UNA DE LAS OBSESIONES DE LOS POLITICOS DEL SIGLO XIX FUE INSTAURAR EL ESTADO NACIONAL. PERO ESTE PROYECTO, ES DECIR, LA CONSTRUCCION DE UN ESTADO DE DIMENSIONES NACIONALES, CON FUERZA DISUASIVA EN EL DILATADO TERRITORIO Y UN SISTEMA UNIFORME DE LEYES E INSTITUCIONES PUBLICAS RECONOCIDAS POR LA POBLACION, EN LUGAR DE PROMOVER EL EQUILIBRIO ENTRE EL CENTRO Y LA PERIFERIA, NECESARIAMENTE FORTALECIO EL SISTEMA FEDERAL Y REDUJO LAS ESFERAS DE PARTICIPACION DE LOS ESTADOS Y MUNICIPIOS. ARMAR UNA MAQUINARIA POLITICA Y ADMINISTRATIVA DE ESTA MAGNITUD EXIGIO MUCHOS AÑOS Y SOLO SE CONSOLIDO BAJO EL RÉGIMEN DE PORFIRIO DIAZ. IMPLICO, SOBRE TODO, EL ENFRENTAMIENTO ENTRE LOS INTERESES POLITICOS, COMERCIALES, AGRARIOS Y FINANCIEROS ASENTADOS EN LA CAPITAL DEL PAIS Y LOS INTERESES DE LOS GRUPOS REGIONALES.
LA AMBICION DE PODER DE PORFIRIO DIAZ (FIG. 1) TRANSFORMO EL SUEÑO REPUBLICANO EN UNA DICTADURA. EN UNOS CUANTOS AÑOS LAS LIBERTADES Y DERECHOS CONSTITUCIONALES, EL EQUILIBRIO ENTRE LOS TRES PODERES Y LA AUTONOMIA DE LOS GOBIERNOS ESTATALES Y MUNICIPALES FUERON AVASALLADAS POR EL PODER SIN LIMITES DEL PRESIDENTE. ES VERDAD QUE LOS CONFLICTOS ENTRE LOS INTERESES REGIONALES Y LOS ASENTADOS EN LA CAPITAL DEL PAIS COMENZARON DESDE EL NACIMIENTO DE LA REPUBLICA FEDERAL, PERO SE ACENTUARON DURANTE EL GOBIERNO DE PORFIRIO DIAZ.
El conflicto entre los estados y el centro
Charles
Macune fue uno de los primeros historiadores que relató el conflicto
entre el estado de México y la federación iniciado en 1824.
El centro de esta disputa fue la creación del Distrito Federal que
privó a ese estado de un territorio inmenso y del gran poder político
y económico que hasta entonces había disfrutado. Entre estos
años y la mitad del siglo se sucedieron los pleitos entre los estados
y la federación. Estos enfrentamientos abarcaron distintos ámbitos
(disputas territoriales, hacendarias, jurisdiccionales, económicas
y constitucionales), pero se concentraron en las querellas políticas.
Podría decirse que desde 1824 la mayoría de los estados adoptó
el federalismo como una forma de proteger su autonomía y responder
a las demandas locales y regionales que formulaban sus ciudadanos y los
organismos que los agrupaban. Por esta razón el mayor agravio que
resintieron del gobierno de Porfirio Díaz fue la imposición
de la autoridad central sobre el interés de los estados de la federación,
el aplastamiento de la autonomía que había comenzado a afianzarse
en los gobiernos estatales y municipales.
Entre 1891 y 1894 una serie de reformas a las constituciones de los estados redujeron el poder de éstos en los asuntos políticos y ampliaron los del presidente. Como consecuencia de estas reformas los pueblos ya no tuvieron derecho a erigirse en ayuntamientos, el presidente municipal perdió su carácter electivo y se convirtió en un funcionario nombrado por el gobernador del estado o por el mismo presidente de la República. Los diputados y los gobernadores traicionaron sus apoyos locales y regionales y vinieron a ser peones de un ajedrez político jugado en palacio nacional por un jugador solitario.
