Opinión
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Infancia y sociedad

Antígonas mexicanas

Andrea Bárcena
E

llas saben que perdonar y olvidar es hacer morir aún más a sus muertos: a sus hermanos, a sus hijas, a sus compañeros.

La ambigua guerra contra el narco ha llenado el territorio mexicano de muertos anónimos y cadáveres insepultos, y a sus madres y sus mujeres se les quiere –como a Antígona– enterrar vivas en su existencia de ausencias fantasmales y resignación imposible, frente a un sistema de justicia corrupto y perverso.

Bien afirmaba la filósofa María Zambrano que la historia de Antígona tiene la virtud de ser un eje cristalino en torno al cual siguen girando los conflictos de los occidentales. De la amplia nómina de versiones de esa obra de Sófocles, George Steiner escribió que nunca se ha elaborado un catálogo completo del tema de Antígona... En los últimos doce años de gobiernos malhechores, México ha escrito con demasiada sangre y dolor su propia versión de Antígona, la que no perdona, la que no olvida, la que estuvo dispuesta a pagar con su vida el dar sepultura a su amado hermano Polinices, aunque el rey de Tebas lo hubiera prohibido.

Antígona argumenta en su defensa la inviolabilidad de las leyes divinas, las cuales cimientan el sentido del individuo en comunidad; porque la validez de tales leyes está por encima de las leyes de los hombres…

El personaje Antígona no ha dejado de interesar en toda época porque, como destaca Steiner, el mito de Antígona es el caso más extremo y extraordinario de permanencia y reiteración de un tema que condensa cinco conflictos fundamentales para las situaciones dramáticas, ya que en el enfrentamiento entre sujeto y poder –Antígona y el rey Creonte–están presentes los conflictos entre hombres y mujeres, entre vejez y juventud, entre la sociedad y el individuo, entre seres humanos y la divinidad y entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Así que serán quizá las Antígonas mexicanas –y no un decreto ni una Constitución– las que impongan un nuevo orden moral en nuestra lastimada sociedad. Porque hay que tener muy claro, ante más de 200 mil muertos y 50 mil desaparecidos, que la corrupción sólo puede vencerse si se logra acabar con la impunidad.

Ni perdón, ni olvido.