieron las luces.


Un espejo

Katia Irina Ibarra

(1976)

Las masas inorgánicas se mecen en mi vista quinientas veces antes de caer al precipicio,
en ese instante me preguntabas sobre la eternidad
de mi instancia en tu recuerdo y en todo lo que te concierne.
Mi respuesta ahogada,
clavada entre los dientes te confesaba que sí
aunque eso significara la muerte de sus nervios.
Una herida espiaba incansablemente la sinuosidad de la piel y de la memoria,
se desangraba infinitamente escupiendo mi voz llena de llanto
adicta a la soledad, llena de dolor.
Mientras las masas se estrellaban en el suelo
salpicando las lágrimas de su muerte,
al recuerdo fragmentado que se transforma en gritos inútiles
que salen de las esquinas del cuarto todos llenos de rencor
recordando, a modo de espejo,
la falsedad que es el amor.