Este ahorcamiento de las facultades de los estados y municipios
rebasó el ámbito político y se reflejó en los
medios sociales y culturales. Los grupos y asociaciones que desde mediados
de siglo habían estimulado en los estados la aparición de
las primeras geografías, planos y mapas del propio territorio, o
alentado ensayos de historia regional e impulsado el registro de la flora,
la fauna, el folclore y las tradiciones lugareñas, todas esas variadas
afirmaciones de la identidad regional fueron combatidas por el centralismo
y el nacionalismo ejercidos desde la capital de la República. Así
como el Estado-nación se propuso uniformar la lengua, la educación,
la hacienda pública y la justicia, del mismo modo apoyó la
elaboración de una historiografía orientada a borrar el florecimiento
de memorias regionales y empeñada en unificar las contradicciones
que habían dividido el país.
Las propuestas para construir una historia nacional
La
pérdida de los territorios de California, Nuevo México, Arizona
y Texas, las guerras civiles de mediados de siglo y el abatimiento moral
que siguió a esos acontecimientos, acentuaron la sensación
de incertidumbre que afligió a extensos sectores de la sociedad.
En esos años no se vislumbraba un futuro esperanzador. El pasado
no apoyaba el presente porque la memoria indígena había sido
desquiciada por la conquista española y porque el movimiento insurgente
triunfador condenó con deturpaciones devastadoras los tres siglos
de historia colonial. En distintos medios sociales la angustia de recordar
las pesadillas del pasado y la incertidumbre de vivir en vilo dio paso,
poco a poco, a la propuesta de construir una historia que uniera los opuestos
pasados de la nación en un relato solidario. Desde 1857, en plena
guerra de Reforma, Manuel Payno se manifestó contra quienes se pronunciaban
exclusivamente por las raíces indígenas o por las hispanas,
y en lugar de esa dicotomía ofuscada propuso una fórmula
que integrara ambos pasados. Más tarde, en 1865, el chiapaneco Manuel
Larráinzar hizo hincapié en la necesidad de una historia
general de México "que abrazara cada una de las distintas épocas
en que puede dividirse su historia".
Pero fue José María Vigil quien advirtió que las pugnas por los distintos pasados del país impedían la formación de una identidad común entre los mexicanos. En un texto publicado en 1878 decía Vigil:
Un sentimiento de odio al sistema colonial nos hizo envolver en un común anatema todo lo que procedía de aquella época, sin reflexionar que sean cuales fueren las ideas que sobre ello se tengan, allí están los gérmenes de nuestras costumbres y de nuestros hábitos, y que su estudio, en consecuencia, es indispensable para el que quiera comprender los problemas de actualidad. Un sentimiento de otra naturaleza, un sentimiento de desprecio legado por los conquistadores hacia las razas vencidas nos ha hecho ver con supremo desdén todo lo relativo a las civilizaciones preexistentes en el nuevo Mundo a la llegada de los castellanos, sin tener en cuenta que para explicar la condición de esas razas, para penetrar en su carácter y resolver su porvenir, es preciso ir más allá del periodo colonial, estudiar esa barbarie, que por más que se afecte despreciar, vive y persiste entre nosotros, constituyendo el obstáculo más formidable para el establecimiento de la paz y del desarrollo de los elementos benéficos.
Vigil tuvo una formación humanista clásica y quizá por ello propuso la incorporación del náhuatl en los estudios universitarios, pues consideraba que tenía el mismo valor formativo que el griego y el latín. Fue uno de los primeros en proponer una "educación a la par universalista y mexicanista". Decía:
Desearíamos ardientemente que nuestra educación
literaria y científica formara un carácter acendrado y profundo
de mexicanismo; que nuestras antigüedades fuesen objeto de la más
exquisita solicitud por parte de los gobiernos; que no se perdonara medio
en su conservación y estudio; que el idioma nahoa figurase al lado
de las lenguas sabias, a reserva de que cada uno de los Estados consagrase
una atención especial a sus monumentos y lenguas particulares; y
en una palabra, que la civilización de nuestros antepasados, más
variada, más rica y más grandiosa que la sangrienta barbarie
de las antiguas tribus del norte, fuese el fundamento de nuestros estudios
históricos y literarios.
