La Jornada Semanal, 5 de noviembre del 2000
 
 
Philippe Faure
 
El cine francés y la diversidad cultural
 
 
Para documentar nuestra envidia: entre muchas otras cifras positivas, en 1999 Francia produjo más de 180 filmes y arriba de un tercio de su taquilla fue captado por la producción nacional. En vísperas del quinto Festival de Cine Francés en Acapulco, Philippe Faure, embajador de Francia en México, explica los mecanismos que le han permitido a una cinematografía siempre indispensable no ser devorada por el monstruo hollywoodense. Sobra mencionar la falta que nos hace en México una estrategia similar, sobre todo, como dice Faure, si queremos pensarnos como un país “que tiene conciencia del interés y el valor de las culturas nacionales o regionales en un mundo en plena globalización”.

 

Desde que asumí mis responsabilidades como nuevo embajador de Francia en México, hace algunas semanas, me ha sorprendido escuchar a numerosos mexicanos que, durante nuestros frecuentes intercambios, me hablan casi de inmediato acerca de su preferencia por el cine francés. Muchos de mis interlocutores hacen patente su asombro ante nuestra capacidad de mantener y desarrollar un cine nacional vivo y de calidad, me hablan del placer que les causa tener acceso a una alternativa a la cultura hollywoodense predominante, y me manifiestan su deseo de ver que el cine mexicano pueda algún día volver a tener una vitalidad comparable.

Al respecto, el Festival de Cine de Acapulco, que se llevará a cabo por quinto año consecutivo del 7 al 12 de noviembre, es una prueba fehaciente del dinamismo de la producción cinematográfica francesa actual y, mediante la presencia de muy numerosas personalidades –actores, realizadores, productores–, de su brillo internacional. Ciertamente, todavía existen problemas de distribución en algunas regiones del mundo, en especial en América Latina, pero sucesos de la talla del Festival de Acapulco tienen como objetivo sobrepasar dichas dificultades.

Ante todo es importante hacer hincapié en que nuestros dos países comparten puntos de vista convergentes sobre el tema de lo que se ha convenido en llamar “la diversidad cultural”, convergencia consagrada por la firma de una declaración común en 1998, cuando vino a México el presidente de la república, Jacques Chirac. Resulta atinado recordar también, en la víspera de un acontecimiento cinematográfico como el Festival de Acapulco, los métodos que han permitido a Francia preservar la identidad y la vitalidad de su producción cinematográfica.

Sin una política activa, el simple funcionamiento del mercado –caracterizado hoy día por la rentabilidad de las producciones estadunidenses, cuya inversión se recupera ampliamente tan sólo en su mercado nacional–, conduciría a la eliminación del cine francés, como ya fue el caso de numerosos cines nacionales. Es por esta razón que Francia, en este ámbito como en otros –por ejemplo el sector aeronáutico o espacial–, ha desarrollado un programa con una férrea voluntad, en colaboración con sus socios europeos.

El Centro Nacional Cinematográfico (CNC), organismo público francés, administra presupuestos proporcionados por el Ministerio de Cultura y Comunicación, así como una cuenta de apoyo cuyos ingresos (impuestos a las cadenas televisivas, a los cassettes de video y sobre el precio de entradas al cine) se reintegran en su totalidad al sector audiovisual, y en especial al sector de la producción cinematográfica.

Los productores de cine gozan así del beneficio de un apoyo automático, un subsidio cuyo monto se calcula a partir de los ingresos de explotación de películas en el mercado cinematográfico, el mercado televisivo y el mercado de video, así como de un apoyo selectivo que se traduce en un adelanto sobre los ingresos, es decir un préstamo sin intereses, reembolsable de acuerdo con los resultados de explotación de la película que recibe la ayuda. Cuarenta y siete filmes se produjeron así en 1999, gracias a la ayuda de este singular sistema de apoyo selectivo que es el adelanto sobre los ingresos. Este dispositivo no es únicamente para los cineastas consagrados, pues ha permitido que se ayude a la realización de una tercera parte de las operas primas producidas. En total, los créditos públicos de intervención y de apoyo administrados por el CNC representaron tres mil 300 millones de pesos en 1999, la mitad de los cuales se dedicaron al sector cinematográfico.

Este sistema de ayuda al cine es original desde varios puntos de vista. En primer lugar, lo esencial de los medios financieros proviene del mercado, principalmente de deducciones sobre los ingresos de las cadenas televisivas privadas y públicas, y de impuestos sobre la explotación en salas cinematográficas. Posteriormente, la redistribución de estos ingresos financieros se lleva a cabo en gran parte por medio de mecanismos de naturaleza automática aplicados no solamente a la producción, sino también a la explotación y a la distribución.

