La Jornada Semanal, 7 de diciembre de 1997



EL CORAZON DEL CAMINO


Juan Tovar


Con Las enseñanzas de don Juan, Juan Tovar se convirtió en el primer traductor al español de Carlos Castaneda y lo conoció cuando se rumoraba que era un fantasma inencontrable. Publicamos una estampa indeleble en la que el autor de El lugar del corazón captura la esquiva personalidad del célebre escritor y taumaturgo.



En mi recuerdo, hace veintitantos años, Carlos Castaneda es de corta estatura, complexión robusta, color moreno, cabello crespo y fisonomía mestiza. Podría verosímilmente ser nativo de cualquier país latinoamericano, pero quizá no tanto de Brasil (que él decía) como de Perú (que se ha dicho) o de México (que oí decir). Vivaz, cordial y elocuente, encarna su papel de iniciado con naturalidad y sentido del humor. Por aquel entonces lo supuse frisando los cuarenta; no me habría extrañado que fuera algo más joven o bastante mayor. Algo de intemporal tenía: de personaje puesto por escrito, siendo su modesta persona el personaje central de la saga de enteógenos y pensamiento mágico más amena que la contracultura conociera.

Traduje sus cuatros primeros libros a lo largo de un par de años, lapso en el cual fui pasando de creyente fervoroso a simple admirador. Cada nuevo libro me parecía más logrado que el anterior en lo narrativo, a la vez que menos digerible como documento. Al cuarto, Tales of Power, le puse de plano Cuentos de poder, optando los editores por RelatosÉ para que no sonara tan de a tiro a ficción. Según yo, ese era el chiste; y el humor no era del todo iconoclasta. Por azares de mi aprendizaje de escritor, me hallaba entonces en trance de descubrir el hilo negro del poder de la escritura y la realidad de lo figurado (más detalles al respecto en mi Criatura de un día) y me encantó que Castaneda culminara sus revelaciones, en principio antropológicas, con un texto que, desde el título, tendiera a revelarse como obra de la imaginación. Ahí justamente radicaba, en mi lectura, la magia de los tales cuentos o relatos, como no deja de constar entre las líneas de la nota de contraportada.

Hallándose la traducción a medias, Carlos estuvo en México y hubo en su honor una cena entre amigos donde el plato fuerte de la plática vino a consistir en la creación colectiva de chistes bilingües. Más tarde, cuando lo llevaba a su hotel, me preguntó cómo iba con el libro.

-Me está costando -le digo-. Don Juan habla cada vez mejor inglés.

Lo deja pasar, llegamos, buenas noches, mañana vengo por tiÉ Al otro día llego tarde y en taxi, pues mi coche se desclochó en el camino. Metí el pedal y se fue hasta el fondo, le cuento a Carlos y él se ríe con ganas:

-Metiste la pata con ese clutch, Juanito.

Como quien dice, the joke was on me.

Pese a lo cual, poco tardé en convencerme de que la antropología de Castaneda es, al igual que la teología de Borges, una rama de la literatura fantástica. Desde esa perspectiva, toda su historia de aventuras mágicas se manifiesta como una metáfora del acto de poder que realiza al instaurarla como una relación de hechos, al menos para un sector mayoritario de su vasto círculo de lectores, implantando así su propio imaginario de la realidad de las cosas.

No es pequeña la hazaña, ni deja de ser admirable por más que uno descrea. Quien logra algo así, bien merece llamarse hombre de conocimiento y guerrero impecable; bien puede permitirse relegar al olvido su historia personal para vivir en el mito que él mismo se construye, nos construye. Como diría don Juan Matus, la cosa es recorrer "cualquier camino que tenga corazónÉ y la única prueba que vale es atravesar todo su largo".

En cuanto a cuál pueda ser, en el caso de Castaneda, dicha historia personal, la versión de don Juan Rulfo es tan plausible y tan desmitificadora como cualquier otra, y merece atención por venir de quien viene:

-Cuál Castaneda -decía-. Es Castañeda. Es el hijo del notario Castañeda, de Zacatecas. Se fue a Los çngeles a estudiar antropología y ahora regresa dizque brujo, dizque brasileñoÉ Es Carlitos Castañeda, yo lo conozco.