México a través de los siglos
Estas
palabras de Vigil anticiparon el ambicioso programa que habría de
realizar el gobierno de Porfirio Díaz en los siguientes treinta
años (Fig.2). Como es sabido, Díaz fue el constructor del
primer Estado fuerte y moderno del siglo XIX. Su habilidad política
generó un largo periodo de paz y produjo crecimiento económico
y riqueza. Con esos recursos la élite política impulsó
un programa antes imposible de imaginar, cuya ambición más
alta era desaparecer las diferencias mediante la forja de una identidad
cultural compartida por los diversos grupos sociales. La historia abarcadora
de todas las épocas y temas que solicitaba Larráinzar, y
el relato integrador de las diversas raíces de la nación
que pedía Vigil, se tornaron realidad en México a través
de los siglos (Fig. 3). El título y el subtítulo de esta
obra monumental, dividida en cinco gruesos tomos lujosamente editados,
era una respuesta a esas demandas: "Historia general y completa del desenvolvimiento
social, político, religioso, militar, artístico, científico
y literario de México desde la antigüedad más remota
hasta la época actual".
Tres aciertos hicieron de esta obra el logro mayor de la historiografía del siglo XIX. Para comenzar, tuvo la virtud de integrar pasados considerados enemigos en un discurso que unía la antigüedad prehispánica con el virreinato, y a ambos con la guerra de Independencia, los primeros años de la República y el movimiento de Reforma. Si los liberales de la primera hora, como José María Luis Mora, habían rechazado el pasado prehispánico y el colonial, y Lucas Alamán, la cabeza del partido conservador, sólo había aceptado el legado hispánico, México a través de los siglos tendía por primera vez un puente conciliador entre el conflictivo presente y los varios pasados del país.
El mismo título de la obra daba a entender que México, la nación, había logrado sobrevivir a las vicisitudes de la historia y permanecer ella misma a pesar del embate de los siglos. Edmundo O'Gorman observó que la incorporación de la antigüedad indígena y del periodo colonial eran los mayores aciertos de esta obra porque superaban el hasta entonces infranqueable antagonismo entre indigenismo e hispanismo. En lugar de esos pasados irreconciliables, México a través de los siglos proponía una visión integrada en donde el mundo prehispánico quedaba "consustancialmente vinculado al devenir nacional", mientras que la época colonial, al ser considerada como el periodo en que se formó un pueblo nuevo, "se revela como la época en que se inicia y desarrolla un proceso evolutivo que tiene por base el cruzamiento físico y espiritual de conquistadores y conquistados. Ese es ?decía O'Gorman? el acontecimiento capital de nuestra historia, el que permite comprender cómo dos pasados ajenos son, sin embargo, propios" (Fig. 4).
El segundo acierto consistió en considerar cada uno de esos periodos como parte de un proceso evolutivo cuyo transcurso iba forjando la deseada integración nacional y cumplía las leyes "inmutables del progreso". La idea de evolución que predomina en esta obra le da sustento a la tesis que propone una lenta fusión de la población nativa con la europea y la progresiva integración del territorio, y hace concluir esos procesos en la fundación de la República. El resultado de esta marcha evolucionista a través de la historia vino a ser la construcción de la nueva nación.
El
tercer acierto residió en resumir el conocimiento almacenado por
los estudiosos sobre cada uno de esos periodos y exponerlo en un lenguaje
atractivo, acompañado de magníficas ilustraciones (Figs.