Pero la acción de los poderes públicos no se ejerce únicamente por medio de ayudas directas, sino que se fortalece a través de dispositivos reglamentarios que desempeñan también un papel decisivo para implicar a los socios privados en la industria cinematográfica. Tal es el caso de las cadenas televisivas, que deben intervenir directamente en el financiamiento de la producción cinematográfica y audiovisual local. Además está la obligación, instaurada por la Directiva europea “Televisión sin Fronteras” desde 1989, de difundir por televisión cierto porcentaje de obras europeas, lo cual significa una incitación poderosa para que las cadenas inviertan en el cine europeo y así poder difundir obras de calidad. Todo esto explica el porqué las cadenas televisivas francesas participan con aproximadamente un cuarenta por ciento del financiamiento de películas de iniciativa francesa.

Este sistema francés no es en lo absoluto proteccionista. Difusores y espectadores conservan una total libertad de decisión, y las salas –al igual que los festivales franceses– continúan siendo los promotores de todos los cines del planeta, difundidos tanto en versión francesa como en versión original.

Como resultado de esta política activa de apoyo, el cine francés goza de muy buen estado de salud y el conjunto del sector se ha caracterizado por un gran dinamismo. Luego de una disminución relativa que se extendió hasta mediados de los noventa, la asistencia a las salas de cine francés se ha reactivado de manera vigorosa, para sobrepasar en 1999 los 155 millones de entradas, y generar el equivalente a seis mil 875 millones de pesos en ingresos a través de las taquillas.

De este total, el 32.3% de las entradas corresponde a filmes nacionales (contra el 53.9% para el cine estadunidense), lo que constituye, y con mucho, el porcentaje más elevado en Europa. En el caso de México, cuya producción nacional gana cada vez más adeptos, el cine mexicano registró el 14.2% del total de la cuota de mercado en todo el país.

Es preciso recordar que el cine francés sigue siendo uno de los más productivos de Europa, con más de 180 filmes de iniciativa francesa –películas y coproducciones con mayoría francesa– producidos en 1999. Mejor aún, el número de operas primas y de segundos filmes se encuentra en pleno auge desde principios de los noventa, prueba fehaciente del extraordinario renacimiento de la creación cinematográfica en Francia y de la vitalidad de las nuevas generaciones.

En el extranjero, el cine francés goza de gran renombre y de una reputación de calidad. Esta imagen se confirma más allá de las fronteras francesas gracias a un público que se autodefine como conocedor. El cine francés, visto desde fuera, es esencialmente una aura que perdura. Es también actores de talento, de Gérard Depardieu a Catherine Deneuve, de Jeanne Moreau a Michel Serrault, de Juliette Binoche a Vincent Perez; de películas que han hecho hablar de ellos estos últimos años –Cyrano de Bergerac, L’Amant, Indochine, Léon, Romance, Taxi.…–, y finalmente, decenas de festivales cuya reputación es de todos conocida, entre los que destaca el Festival de Cannes.

En México el cine francés marca su presencia a través del Festival de Acapulco, pero también gracias a una buena audiencia. Desde hace cinco años el número de películas francesas presentadas en salas mexicanas se ha estabilizado en más de veinte por año. En los ocho primeros meses del año 2000, la parte de mercado del cine francés registra 2.8%. Además, un estudio efectuado en diecinueve cadenas televisivas mexicanas (nueve cadenas hertzianas, cuatro cadenas especializadas en cine en general, dos cadenas especializadas en “cine de habla hispana” y cuatro cadenas estadunidenses emitiéndose en México) ha permitido contabilizar mil 247 difusiones de filmes franceses en un año (más de 400 títulos diferentes), lo que representa un promedio de cien difusiones de filmes franceses al mes.

Finalmente, son este vigor y esta identidad del cine francés, preservados gracias a un sistema específico de financiamiento –el cual concilia financiamiento del mercado y mecanismos públicos de apoyo–, los que Francia desea defender en las grandes negociaciones internacionales, especialmente en el seno de la Organización Mundial del Comercio, a nombre de la preservación de la “diversidad cultural”. Este es un tema de reflexión importante no sólo para Francia, sino también para cualquier país que tiene conciencia del interés y el valor de las culturas nacionales o regionales en un mundo en plena globalización.