Opinión
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Paradojas del voto en el exterior
Jorge Durand
L

a participación de los mexicanos residentes en el exterior en los comicios presidenciales tienen un comportamiento, que podríamos considerar paradójico. Aumenta considerablemente el número de inscritos y de votantes en cada elección y, curiosamente, disminuye el porcentaje de participación.

En otras palabras, el número de ciudadanos que se inscribe en la lista nominal para votar va in crecendo, de 40 mil en 2006; a 59 mil en 2012, y a 180 mil en 2018. Un incremento que se podría considerar exponencial. También crece el número de votantes, que pasa de 32 mil en 2006; a 40 mil en 2012, y 98 mil en 2018. Lo que para muchos significó un verdadero éxito, más que se duplicó la votación, dirían algunos consejeros del INE.

En efecto, se duplicó. Sin embargo, lo que hay que analizar es la relación entre los inscritos en la lista nominal que se supone tenían intención manifiesta de votar y los sufragios que finalmente hubo y fueron efectivos a la hora del conteo. Y, curiosamente, el porcentaje de participación baja sensiblemente: en 2006 fue de 79.8 por ciento, en 2012, de 68.8 y en 2018, de 54.3 por ciento.

De este resultado no se habla, lo que es lamentable, porque se perdió en el espacio sideral, o en el bendito voto postal, a 45 por ciento de los posibles votantes que tenían credencial y se habían inscrito y cumplido con buena parte del trámite.

Peor aún, los legisladores finalmente permitieron la credencialización de los mexicanos en el exterior, en los consulados y se logró que cerca de 650 mil pudieran obtener o renovar su credencial en el año y medio de plazo que les dieron (venció el 31 de marzo). Todo un éxito según esto. Pero lo que hay que considerar es que existen unos 9 o 10 millones de mexicanos mayores de edad que tienen derecho a votar y sólo pudo tener su credencial en el extranjero 6 por ciento.

Obviamente, hay otra parte de mexicanos que tenía su credencial vigente y pudo registrarse y votar. Pero no hay información oficial sobre la estimación, que tendría que haberse hecho, de cuántos documentos vigentes habían en 2016, cuando empezó la credencialización en los consulados, para sumarlas a las nuevas que se expidieron por medio de éstos.

Lo que sabemos, a partir de una encuesta representativa realizada por el Centro de Investigación y Docencia Económicas antes de las elecciones de 2012, es que había 3.5 millones de credenciales, de las cuales 51 por ciento eran 03, es decir, estaban vencidas, pero en esa ocasión tuvieron la oportunidad de votar por generosa decisión de los legisladores.

Muy posiblemente la credencialización en el exterior haya sido determinante para el aumento sustancial de votos en 2018. Un procedimiento que hay que impulsar y difundir entre los mexicanos residentes en el exterior. Este es un proceso normal y cotidiano en la mayoría de los países del mundo, donde se expiden documentos de identidad a sus ciudadanos en el extranjero de manera permanente. Todos los mexicanos deberían tener su credencial a los 18 años incluidos los que residen en el extranjero. Es inconcebible que cientos de miles de mexicanos, los Dreamers, ni siquiera supieran que eran mexicanos, menos aún que tenían que tramitar su credencial.

No obstante, si prosigue la expedición de credenciales del INE en los consulados uno se pregunta ¿qué pasa con la expedición de matrículas consulares?, que no sirven para votar, ni para identificarse en México, sólo sirven como identificación para migrantes en situación irregular y cada vez es menos efectiva en la administración Trump. En cambio la credencial del INE sí puede servir como identificación, la aceptan en los bancos y en muchos lugares. Es lo que se llama una Photo ID, una identificación con fotografía, que ya tiene año de nacimiento y caducidad. Se podrían hacer acuerdos para que se reconozca como identificación oficial, de hecho ya lo es. Pero se podrían renovar los convenios que ya existen para la matrícula consular.

Y ya que estamos en el sexenio de la austeridad, ésta sería una manera de ahorrar costos, evitar duplicaciones y eficientar el gasto. Con la ventaja de que esa credencial también sirve en México y los deportados o retornados no tuvieran que pasar por el periplo y la vergüenza de ser indocumentados en su propio país.

Pero queda pendiente el segundo punto. La causa directa de la baja participación, de apenas la mitad de los que se inscribieron en la lista nominal, es el voto postal. Un método muy querido y apreciado por los legisladores, que en tres ocasiones lo han considerado como el más adecuado, a pesar de todas las opiniones en contra de los votantes y los expertos en la materia.

El voto postal es un sistema anticuado, costoso e ineficiente. Pero seguro contra fraudes cibernéticos, sospechosismos, desconfianzas partidistas y participaciones masivas.

Un pendiente más para la nueva legislatura, que tendría que responder a 65 por ciento del electorado residente en el exterior que votó por AMLO.