5 y 6). Los cinco volúmenes aportan la novedad de 2000 ilustraciones,
algo nunca visto antes en los libros de historia, la mitad de ellas especialmente
solicitadas por el director de la obra, Vicente Riva Palacio, y por el
editor Santiago Ballescá. Riva Palacio quería que esta nueva
historia de México estuviera saturada de ilustraciones: "Cromos,
grabados, planos, autógrafos, todo en abundancia y todo ejecutado
por los mejores artistas y tomado de los mejores modelos; paisajes, vistas
de ciudades, de edificios, de monumentos, retratos, representación
de armas, de objetos, de arte, numismática, antiguos jeroglíficos
e inscripciones, todo cuanto sea necesario para la perfecta inteligencia
del texto..." Así, los testimonios gráficos elegidos con
criterios exigentes se transformaron en otros tantos símbolos del
paisaje histórico nacional. De este modo la parte gráfica
de la obra sedujo a innumerables lectores que recorrieron sus páginas
fascinados por el atractivo de las imágenes.
Instantáneamente estos cinco volúmenes conformaron
el anhelado pasado donde anclar el presente y proyectar el futuro. De pronto,
la joven nación resultó tener un pasado dilatado, recorrido
por épocas turbulentas pero también por hazañas memorables.
Como las naciones más admiradas de Europa, México tenía
un pasado cuyos orígenes se remontaban a los tiempos más
antiguos. Por primera vez los mexicanos pudieron unir los años de
zozobra de los que había surgido la República con un pasado
remoto que le brindaba los prestigios de la antigüedad y los blasones
de la civilización. La suma de estas virtudes convirtió a
México a través de los siglos en la obra que parecía
restituirle a la nación sus diversos pasados en un discurso cohesivo
y optimista.
El canon forjado por México a través
de los siglos
Por conjugar esas virtudes y por el elenco de sus autores,
este libro estableció un canon en la edición de obras históricas.
Sus cinco volúmenes tuvieron el efecto de cautivar a un círculo
grande de lectores que vivieron la experiencia de sumergirse en una lectura
compensatoria. Por primera vez el lector podía recorrer el periplo
completo de un país atravesado por graves conmociones y arribar
al presente con la sensación de que el largo tramo recorrido formaba
un piso sólido para el futuro. México a través de
los siglos ofrecía a sus lectores una visión armoniosa de
los contrapuestos pasados del país en un momento crítico
de la reconstrucción nacional, cuando más se anhelaba refrendar
la certidumbre de que el país se mantenía (Fig. 7).
Equilibrio y mesura fueron normas adoptadas por el conjunto de los ensayos de México a través de los siglos. El ánimo de contemplar el abrupto pasado del país con moderación estableció un contraste notable con la historiografía de años anteriores. Las grandes obras históricas que le habían precedido, comenzando por las de fray Servando Teresa de Mier (Historia de las revoluciones de Nueva España, 1813) y Carlos María de Bustamante (Cuadro histórico de la Revolución de Independencia, 1823), por un lado, y las de Lorenzo de Zavala (Ensayo histórico de las revoluciones de Mégico, 1831), José María Luis Mora (México y sus revoluciones, 1836) y Lucas Alamán (Historia de Méjico, 1849-1852), por otro lado, eran obras acentuadamente partidistas y polémicas.
En estos casos la historiografía, en lugar de limitarse
a reconstruir el pasado, trasladó a él las luchas que dividían
a los actores políticos en el presente y acabó por convertirse
en otra arena del conflicto ideológico del momento. Esta fue también
la constante en la historiografía del porfiriato. Las obras tempranas
de esta época glorificaron la Reforma y el triunfo del liberalismo
sobre el conservadurismo y el imperialismo. Y en la etapa final, cuando
Díaz cometió el error de confundir su persona con el destino
de la nación, la historiografía se transformó en una
apología del hombre providencial y en una exaltación de la
paz, la prosperidad y el progreso material. Simultáneamente, el
"mestizo, el producto de dos razas [la indígena y la europea] fue
el gran unificador de las contradicciones
étnicas, ideológicas y de clase. El mestizo fue así
el protagonista del progreso de México, y Porfirio Díaz el
representante y el símbolo más genuino de este grupo."
