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El “tren subterráneo” de emigrantes

Redacción Sin Fronteras

Hasta hace poco, Cedric Herrou, un agricultor francés de 37 años, llevaba una vida plácida mientras conducía por las sinuosas rutas del Valle de la Roya, en la frontera entre Francia e Italia, para distribuir sus huevos de granja, aceite de oliva y paté de aceituna.

Pero, desde el pasado mes de octubre, Cedric decidió darle un giro a su vida. De la noche a la mañana, este granjero con aspecto de profesor universitario, decidió compatibilizar su actividad formal con el traslado clandestino de emigrantes que intentaban cruzar la frontera de Italia y Francia para alcanzar refugio seguro en el norte de Europa.

Hoy, con una frente despoblada por la calvicie, su barba rala y sus gafas de hipster, Cedric se ha convertido en el líder de facto un movimiento clandestino a favor de los migrantes que ha sido bautizado como “el tren subterráneo” de refugiados a Europa.

Y en todo un símbolo de la solidaridad —en Francia y en todo el mundo— por su labor a favor de esas mareas de emigrantes de piel oscura que han llegado hasta su granja mientras huyen de la miseria, la hambruna o la guerra desde países como Eritrea, Sudán, Yemen o Siria.

En muchos sentidos, Cedric Herrou, se ha convertido en el peor enemigo de los guardias fronterizos de Francia e Italia que todos los días luchan contra esa hemorragia de refugiados que desbordan las fronteras de España, Italia, Francia o Alemania.

Pero, al mismo tiempo, Cedric se ha transformado en la prueba viviente de esa conciencia solidaria que muchos creían sepultada en una Europa asediada por la peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial y por el resurgimiento del odio hacia los emigrantes y refugiados que hoy atizan organizaciones de extrema derecha y por partidos políticos de corte nacionalista o populista que apuestan por el fin del experimento de unificación europeo y el retorno a las fronteras cerradas.

En esta coyuntura que ha puesto a prueba la solidaridad y la vieja vena humanitaria de la vieja europa, Cedric ha llegado con sus cargamentos de refugiados para poner a prueba al sistema judicial de Francia.

Foto/AFP

Apenas el pasado martes, este agricultor reconvertido en activista de los derechos humanos de miles de refugiados que todos los días arriesgan sus vidas en aguas del Mediterráneo para tratar de alcanzar refugio en Europa, fue condenado por ayudar a inmigrantes a cruzar de forma ilegal a Francia a través de la frontera con Italia.

La corte de apelaciones de Aix-en-Provence, en el sur del país, impuso a Cedric Herrou una sentencia de cuatro meses de prisión suspendida.

Según las autoridades, en el último año Herrou ayudó a unos 200 migrantes, alojando a algunos en su granja en el valle del Roya. Además les ayudó a moverse por Francia utilizando su propio vehículo.

Una ley francesa de 2012 concede inmunidad a las personas que ayuden a migrantes con "acciones humanitarias y desinteresadas”, pero la fiscalía alegó que Herrou estaba subvirtiendo la ley.

Inasequible al desaliento, Herrou dijo a la televisora BFM que "no se arrepiente" y no dejará de ayudar a los migrantes, apuntando que “es mi deber como ciudadano”.

A su vez, las autoridades han anunciado la apertura de otra investigación judicial en su contra por una detención registrada el mes pasado.

El caso de Cedric, quien ha conseguido sacudir las conciencias de miles de ciudadanos que siguen sus peripecias y que lo acompañan a sus juicios con pancartas en las que se lee “La solidaridad no es un delito”, parece demostrar que la causa a favor de quienes buscan en la vieja Europa la solidaridad y compasión que se les ha negado en su propia tierra, no está del todo perdida.