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Venezuela y la mafia humanitaria
F

rente a la hipócrita y estridente ayuda humanitaria a Venezuela y los impredecibles posicionamientos de Donald Trump y la pandilla de Mike & Mike, conviene recordar algunas premisas de la política internacional:

1. La política exterior es la política. V.gr: Estados Unidos necesita mentir al mundo, y Venezuela cantarle sus verdades. Tómese algunos minutos, por favor, para oír la impresionante intervención del embajador Samuel Moncada, en las entrañas de ese nido de ratas llamado OEA. https://bit.ly/2X8EnQU.

2. La geopolítica no es una ciencia exacta, pero existe. V.gr: América Latina no es un problema de política exterior de Estados Unidos. Es una cuestión doméstica de nuestro país (respuesta de Henry Kissinger a un diplomático argentino, apuntada por el riguroso periodista Jorge Elbaum).

3. En política internacional, no hay ideologías. Hay intereses que se dirimen en espacios distintos a los de la impotente ONU, la crujiente Unión Europea, la desacreditada OEA y, mucho menos, en las redes antisociales de los trolls y las usinas mediáticas del terrorismo mundial.

En la época de la invasión de la CIA a Playa Girón (Cuba, abril de 1961), reinaba en la Casa Blanca John F. Kennedy, un cultivado y glamoroso personaje de la élite política bostoniana. Kennedy encarnaba el sueño lúbrico de las primeras damas de América Latina, y de presidentes como el venezolano Rómulo Betancourt, alfil político de Washington y acérrimo enemigo de Fidel Castro.

Los gobiernos democráticos de entonces (liberal-conservadores, conservador-liberales, junto con tres o cuatro desarrollistas) eran menos sanguinarios que las satrapías impuestas por Washington en Nicaragua (Somoza), Haití (Duvalier) o Paraguay (Stroessner). Pero cuando la OEA (o sea Washington) llamaba a misa, demócratas y tiranos se tomaban de las manos, y dando gracias al señor recitaban las epístolas de la llamada doctrina Betancourt (1959).

La doctrina Betancourt (o sea Washington) llamaba a la cooperación de los gobiernos democráticos de América Latina para someter a riguroso cordón sanitario (sic), a los regímenes que no respeten los derechos humanos, y erradicarlos mediante la acción pacífica colectiva de la comunidad jurídica internacional (sic).

Con dedicatoria a Cuba, la doctrina Betancourt sería precursora de la Carta Democrática Interamericana, que 42 años después Washington impondría en la OEA con dedicatoria a Venezuela, un 11 de septiembre de… ¡2001!

Simultáneamente, el pentagonimo restructuraba la vieja política imperialista de mera conquista territorial, con fines de explotación de los pueblos. Y el encargado de explicarla sería el ex presidente dominicano Juan Bosch (1909-2001), “cuando la definió a partir del dominio del complejo militar estadunidense en la política exterior y doméstica de Washington, desde la Segunda Guerra Mundial, y cuyo eje se expresa en la frase ‘la paz no es rentable’” (Goevanny Vicente Romero, Sputnik).

Por ende, si la paz (o sea la diplomacia, la política) ya no era rentable, la ideología de las élites económicas, ya no se nutriría de paradigmas imperiales más o menos estables, como observó el sociólogo Jorge Beinstein.

En un ensayo publicado poco antes de morir, Beinstein sostiene que la degeneración parasitaria del sistema ha llegado a un punto de inflexión, caracterizado por el rápido ascenso hacia el poder total de una élite mafiosa con aspiraciones dictatoriales.

“Se trata –escribe Beinstein– de un poder mafioso que asume perfiles preidológicos, culturalmente confusos, primitivos. Y la explicación estructural de esa barbarie se encuentra en la dinámica inmediatista de sus negocios (financieros y turbios en general), donde el largo o mediano plazos no existen.”

En suma, fin de las mediaciones, desconocimiento de los estados nacionales, financiarización de la economía, judicialización de la política, jibarización de la sociedad, centrifugación de las instituciones, vaciamiento de la democracia, saqueo de los recursos naturales, desaparición del derecho internacional y, por sobre todo, muchas fake news y muchas mentiras.

Por último, lo que importa: La diplomacia es la habilidad para conseguir objetivos. Palabras de Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa (1921-97), orgullo y ejemplo de la política exterior mexicana.