Estas obras, además de exorcizar el pasado para
convertirlo en arma demoledora de la facción contraria, o en instrumento
glorificador del hombre fuerte, construyeron una historiografía
obsesionada en los cambios políticos. Era una reflexión concentrada
en las encrucijadas políticas: liberales contra conservadores; Estado
republicano contra dictadura; centralismo contra federalismo; defensores
de la patria contra invasores extranjeros; pugna entre la Iglesia y el
Estado; reforma de la educación para asentar en ella la unidad de
la nación... Y, asimismo, era una meditación acerca de los
derroteros que deberían transitarse para alcanzar la paz, la estabilidad,
el progreso económico y la unidad nacional. Las obras de Ignacio
Ramírez (El partido liberal y la reforma religiosa en México,
1898); Francisco Zarco (Historia del congreso extraordinario constituyente,
1857-1861); Ignacio Manuel Altamirano
(Historia y política de México, 1883-1884); José María
Iglesias (La cuestión presidencial en 1876, 1892); Wistano Luis
Orozco (Legislación y jurisprudencia sobre los terrenos baldíos,
1895); Francisco Bulnes (El verdadero Juárez y la verdad sobre la
intervención y el imperio, 1904), y los escritos y discursos de
numerosos políticos, periodistas e historiadores definieron los
temas de reflexión de los ciudadanos (Figs. 8 y 9).
Así, al debatir las crisis y los trastornos políticos, al considerar las derrotas y reflexionar sobre los desafíos del presente o los valores que deberían sustentar a la nación, esta literatura se convirtió en la arena donde concurrieron las interpretaciones más encontradas sobre el pasado y el futuro de la nación. Vino a ser la escritura que hizo comprensible cómo se constituyó la nación y el abrevadero que nutrió a los ciudadanos para formular su propia opinión sobre la situación política y social de su tiempo. En otras palabras, la historiografía del siglo XIX cumplió una función eminentemente política: participó en la discusión del proyecto nacional, contabilizó las heridas y los quebrantos que nublaron el horizonte del país, trazó el viacrucis político de la República y el proyecto de fundarla en el pacto federal, defendió la integridad del territorio y rompió lanzas en favor de la unidad nacional, a tal punto que logró constituir, con el concurso de los políticos y la fuerza del Estado, un proyecto que parecía incluir a la diversidad de la población y una "identidad imaginaria" de la nación.
Y no cabe duda que el aliento que inspiró a estos
escritos también estuvo presente en los autores de México
a través de los siglos. Como se ha señalado, esta obra es
una expresión del pensamiento liberal y una exaltación de
los principios que inspiraron a esta corriente política. Pero además,
también participó en ella la erudición de la historiografía
conservadora. José Fernando Ramírez (1804-1871), Manuel Orozco
y Berra (1816-1881), Joaquín García Icazbalceta (1825-1894),
Juan Hernández y Dávalos (1827-1893) y Francisco del Paso
y Troncoso (1842-1916), sentaron las bases, entre mediados y finales del
siglo, de la investigación histórica rigurosa
y realizaron una obra hasta la fecha no igualada de acopio, rescate y edición
de documentos sobre la historia antigua, colonial y moderna del país
(Fig. 10).
Cuando no había instituciones académicas que ofrecieran becas y apoyos para reconstruir la historia nacional, esta generación asumió la tarea de recoger los desmembrados testimonios del pasado en las bibliotecas y archivos europeos, en los vetustos depósitos de los conventos y en archivos ignorados, hasta reunir la mejor colección de obras documentales que se ha publicado en nuestro país. La mayoría de los miembros de esta generación de bibliófilos, polígrafos y eruditos adoptó la humilde tarea que se impuso a sí mismo Joaquín García Icazbalceta. Decía Icazbalceta que cuando él advirtió en fecha temprana que su vocación "no era la de escribir nada nuevo, sino compilar materiales para que otros lo hicieran", decidió hacerlo del mejor modo, allanando el camino "para que marche con mayor rapidez y menos estorbos el ingenio a quien esté reservada la gloria de escribir la historia de nuestro país".
