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La noche de Tlatelolco y el dolor en el país van de la mano: Poniatowska

‘‘El cambio de hoy está ligado al 68’’, define en charla con La Jornada

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▲ La periodista y escritora Elena Poniatowska, en la sede de su fundación, el pasado junio.Foto María Luisa Severiano
 
Periódico La Jornada
Martes 2 de octubre de 2018, p. 4

El de 1968 fue un año clave del México contemporáneo. La sociedad civil se organiza contra un gobierno autoritario y no lo hace a partir de un sector como ocurrió con los ferrocarrileros y médicos, sino con un gran número de alumnos universitarios y politécnicos de todo el país, de centros de enseñanza públicos y privados cuya causa fue arropada por las familias de los estudiantes y también por obreros, maestros y no pocos artistas e intelectuales.

Ese año marcó el inicio de la sociedad civil organizada, la defensa de los derechos humanos y el comienzo de la caída del entonces inamovible partido cuya estrepitosa derrota acabamos de presenciar en las pasadas elecciones.

La periodista y escritora Elena Poniatowska (París, 1932) fijó de manera indeleble esos días trágicos cuyas ondas expansivas nos alcanzan. En entrevista con La Jornada, habla de los 50 años del 68.

–¿Por qué decidió hacer un libro sobre el 68? Acababa de parir a Felipe. La ciudad era peligrosa.

–Me conmovieron los estudiantes, me llegó muchísimo. Me dolió. Estaba encerrada en casa, Felipe acababa de nacer el 4 de junio. Lo amamantaba como hacen todas las mamás cuando tienen bebé. La noche del 2 de octubre me llamó a mi casa una mujer fuertísima casi llorando, María Alicia Martínez Medrano, quien más tarde fundó el teatro campesino. Me dijo: ‘‘Elena, no sabes lo que está sucediendo. En Tlatelolco están perforadas las puertas por ametralladora. Es una situación horrible la que se vivió en la Plaza de las Tres Culturas. Hay balazos por todas partes. Está destrozado el jardín del Santo Santiago’’. Otra mujer a la que nunca se menciona, Margarita García Flores, que entonces era directora de la Gaceta Universitaria, íntima amiga de Monsiváis y una tipaza, me dijo lo mismo.

–¿Cuándo fue a la Plaza de las Tres Culturas?

–Fui muy de mañana, al día siguiente. Debe haber sido como a las seis de la mañana, estaba clareando. Y fui temprano para darme tiempo entre una amamantada y la otra. Vi tanques que estaban en la plaza y señoras con cubetas haciendo fila para tener agua. Empecé a caminar abajo de los pasillos del puente donde había varios negocios y todo estaba hecho pedazos. Los vidrios, las puertas. Vi los agujeros de las balas en los elevadores. Era un espectáculo de después de la batalla.

‘‘Yolanda Cruz vivía en Tlatelolco y tuvo que irse a vivir a otra parte porque balas de grueso calibre habían hecho unos agujeros inmensos en el techo de su departamento.

‘‘Era un espectáculo tristísimo, así como de cenizas. Cuando regresé Martínez Medrano y García Flores me dijeron que si podía ir al Campo Militar número Uno. Fui, pero no me dejaron entrar. Apenas podíamos ver por una rendija.

‘‘Alguien que también me influyó mucho esos días fue la mamá del Búho, Eduardo Valle. Me hablaba en la noche y lo que me decía me conmovía. Por ejemplo: ‘le quitaron sus anteojos y él sin sus anteojos no ve nada; es una tragedia’. Ella me habló durante mucho tiempo, creo que hasta que se publicó el libro.

‘‘Empecé a recoger y recoger testimonios que me rechazaban uno tras otro en Novedades. También fui al hospital francés en Niños Héroes a ver a Oriana Fallaci. Tengo hasta una foto con ella que estaba en silla de ruedas, muy indignada. Decía que nunca había visto como corresponsal de guerra que se disparara contra una multitud.’’

–Insisto: tenía al recién nacido Felipe.

–Decía: esto se tiene que remediar. No le puede tocar esto a Felipe, a mis hijos, a Jean, mi hermano, quien murió el 9 de diciembre en un accidente de automóvil. A Jean le volaron la mitad de la cara. Mi mamá nunca pudo verlo. Mi papá lo vistió con su uniforme de guerra, con sus condecoraciones, pero en la cara tenía un pañuelo blanco...

‘‘Seguía trabajando en las crónicas y entrevistas. Como no podía grabar, entraba a la cárcel sin nada; trabajaba los textos en la noche. Los abogados me mandaban materiales. Raúl Álvarez Garín desapareció muchos días y diario aparecía el letrero: ‘Ha pasado tal día y no tenemos noticias de nuestro hijo’, como después se hizo con Alaíde Foppa. Para mí fue una época de mucho dolor. Veía a Felipe, que era un bebé precioso, redondito redondito y muy alegre, y me ponía a pensar que los jóvenes que había visto en la plaza habían sido niños como mi hijo... Me pegó mucho.

