Opinión
Ver día anteriorDomingo 18 de noviembre de 2018Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La casa ideal
H

ace algunos meses releí Walden, o La vida en los bosques , de Thoreau, Henry David, en momentos en que se reconstruía, rehabilitaba y remodelaba la casa que heredé, y a lo largo de la relectura no podía dejar de advertir lo imposible que me resultaba seguir los consejos de Thoreau por lo que hace a vivir de la manera más simple posible, con la menor cantidad de pertenencias posible y, también, con mínima dependencia de otros para subsistir y vivir, aun en compañía, incluso si mi ánimo fuera tan equilibrado y estuviera tan en armonía con la existencia, con la naturaleza, en el trato con los demás, y aun cuando el trato con los demás fuera mínimo de por sí. Lo cierto es que en mis circunstancias a mí me resulta imposible imaginar posible vivir de esta manera, por más que para mí ésta siguiera siendo la manera ideal de vivir, en especial si sueño con que vivir en estas condiciones me resultaría fortalecedor y suficiente según le resultó a Thoreau, al menos durante un tiempo.

Ante la perspectiva de enfrentar la mudanza, atribuyo el inquieto estado emocional en el que me encuentro a la circunstancia de padecer una tremenda deformación, la de tender a acumular, ordenar y conservar lo acumulado, tanto lo mío como lo que he ido heredando. Quizá con el agravante de que cuanto conservo consiste sobre todo en papeles, libros y, aparte de algo de pintura y escultura, toda clase de objetos, todos de valor estrictamente sentimental. Pero si esto encuentra un lugar sin convertirse en estorbo, no sucede lo mismo con los papeles que acumulo y conservo pues, para apaciguar mi pánico de perderlos, mi mal además me orilla a clasificarlos y ordenarlos, a mantener la clasificación al día y en perfecto orden. Y no es porque esta labor, o no sé si insistir en considerarla más bien una grave anomalía de carácter, tome tiempo, sino porque, más angustiante todavía, necesita espacio para cumplir con sus fines. Quiero decir, no sólo necesito llevar a cabo este trastornante, imperativo quehacer, sino que la casa heredada ha debido contar con una habitación precisa capaz de acomodar semejante archivo, y encima hacerlo de forma adecuada para que sea eficazmente posible consultarlo.

Quiero decir que la inminencia de la mudanza a la casa heredada me ha hecho enfrentar la otra cara del rumbo que habría podido tomar precisamente esta mudanza si a mí me hubiera sido posible mantenerme fiel, profunda y genuinamente, al ideal de casa que desde la infancia comparto con Thoreau. Para qué reconstruir, rehabilitar y remodelar una casa que cuente con la capacidad de contener y albergar todo lo que tengo, cuando a esta edad lo más sensato habría sido más bien regalar lo regalable que poseo y quemar lo quemable que me pertenece para, ante la perspectiva de qué hacer con una casa heredada en necesidad de reconstrucción, rehabilitación y remodelación, con toda libertad responder simplemente que transformarla en la casa ideal, si no una cabaña en un bosque ante un lago en Concord, Massachusetts, sí un estudio en Chimalistac, Ciudad de México. Una habitación, una puerta, una ventana, una cama, una mesa, una silla, un foco, un hornillo, un clavo en la pared, un cuarto de baño mínimo. Al estar en una ciudad, después de todo, de por sí cuenta con luz, agua y gas. Thoreau, vegetariano, cocinaba sobre una fogata, se bañaba en el lago, y usaba el bosque y la tierra para otras necesidades.

Pero la imposibilidad de mantenerme fiel al sueño de la casa ideal no se debe únicamente a mi circunstancia feliz de ser una mujer casada y con familia con quien compartir la casa heredada, sino que también se debe a la invencible dificultad de quemar mis papeles para poder prescindir del espacio que ocupan. Pues cómo quemarlos cuando, para no contribuir a la contaminación, hoy día el mundo prohibe incluso encender la chimenea. La alternativa sería que el estado autorizara al escritor que lo necesitara el uso de un crematorio que consumiera sus papeles sin dejar huella.