México a través de los siglos tuvo la virtud de conjugar lo mejor de estas dos tradiciones: por un lado transportó a sus páginas el anhelo liberal de fincar el Estado-nación sobre los valores del patriotismo, la integridad de la nación, los principios republicanos y el culto a los héroes que lucharon por la Independencia y fundaron la República. Por otro lado hizo suya la vocación erudita de la historiografía conservadora, de tal modo que en sus páginas apareció la transcripción de numerosos documentos procedentes de diversos archivos, por primera vez asomaron citas extensas de fuentes antes ignoradas e hizo acto de presencia la templanza y el juicio mesurado. La acumulación de estas virtudes en una obra colectiva fue el mérito de su gestor y director: Vicente Riva Palacio.
Vicente Riva Palacio
Vicente Riva Palacio fue hijo de don Mariano Riva Palacio,
un jurista de talento que militó en las filas del Partido Liberal
y fue diputado, senador, ministro de Hacienda y varias veces gobernador
del Estado de México (Fig. 11). Su madre, doña Dolores Guerrero,
era hija de Vicente Guerrero, de modo que el niño Vicente vino al
mundo amparado por ancestros cuyas vidas habían contribuido a fundar
la patria republicana. Nacido el 16 de octubre de 1832, Riva Palacio fue
un estudiante distinguido y más tarde sobresalió
como abogado, general, poeta, periodista, crítico literario, novelista,
cuentista, orador, político y diplomático. A estas variadas
aficiones sumó la de historiador, la vertiente que aquí interesa
destacar.
Aún no se ha disipado el misterio que vela el origen de México a través de los siglos. La historia oficial informa que al ser electo presidente de la República Manuel González, éste decidió encomendarle al general Vicente Riva Palacio, uno de los héroes de la guerra contra el imperio de Maximiliano, la confección de una historia con la idea de que el general se absorbiera en esa tarea y abandonara la escena política donde podría hacerle sombra. Hay un oficio del ministro de Guerra, Jerónimo Treviño, fechado el 8 de febrero de 1881, en el cual éste le informa a Riva Palacio "que el presidente de la República tuvo a bien comisionarlo para escribir la historia de la guerra contra la intervención y el imperio". Otra versión sostiene que esta idea no fue del presidente González, sino de Porfirio Díaz, quien seguía tejiendo los hilos de la política nacional detrás de la figura de González. Lo cierto es que Riva Palacio aceptó esta comisión sin chistar y de inmediato puso en obra sus irresistibles talentos para llevarla a cabo.
Echando por delante la protección del presidente de la República y el apoyo del ministerio de Guerra, Riva Palacio comenzó a escribir a las dependencias del gobierno, a los oficiales que tuvieron mando de tropas durante la guerra de Intervención, a los gobernadores de los estados, a los consulados y embajadas, a los directores de los principales archivos y bibliotecas del país, y a sus amigos historiadores, periodistas y literatos, solicitándoles toda suerte de documentos, planos e informes útiles para componer su historia.
Sin embargo, repentinamente, la misión original
que se le encomendó en febrero de 1881 (escribir la historia de
la guerra contra la Intervención) dio un vuelco completo hacia 1882:
el nuevo proyecto que ahora ocupaba a Riva Palacio era componer una historia
general de México, nada menos que desde la antigüedad indígena
hasta el triunfo del movimiento de Reforma. Para cumplir esa ambiciosa
tarea congregó un equipo impresionante y al mismo tiempo se hizo
de nuevos socios y aliados. Apoyado por su buen juicio y por sus excelentes
relaciones con el medio intelectual, invitó a colaborar en esa atrevida
empresa a cinco distinguidos escritores: a Alfredo Chavero le encomendó
la redacción de la historia antigua y de la Conquista; él
mismo se asignó la tarea de escribir la historia del virreinato;
a Julio Zárate le pidió redactar la guerra de Independencia;
a Juan de Dios Arias y Enrique Olavarría y Ferrari les adscribió
el tomo correspondiente al México independiente (1821-1855); y finalmente
José María Vigil tuvo a su cargo la historia de la Reforma.