–Sólo escribía sobre el movimiento estudiantil.

–Hice un editorial en favor del Tibio Muñoz porque era gran nadador y ganó la medalla de oro en las Olimpiadas, y Monsiváis se enojó mucho. Me decía que cómo era posible que escribiera sobre eso cuando se daba la persecución contra los estudiantes. Hubo muchas sorpresas. Recuerdo que un atleta negro dijo al ser condecorado que ninguna olimpiada valía la pena por la muerte de un solo estudiante.

Respuesta de un loco

–La respuesta contra el movimiento estudiantil fue brutal, ¿no le parece? Sus demandas eran justas y nada del otro mundo.

–Fue brutal, fue la respuesta de un loco. Es como si Carolina, tu hija, te desobedeciera y por respuesta le rompieras una silla en la cabeza.

‘‘A Díaz Ordaz le molestaba todo lo que le decían: ‘hocicón, sal al balcón’, pero lo que más le molestó, me parece, fue lo de la mano tendida porque los estudiantes le decían ‘háganle la prueba de la parafina’. Se enojó mucho. Y es cierto que los estudiantes hacían desmanes, quemaban autobuses, pero la respuesta fue brutal.’’

–¿Ya pensaba hacer un libro con las crónicas?

–Quise mucho a Neus Espresate, quien ya me había publicado Hasta no verte Jesus mío. Un día vino a mi casa a comer. Yo tenía una mesa de madera muy grandota que era copia de una de Luis Barragán y que había hecho el mismo carpintero y allí tenía montones de papeles de lo que me había rechazado Novedades. La entrevista con Oriana y muchas cosas. Me decían ‘‘esto no entra, esto no entra, esto no entra’’. En ese entonces no veía mucho a Monsi. Empecé a verlo más cuando el temblor del 85.

–Monsiváis inició en el 68 su columna Por mi madre bohemios, de crítica muy dura basada en frases de los funcionarios. También publicó una carta, junto con Fernando Benítez y Vicente Rojo...

–De apoyo a la renuncia de Octavio Paz a la embajada en India. Eso estuvo muy bien. Octavio hizo después el prólogo a la edición en inglés de La noche de Tlatelolco y luego amplió hasta convertirla en Posdata.

–A 50 años del 68, ¿cree que valió la pena tanto sacrificio?

–Ahora hay un cambio extraordinario, el de Lopez Obrador, y está ligado al 68. Se fue adquiriendo conciencia de temas como ganar la calle. Los jóvenes de entonces dijeron: esta ciudad es nuestra, estas calles, estas aceras. Nosotros podemos caminar por las calles.

–Si el 68 fue importante para usted, también lo fue para otros, como Luis González de Alba. Hablé con él unos meses antes de que se diera un tiro.

–¿Qué te dijo?

–Que sin ese año habría terminado como un maestrito dando clases o encerrado en un consultorio dando terapias. Me dijo que el 68 lo hizo ser.

–Estoy segura.

–La atacó fuerte.

–Soy la atacada y debo aclarar: él dice que fui embarazada y nunca fui así, que iba con Neus Espresate y ella nunca fue. Dice un montón de falsedades de las que me acusa.

–Sus desacuerdos, que se tardó 30 años en hacerlos públicos, a veces rayan en la tontería. Que usted puso buti y no muchos o al revés, da igual. Pese a todo fue cercano a usted un tiempo...

–Nunca. Eso también lo inventó. Fue cercano a La China Mendoza. Después del 68 me invitó a su departamento porque hacía buenísimas ensaladas, me pareció un gimnasio; había aparatos para hacer ejercicio. Le importaba mucho su condición física. Si después lo vi una o dos veces fue mucho. Lo vi en la cárcel y había relación cordial, pero nunca como él dijo de que era su gran amiga. Nunca sentí eso.

–¿Por qué cree que se enfureció contra usted después de 30 años?

–Para alguien que estuvo en la cárcel que una periodista haga un libro y se venda más que el suyo debe haberlo molestado. Y la razón por la que se vendía más La noche de Tlateolco es porque recogía las voces de todos.

–Y por la construcción literaria.

–Mi crimen fue hacer un libro por puro dolor, por lo que estaba sucediendo, fomentado por el dolor de la muerte de Jean, mi único hermano, quien murió a los 21 años. El último artículo que escribió González de Alba fue para decir que mi hermano era homosexual. Eso es muy chistoso porque atacaba lo que él mismo fue. Se autodestruye.