Opinión
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Mar de Historias

Hojas de ayer

Cristina Pacheco
D

e todos los ejercicios, el que más les gusta a nuestros huéspedes es recordar sus días de escuela. Llevamos años con esa terapia y los resultados han sido positivos para ellos y aleccionadores para nosotros, ya que sus respuestas nos permiten conocerlos mejor.

El programa consta de dos partes. En la primera les presentamos un cuestionario con preguntas sencillas. Básicamente les pedimos su fecha de nacimiento; los nombres de sus padres y abuelos, el de sus escuelas y maestros, el de sus mejores amigos de infancia y juventud, cuáles son las fechas más significativas para ellos y por qué. En este último tema a veces su respuesta denotan rencores, animadversiones y secretos.

Todo lo responden con naturalidad, sin rodeos, como haría un niño. De hecho nuestros huéspedes lo parecen mientras están inclinados sobre la mesa, con los lentes balanceándose en la punta de su nariz, esforzándose en una caligrafía tan incierta como la que debieron tener en sus primeros años de escuela.

II

La segunda parte del ejercicio es más libre y personal. Esa práctica gira en torno a sus experiencias en la escuela, si iban solos o en compañía de un hermano mayor o un vecino solidario y si llevaban algún bocadillo preparado en casa para comerlo a la hora del recreo. Siempre mencionan los sabores: recuerdos, añoranzas.

Los emociona y divierte mucho describir los ensayos de los festivales escolares. En ese punto abandonan el lápiz y el papel y se expresan de viva voz. Unos hacen descripciones muy esquemáticas; otros, como Delfina, sacan a la luz detalles que son como las facciones de otro tiempo. Ayer ella nos dijo que los compañeros que iban a participar en el festival con una recitación, ensayaban en su casa –por consejo de la maestra Celeste– de preferencia ante un espejo para no incurrir en el vicio de los malos declamadores: exceso de aspavientos.

El otro grupo, el de los bailarines, era el más apreciado y gozaba de ciertos privilegios. A media mañana salían del aula rumbo al auditorio: una vieja cochera equipada con una cortina azul por telón, luces adicionales, un pésimo equipo de sonido e hileras de sillas plegables para comodidad de un público integrado por familiares, vecinos, amigos o algún viandante atraído por la música y los aplausos. Cuando los espectadores escaseaban los maestros iban a ocupar las sillas vacías para que los niños no se desanimaran.

Durante los ensayos sucedían cosas que escapaban a la vigilancia de la maestra Celeste. Aprovechando la proximidad que permite el baile, los niños entregaban a sus parejas mensajes amorosos casi siempre limitados a una sola frase: ¿Quieres ser mi novia? Según nos contó Delfina, la pretendida respondía con gestos que significaban rechazo o aceptación. Esta se confirmaba cuando, a la salida de la escuela, la novia permitía que su pretendiente le cargara los útiles.

Delfina terminó su relato lamentando que esas costumbres se hayan perdido y que las cosas ahora sean tan diferentes. Lo sabe por lo que escucha y mira a través de la ventana de su cuarto que da a la calle. Para evitarse los disgustos causados por su indiscreción, pide cambio de cuarto, pero enseguida se arrepiente. ¿Qué sería de ella sin el espectáculo que le brinda la calle?

Concluido el ensayo, los bailarines regresaban al salón y, para despertar la envidia y el deslumbramiento de sus compañeros, insistían en la dificultad de los pases y giros propios de un vals, de un son o de un jarabe.

III

Escuchar o leer esos testimonios es muy conmovedor y en ocasiones triste: salen a relucir situaciones que un niño no puede comprender, pero le dejaron una sensación de abandono que lo ha acompañado a lo largo de su vida y lo lastima con la misma intensidad de antaño. Lo prueban las páginas donde Evita Soria se refiere a la experiencia que tuvo cuando era alumna en el tercero D:

“Desde que entré a la escuela tenía mucha ilusión de que me eligieran para salir en algún bailable. Nunca me seleccionaban, creo que debido a mi defecto en el pie izquierdo. En secreto pienso que mi madre, aunque con tristeza, agradecía mi exclusión: le evitaba el gasto, para ella gravoso, de comprarme un vestido largo y los indispensables accesorios.

“Al fin, cuando estaba en tercer año, me eligieron para salir bailando un vals precioso: Club Verde. En cuanto llegué a la casa, feliz, le di la noticia a mi madre. Su permanente gesto de preocupación se acentuó pese a su esfuerzo por sonreírme.

“A la mañana siguiente, en cuanto llegamos a la escuela, habló con mi maestra Sarita y le dijo que, a causa de nuestra mala situación económica, prefería que yo no participara en el festival. Con lo que ganaba como encargada de un expendio de tractolina, le era imposible hacer gastos adicionales. Mi maestra notó mi desencanto y decidió hacer una colecta entre mis compañeros para comprar mi vestido.

“Recuerdo que mi madre y yo pasamos todo un sábado recorriendo las tiendas del Centro hasta que encontró la popelina estampada con que ella iba a confeccionar mi traje. Nuestro cuarto se llenó con el olor de la tela nueva, el ruido de la máquina Singer y nuestras risas.

“La maestra Sara decidió ponerme en la primera línea de bailarines. En esa posición podría lucirme y ver hacia el público. Mi madre, pese a sus promesas, no formó parte de él. Mi decepción fue tan grande que no puedo describirla. Cuando regresé a la casa –dos cuartitos encima del expendio– mi madre se deshizo en disculpas y explicaciones, juró que la próxima vez... La oí en silencio, desdeñosa y cuando intentó abrazarme hui a mi cuarto sin aceptar su caricia. Hasta la fecha me duele aquel rechazo.”

Ps: Por las mañanas, cuando salgo de mi casa al trabajo, veo en la calle a niños que van con sus madres rumbo a la escuela. Sin poder evitarlo caigo en la tentación de imaginar su futuro más lejano. Entonces me pregunto cuántos de ellos escribirán en la última etapa de su vida, como terapia, el recuerdo de sus días de escuela: hojas de ayer.