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El 68 a medio siglo

Entrevista a investigadora de la UNAM

El mito del 68 condujo a la despolitización

A los jóvenes de hoy les llega una versión rosa y deslactosada del movimiento, sostiene

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▲ Durante la revuelta estudiantil de 1968.Foto archivo del IPN
Arturo Sánchez Jiménez
 
Periódico La Jornada
Miércoles 10 de octubre de 2018, p. 18

La palabra mito puede hacer mucho ruido cuando se habla del movimiento estudiantil de 1968, considera la investigadora Denisse Cejudo, quien imparte historia de las revueltas estudiantiles del siglo XX en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Pero en la memoria colectiva y la narrativa histórica del 68 hay mitos, pues se le presenta como una rebelión redonda, que marca un antes y un después en la historia del país y es el origen de la participación de los jóvenes en la vida nacional. ¿De verdad fue así, fue tan perfecto?, cuestiona.

Nacida en 1982 en Sonora, Cejudo pertenece a una generación de investigadores que no vivió el 68. Es doctora en historia moderna y contemporánea por el Instituto Mora, becaria posdoctoral en el Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación y profesora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, estos últimos de la UNAM.

“Existe la idea –dice en entrevista– de que los únicos estudiantes que aparecen en la historia de México son los del 68 y acaparan las narraciones, los libros y las propuestas de investigación. Mi hipótesis es que en la memoria colectiva y en los libros de historia existe la idea de que el 68 es el eje del siglo XX mexicano, que el movimiento estudiantil es lo que permite que se articulen la política y la democracia mexicanas. Esa es la narrativa maestra que conocemos y lo que se ha repetido y construido por académicos, burócratas y políticos que vivieron el 68 y escribieron sobre él.”

En la academia, entre los activistas y otros sectores, considera, hay quienes reflexionan si lo que ocurrió en el 68 fue tan redondo, con un movimiento estudiantil que lo cambió todo, con su consejo de huelga, una organización masiva y el apoyo total de la sociedad: Volteemos a ver al presente y veamos si así son hoy los movimientos estudiantiles.

Revisar el pasado, sigue, no significa querer negar el 68 ni deslegitimarlo, pero sí repensarlo, historiarlo, humanizarlo, porque tendemos a construir un mito perfecto y redondo de él. Y hablar de mitos, puntualiza, no es hablar de algo malo por definición, pues éstos nos ayudan a construirnos y reconstruirnos como individuos y sociedad.

Una mirada reflexiva al 68 muestra que no todo cambió por el movimiento, no todos los estudiantes pensaban lo mismo sobre el momento que vivían y no toda la sociedad les dio su apoyo; que hubo movimientos estudiantiles anteriores y en paralelo al de ese año en la ciudad de México, pero sin relación directa con él.

Para la investigadora no hay duda de que en los 60 hubo cambios en la sociedad mexicana, como apertura sexual y cultural, “pero no podemos pensar que esto se inició con el movimiento estudiantil. Tenemos que entender la época, el contexto de ‘los largos años 60’ –que van de finales de los 50 hasta el fin del siguiente decenio–, pues la apertura a nuevas tendencias culturales fue previa al movimiento”.

Considera que las transformaciones no se debieron a un espíritu de la época, sino a cambios materiales, como que en el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz –a quien califica de autoritario– fue posible importar discos del extranjero, lo que permitió que los hijos de la posguerra en México escucharan música en inglés. No negamos la importancia social y política del 68, pero hay que pensarlo enmarcado en un proceso.

La capacidad de los jóvenes del 68 de articular de manera pacífica una movilización de alcance nacional fue una de sus innegables aportaciones y logros. Fue una de las únicas veces que se ha conseguido la articulación a lo largo del país de un montón de organizaciones, con muy distintos objetivos, con tendencias ideológicas diferentes.

Otro de los hitos del movimiento, derivado de lo anterior, fue conseguir que la heterogeneidad de posiciones acordara un pliego petitorio que reunió sólo las cuestiones en las que todos estaban de acuerdo, algo que los movimientos sociales no han conseguido 50 años después. Lograron un pliego petitorio con demandas que se podían negociar y cumplir, y esta es una de las grandes enseñanzas del movimiento del 68.

En la masacre de Tlatelolco, considera, se vio la máxima expresión del autoritarismo, con la violencia brutal del Estado. Pero la movilización del 68 no fue sólo el 2 de octubre, como a veces se recuerda. Fueron meses de trabajo, una organización impresionante. El problema está en cómo recordamos ese día, en cómo lo investigamos. Hay muchísimos rumores, pero no tenemos información.

Cejudo advierte sobre una de las consecuencias negativas de mitificar al movimiento de 1968 como una organización estudiantil perfecta que rompió el siglo: la despolitización. A los jóvenes les está llegando una versión rosa y deslactosada del movimiento, una memoria sin política, en la que se presenta a los estudiantes como soñadores que sí quisieron cambiar las cosas. Esta memoria ha sido institucionalizada y lleva a que, como según el mito la democracia cuajó tras el movimiento, hoy podemos desentendernos de construirla. Creo que esto ha permeado mucho y se reniega de otras formas de hacer movimientos estudiantiles, distintas a la que hubo en el 68.

La idea de que hoy los estudiantes ya no necesitan hacer política se ha construido en estos 50 años, afirma. “Nos han dicho que el movimiento surgió espontáneamente: aparecieron, se juntaron, salieron a la calle y fueron a luchar por la democracia. O sea, ¿no leyeron antes La democracia en México, de Pablo González Casanova; no tuvieron discusiones internas sobre el comunismo, la revolución cubana; no hubo un momento de producción del movimiento estudiantil?”

Ahora se piensa que si tenemos ganas de cambiar algo basta con salir a la calle para conseguirlo, plantea. Es ridículo, pero esto se ve en la organización estudiantil de hoy, una despolitización tremenda. Y no es el movimiento del 68 lo que perjudica a los estudiantes actuales, sino esa memoria mítica y despolitizada que hay de él.