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Caminata migrante

Tragedia en centroamérica

Miles de historias y un motivo común: huir de la pobreza y la violencia
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▲ Después de 25 jornadas desde que partieron de Honduras, los desplazados centromericanos se permitieron un día de relajación.Foto Alfredo Domínguez
 
Periódico La Jornada
Miércoles 7 de noviembre de 2018, p. 3

¿Motivo de la salida de su país? El aludido, hondureño de origen, aguarda unos segundos en silencio. Vestido con ropa raída, murmura, no sin pudor: Discriminación. La voluntaria que lo asesora en la gestión de solicitar asilo en Estados Unidos no abunda más, sólo procede a explicar el trámite.

Las motivaciones de los miles de centroamericanos que se han internado cientos de kilómetros en territorio nacional sólo divergen en los matices personales, pero recaen inevitablemente en la miseria y la endémica violencia que padece la región. Violaciones, asesinatos, extorsiones; en suma, la descarnada descomposición social que los expulsa de sus tierras.

Entre los múltiples puestos de atención médica, alimentaria, apoyo a infantes y orientación jurídica, la asesoría en materia de refugio o asilo en México o en Estados Unidos capta la atención de los migrantes, a quienes les despierta el interés y aun con recelo proporcionan información personal.

“Es importante tomar en cuenta que la ley de asilo en Estados Unidos sólo protege a las personas que vienen huyendo de la violencia en sus países y tienen miedo de regresar (…) No ofrece protección para quienes vienen huyendo de la pobreza”, enfatiza el texto que les entrega el Instituto para las Mujeres en la Migración con la finalidad de que estén informadas.

Bajo esa premisa buena parte de quienes integran las caravanas calificarían: la extorsión de los maras y las amenazas del crimen organizado son las principales causas del éxodo centroamericano.

Cecilia Espinosa, especialista del Instituto Mexicano de Psicología Especializada, una organización que ofrece atención a los migrantes, resume todos los males que justifican las causas de la masiva migración: La violencia se horizontaliza. Padecen violencia económica, violencia política y social. Escuchan las amenazas de que si cruzan la frontera los van a matar, padecen la xenofobia de la pobreza.

Noelia Correa, sicóloga uruguaya, en alusión a la cantidad de mujeres que integran la caravana, agrega: Setenta por ciento de ellas sufre agresiones en el trayecto. Muchas previenen violaciones ingiriendo anticonceptivos para tres meses, una bomba hormonal.

En suma, un conglomerado trágico de sinrazones que explica cómo en estos extensos galerones que gobierno y organizaciones han habilitado en la Ciudad Deportiva, deambulan tantos niños con rumbo desconocido, arrastrados por la desesperación de sus padres.

Dedicado a cultivar sandías y melones en Holancho, Honduras, José Alexis abandonó sus tierras cuando al menor signo de prosperidad, que era apenas superar los niveles de sobrevivencia, captó la atención de los maras.

Me pedían 5 mil lémpiras para dejarme trabajar, lamenta a manera de explicación de por qué huyó de su país.

Su obsesión es ahora llegar a Houston, donde estuvo hace años, para trabajar el bejuco y la palma. Es de los pocos entre miles de migrantes que tiene una idea cierta del destino que pretenden alcanzar. La mayoría tiene una vaga idea de internarse en Estados Unidos, país del cual sólo tienen nociones enigmáticas e inciertas.

Entre la prosperidad que asocian al sueño americano, las amenazas de Donald Trump y la realidad que padecen en su país parecen no tener más opción que asumir los riesgos.

Este martes fue un insólito día en su peregrinar hacia Estados Unidos. Casi nadie cae en la cuenta de que se jugaba buena parte del poder en el país del norte y la idea del supremacismo blanco y el racismo que pregona el presidente Donald Trump.

Maestra en la ciudad de Cobán, enclavada en la región indígena del departamento de Alta Verapaz en Guatemala, Abigail explica apesadumbrada su obligada e involuntaria incorporación a la caravana. Su salario como mentora no le alcanza para atender el tratamiento de su hija de tres años, que padece epilepsia, y su costo la rebasa.

En los días que llevan de andar errando, pocos como ayer. La solidaridad de organizaciones mexicanas y el inusual respaldo oficial hace que sus angustias no sean tantas.

La Cruz Roja proporciona llamadas telefónicas gratuitas, indispensables para no desconectarse de la familia en sus países.

Sin embargo, la demanda obliga a poner condiciones que asumen los migrantes: sólo dos intentos para entablar la comunicación. Si no hay respuesta, debe retirarse; si tiene éxito, sólo tiene dos minutos para hablar.

Para Antonio son insuficientes. Extorsionado por bandas criminales, mandó por delante a su esposa y su hija, pero sólo sabe que los agarró la migra mexicana en Nogales, Sonora. Pero obtener información de su estatus es algo que le lleva más de dos minutos.

A unos metros, dos grandes filas, divididas por sexos, esperan la distribución de ropa usada. Difícil preservar el orden cuando comienza la entrega ante la ansiedad de quienes buscan obtener un suéter, un pantalón, una blusa.

¡Sólo una prenda!, claman los organizadores para impedir el caos, ante quienes se arremolinan por alcanzar aunque sea una.

Por ahora, la Magdalena Mixhuca está convertida en romería. Cada quien con sus necesidades y sus realidades.

Como pregonando en el desierto, un hondureño vocifera para justificar el fenómeno: Venimos de un proceso de erradicación forzada y salimos huyendo hasta aquí, territorio que los mexicanos dicen que también es nuestro.

Luego apela a la historia: Recuerden que la Nueva España abarcaba desde Costa Rica hasta Wyoming, Utah y Colorado.

Ciudad de México es una escala en el camino de retorno a la tierra de los ancestros.