Cada uno de estos escritores tenía nombre, obra y credos historiográficos
propios, pero Riva Palacio tuvo el talento de reunirlos en una empresa
colectiva, sin que ésta se desbalanceara.
Su nuevo y más importante aliado fue Santiago Ballescá, representante de la Casa Ballescá de México y de la empresa española Espasa y Compañía, firmas que asumieron la responsabilidad de editar los cinco extensos volúmenes de la obra. El genio de Riva Palacio se aprecia cuando nos enteramos que estas compañías editoriales asumieron el pago de los autores y colaboradores de la obra así como los cuantiosos gastos de edición, la más lujosa que se hizo entonces con un tiraje de siete mil ejemplares. Es decir, la obra inicialmente auspiciada por el gobierno tenía ahora su propio financiamiento. Ballescá no sólo fue el empresario que resolvió los delicados asuntos del financiamiento, sino uno de los colaboradores más eficaces de Riva Palacio para obtener documentos, fotografías, planos y otros materiales gráficos.
Como se advierte, Riva Palacio no tuvo una formación profesional de historiador. A cambio de ello cultivó una pasión obsesiva por la historia de su patria. Su interés por el pasado se originó en el mismo entorno familiar, donde tanto la rama materna como la paterna lo vincularon con el pasado de la República y lo iniciaron en el proyecto de nación que entonces se fraguaba. Años después, la circunstancia de que cayera en sus manos el prodigioso archivo del Tribunal de la Santa Inquisición, lo transformó en un asiduo lector de papeles viejos, en un asombrado estudioso de la entonces excecrada historia del virreinato y, más tarde, en un promotor entusiasta de la novela histórica (Fig. 12).
Las trágicas vidas y los dramas terribles que leyó
en los papeles de la Inquisición le proveyeron los personajes, la
trama y el ambiente que nutrió su serie de novelas históricas.
Entre 1868 y 1872, es decir, en poco menos de cinco años, Riva Palacio
escribió siete novelas históricas. Las primeras tres las
dio a conocer en el fructífero año de 1868: Calvario y Tabor,
Monja y casada, virgen y mártir y Martín Garatuza. Las otras
cuatro llevaron por título Los piratas del Golfo (1869); Las dos
emparedadas (1869); La vuelta
de los muertos (1870); y Memorias de un impostor. Don Guillén de
Lampart, rey de México (1872). Con excepción de Calvario
y Tabor, cuyo asunto narraba las hazañas de la resistencia contra
la intervención francesa en Michoacán, las restantes tienen
por tema episodios y personajes del virreinato (Fig. 13).
Vicente Riva Palacio no hizo estudios especializados de historia, pero formó parte de la primera generación de mexicanos que esforzadamente trabajó para forjar una identidad nacional y fundar un proyecto de país asentado en sus raíces históricas. Desde que en 1836 Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, José Fernando Couto y otros escritores fundaron la Academia de Letrán, nació el propósito de crear una literatura que expresara los sentimientos del alma nacional, y desde entonces ese objetivo se convirtió en un mandato para los mexicanos ilustrados. Vicente Riva Palacio no fue la excepción.
