Opinión
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Philip Roth: del éxodo al retorno
Maciek Wisniewski*/II y última
E

l bizarro “éxodo a re bours” –el abandono de Israel y el retorno de los judíos a sus pueblos de origen en Europa– la figura central de Operación Shylock (1993) y la igualmente ficticia doctrina del diasporismo pregonado por el falso Philip Roth, un doppelgänger del carácter principal de la novela que, al final, trata de detener a su doble asumiendo su falsa identidad e involucrándose en una misión de la inteligencia israelí ( vide: el título) –al parecer Roth, el autor, no perdía ninguna ocasión para complicar y apilar aún más la trama...– no eran las únicas razones por el escándalo que en su tiempo desató el novelista estadunidense. También importaba como hablaba de todo esto. Igual que el retrato del movimiento de los colonos judíos en Cisjordania, un breve motivo en La contravida (1986), el retrato de los métodos del Mosad en Operación... eran claramente más del gusto de los críticos de la ocupación que de sus defensores.

Y no era todo. Roth, el verdadero, en la novela venía a observar al sonado proceso de John Demjanjuk, en Jerusalén, pero iba también a Ramallah para ver como la corte militar israelí trataba despiadadamente a los jóvenes palestinos: Mi segunda sala de la corte judía en dos días. Los jueces judíos. Las leyes judías. Las banderas judías. Y los acusados no-judíos. Las cortes tal como los judíos se las imaginaban en sus sueños por siglos, respondiendo a las añoranzas incluso más inimaginables que las de tener un Estado o el ejército propio. ¡Alguna vez determinar la justicia! (p. 140). Poner en el mismo nivel el juicio de un criminal nazi y el de unos chicos acusados de tirar piedras a los militares fuertemente armados era un cuestionamiento en sí mismo (¿de veras se trataba de este tipo de justicia?).

Pero para que no todo fuera tan simple –al parecer Roth, el autor, tenía una aversión a lo simple...– la figura de Ziad, el principal protagonista palestino en Operación... dejaba mucho que desear. Relegado a una condición de subalterno, representaba todo lo negativo: fanatismo, fundamentalismo y antisemitismo. Su visión del conflicto árabe-israelí –los palestinos en la novela abrazan el diasporismo del falso Roth como una vía para obtener finalmente su propio Estado– se inscribía perfectamente en la visión colonial y occidental de lo que han de pensar los palestinos de todo esto. Su política quedaba reducida a los histéricos reproches de como Israel –en contexto del proceso de Demjanjuk– usaba y abusaba la memoria el Holocausto. No es que no sea cierto (Finkelstein, et al.). Pero la perspectiva palestina es mucho más que esto.

Allí está precisamente la cuestión del retorno el motivo central en la novela, pero del lado palestino injustamente poco desarrollado. El ficticio e iconoclasta retorno de los judíos a Europa a cuya sola mención a los sionistas les hervía la sangre en las venas parecía bien como una crítica (indirecta). Pero la triste realidad del conflicto israelí-palestino que igual puede ser plasmado en una flagrante asimetría entre la Ley de retorno (1950) que garantiza a cada judío libre retorno a Israel y la permanente negación del derecho a retornar a los refugiados palestinos echados de sus casas por las milicias sionistas en 1948 (la fundación de Israel/la Nakba) garantizado por la ONU (Resolución 194), pero ampliamente ignorado, ya es otra cosa.

El derecho al retorno sigue siendo una de las centrales demandas de los palestinos, no porque estos creen que Israel de un día para mañana aceptará de vuelta a millones de los refugiados y/o sus descendientes, sino por la necesidad del reconocimiento que una expulsión tuvo lugar y que un mal ha sido cometido.

Edward W. Said (1935-2003), el eminente académico palestino que se oponía a los acuerdos de paz de Oslo (1993) porque justamente ignoraban en sus ojos a la suerte de los refugiados, recordaba: La guerra de 1948 fue una guerra de desposesión. Lo que tuvo lugar fue la destrucción de la sociedad palestina, el remplazamiento de ella por otra y la evicción de los que fueron considerados no-deseados.

Y continuaba: Israel tiene que reconocer el problema de los refugiados. Y creo que los refugiados deben tener el derecho a retornar. No sé cuántos realmente querrán retornar, pero creo que han de tener este derecho. Yo [como palestino] tengo el derecho a retornar igual que mi colega judío tiene el derecho a esto bajo la Ley de retorno israelí ( Haaretz, 18/8/00).

La Primera Intifada, el telón de fondo de Operación..., un movimiento de masas y sin líderes que estalló por la ocupación militar israelí fue, según Said, una de las más extraordinarias insurrecciones anticoloniales de toda la historia ( The politics of disposession, 1994, p. 137). La reciente Gran Marcha del Retorno en Gaza una extraordinaria iniciativa pacífica resucitó este espíritu anticolonial combinándolo a la vez con la central e inalienable demanda palestina: el derecho de retornar de los expulsados a sus casas.

*Periodista polaco