Siguiendo la huella de Ignacio Ramírez e Ignacio
Manuel Altamirano, Riva Palacio se empeñó en la construcción
de una literatura nacional, participó en la formación de
un cancionero nativo, construyó su propia galería de mexicanos
ilustres, hizo del periodismo satírico una tribuna popular, incorporó
a la escena nacional a los despreciados chinacos y a los miserables del
populacho urbano, levantó la primera estatua a Cuauhtémoc
y le dio a éste rango de héroe nacional, convirtió
al pueblo campesino en personaje de sus novelas e hizo desfilar en ellas
la diversa composición de la sociedad: indios, léperos urbanos,
criollos, negros, mulatos y mestizos. En toda su obra los mestizos son
la representación física y moral del mexicano, el producto
social decantado por la fusión de los grupos indígenas con
los europeos. México a través de los siglos, su magna empresa
histórica, recoge esos símbolos y aspiraciones colectivas:
es el primer gran mural que incorpora los distintos pasados de la nación
y la obra que transmitió a los mexicanos un mensaje de unidad, tolerancia,
fortaleza y optimismo (Fig. 14 y 15).
Justo Sierra y su Evolución política
del pueblo mexicano
Inevitablemente, por reunir esas virtudes, México a través de los siglos se convirtió en el canon historiográfico de su época. Su aparición le infundió al difuso pasado coherencia, animación y prestigio, dotó al país de una narración emotiva sobre la formación del ser nacional y elevó la literatura histórica a un lugar augusto. Su efecto en la conciencia nacional fue tan profundo e inmediato que once años después de su publicación motivó una síntesis magistral de la historia mexicana basada en sus extensos volúmenes. Esta síntesis fue obra de Justo Sierra, quien primero la publicó entreverada en los tres ampulosos tomos de México: su evolución social (J. Ballescá Editor, 1900-1902, 3 vols.) Cuatro décadas más tarde Alfonso Reyes tuvo la perspicacia de editarla como obra autónoma, bajo el título de Evolución política del pueblo mexicano. Desde entonces se ha reeditado varias veces y goza la fama de ser uno de los mejores compendios de la historia nacional.
La Evolución política del pueblo mexicano
se concentró en los mismos temas acotados por México a través
de los siglos: la civilización
precortesiana, la conquista, el periodo colonial, la Independencia, la
República y la Reforma, más un capítulo final dedicado
al porfiriato. Al igual que Riva Palacio, Sierra adoptó el enfoque
evolutivo, de modo que su obra presenta la historia del pueblo mexicano
como una marcha ascendente hacia un futuro promisorio. Es claro que en
ese camino hubo obstáculos tremendos, que Sierra se esfuerza en
señalar, pero en la medida en que el pueblo mexicano fue capaz de
sortearlos, su futuro se tornó abierto (Figs. 16 y 17).
Según la interpretación de Justo Sierra,
después de vencer los escollos de la guerra de independencia, el
espejismo del imperio de Iturbide, las pugnas con la Iglesia, la lucha
contra el conservadurismo, los trágicos años del dominio
de Santa Anna, las invasiones extranjeras y la amputación del territorio
nacional, una de las más duras pruebas que enfrentó el pueblo
mexicano vino a ser el momento porfiriano. Sierra advirtió que el
innegable avance económico y social alcanzado en los últimos
años contrastaba con la debilidad del proceso político. Reconociendo
los méritos de la obra de Díaz, Sierra no pudo negar que
el país vivía bajo "La omnímoda autoridad del jefe
actual de la República". Aun cuando Sierra fue hombre clave en el
equipo de gobierno de Díaz, como historiador y crítico de
su tiempo no dejó de señalar, al final del libro, el dilema
que entonces oscurecía el futuro de la nación:
En suma, la evolución política de México
ha sido sacrificada a otras fases de su evolución; basta para demostrarlo
este hecho palmario irrecusable: no existe un solo partido político,
agrupación viviente organizada, no en derredor de un hombre, sino
en torno a un programa. Cuantos pasos se han dado por estos derroteros,
se han detenido al entrar en contacto con el recelo del gobierno y la apatía
general (...) El día que un partido llegara a mantenerse organizado,
la evolución política reemprendería su marcha, y el
hombre, necesario más en las democracias que en las aristocracias,
vendría luego (...) Toda la evolución social mexicana habrá
sido abortiva y frustránea si no llega a ese final total: la libertad.