16 de junio de 2018     Número 129

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada


Reina y mariposa. FOTOS: Cortesía de Lukas Avendaño

Virgen Púrpura

Lukas Avendaño [email protected]

Cariño se quedó mirando la piña que mostraba las cabezas doradas convexas y el ojo que adivinaba que eran expansivas, Cariño no parpadeó e intentaba mantener el humor que le caracterizaba.

- ¿La pólvora?

-Sí, ¡la pólvora!

-¿Te refieres a la cocaína?

-No, ¡a esto!

Y extendió el brazo hasta casi tocar con el cañón la cabeza de Cariño, mientras mostraba un rostro desencajado, muy diferente al que conociera hace recién 20 minutos antes cuando se encontró con él en el puente del fierro, este que fue construido para que el ferrocarril cruce el río de Tehuantepec.

El encuentro no era nada extra cotidiano para Cariño, que habitualmente había hecho de ese lugar su lugar, durante muchos años en su ruta pedestre, y siempre se sentía cómoda de encontrar a pastores con sus rebaños, pescadores de largos arpones caseros improvisados con 1.20 cm de alambrón que eran enderezados a fuerza de martillazos y la punta con el esmeril para atravesar mojarras.


La que nació Reina, Reina se queda.

Los cribadores de grava ya eran parte del paisaje, así también los adolescentes que se escapaban para bañar a la vez que era su oportunidad de intimar y agregar a sus jóvenes cuerpos dosis de Resistol amarillo, y así pegar su fragmentación de la realidad que se les iba en pedazos. Este fue el preámbulo cuando Cariño inició la conversación:

- ¿Pescando?

- ¡No, solo salimos a cotorrear!

- ¡Hora…! una buena fecha para cotorrear.

- Sí, 14 de febrero.

-Día del amor y la amistad –arremató Cariño, mientras se dibujaba una sonrisa en los delgados labios de su interlocutor…

- ¡Qué! ¿te vas a bañar, mojarrita?

- ¡No!, no soy una mojarra -mientras Cariño se soltaba el cabello- soy una Sirena… -mientras  su interlocutor se sentaba a su lado y la incitaba a meterse al agua. - Sola me da miedo dijo, podemos hacerlo juntos agarrados de la mano para que este 14 de febrero sea un día inolvidable.

- ¡Inolvidable! – afirmo él-

Cariño sintió como su corazón se empezó a acelerar, ella estaba acostumbrada a trabajar y vivir bajo presión, incluso había declarado que le gustaban las emociones fuertes, de ahí que a sí misma se reconociera como una “Auténtica Intrépida Buscadora del Peligro”, en realidad, sintió como en fracciones de segundo su cara le ardía… no era el sol de las dos de la tarde, ni los 40 grados centígrados que se registraban a la sombra… tampoco fue la proximidad de los cuerpos de los varones que se sentaron junto a ella como acorralándola.

Pero ya era tarde para darse la vuelta, sabía que no tenía otra opción, intento mantener la calma sin quitar la vista del revolver… Cariño tenía una profunda habilidad visual; todas las palabras escuchadas, las convertía en imágenes fuertes, que superaban la realidad, pero ahora se sentía rebasada, ¡desbordada!, ¡superada! Por eso, al momento en que la enunciación “¿Te gusta el olor a pólvora?” llegó a sus oídos, apareció en su cabeza la transformación de la escucha en una explosión con un reguero de pólvora impregnado en el espiral de su caracol, y dónde el yunque y el martillo aparecieron como una segunda y tercera explosión. Sabía que había llegado el día en que el martillo y la hoz serían remplazados.


Veri Interesting Human.

Cariño se estaba anticipando al acontecimiento, sólo pedía en su interior que el impacto de la bala fuera certero y le privara de la vida, no quería que su cuerpo tardara en ser reconocido, se dijo para sus adentros “sólo quiero que mi madre me encuentre linda para que su dolor no sea más grande.”

Después de la orden -¡quítate los tenis y metete al agua!-, la expresión fue seguida de un “Me caen mal los que son como tú”, de hecho, esto fue lo primero que sentenció a Cariño; sentía que no sólo estaba ante un delincuente juvenil, sino que por la saña de su expresión había una razón más que motivaba a este joven a encañonarla y mirarla de la manera en que lo hacía.

Cariño obedeció sin titubear, sin perder el humor y la amabilidad; incluso se dio el tiempo para decir:

 - Si te llevas mi teléfono, déjame mi chip.

-No te vas a quedar por un chip, ¿qué pasa si te meto un balazo?

-Ya fui…

Por la proximidad, Cariño sabía que él podría pedirle que abriera la boca en cualquier momento, y en ese momento jalar el gatillo; en ningún momento pasó por su cabeza la idea de desarmarlo, algo le decía que intentarlo sólo podría acortar su tiempo de vida. Por eso, se metió al río, no sintió el agua fría, es más, ni siquiera los caracoles que se enterraban en la planta de sus pies y hasta les sonrió, cualquier dolor parecía insignificante, sólo caminaba esperando la detonación… Cariño pensaba que entre más lejos estuviera de él más grande podría ser el margen de ser impactada mortalmente; pero tampoco dejaba de pensar en el orificio que presentaban las ojivas que ella asociaba con una boca de pescado… Sabía que eran expansivas y que podían hacer que le explotara el corazón, la cabeza y los pulmones.

Y hasta imaginó que después del primer impacto se sumergiría en el agua hasta tocar fondo, pues ya le habían dicho que cuando un cuerpo presenta perforaciones de arma blanca este ya no flota, así que sólo imaginaba intentar quedar boca arriba al fondo del agua para que las cristalinas aguas del río fungieran como un féretro de cristal y así poder ser vista por cualquiera que pasara sobre los durmientes del ferrocarril del puente de fierro; sólo que ella no podría despertar con un beso, ni siquiera los sapos la resucitarían, pero estaba decidida a dejar que sus cabellos los meciera la corriente para dar la impresión de que dormía y no de que su estado inerte era porque ya no respiraba.


Desde niña confió en que tendría brillo propio.

Cariño no sabe cuánto tiempo transcurrió desde que se internó en las corrientes de agua, pero estas ya le llegaban a la cintura cuando escuchó la detonación, ella se detuvo y volteó, mientras pudo ver por última vez como él seguía con la pistola en su mano y se daba la vuelta para abandonarla. Cariño siguió caminando hasta alcanzar la orilla y se sentó sobre una piedra mientras respiraba, sabía que tenía una segunda oportunidad, que su cuerpo no conocería las últimas remodelaciones del panteón municipal, y por eso regresó a casa cortando camino, internándose entre los pastos que le cortaban las piernas y sentía la tierra caliente y el sol que le daba de frente, pero estaba viva, y tenía otra oportunidad.

Esa otra oportunidad de vivir la hacía comportarse, a veces, de manera provocadora: ponerse una máscara de luchador y desnudarse para ser tocada por el gran molusco, habitante de las cavernas oscuras con luces de neón; abandonarse a que su cuerpo fuera ensalivado, y salía siempre de ahí victoriosa, pegajosa y apestosa por los alientos impregnados como esencias, pero sabiendo que había triunfado como todas las noches a su paso por la periferia de la ciudad, así que no dudó en sentarse en la mesa donde su interlocutor se puso los guantes de látex. Supo que le esperaba otro triunfo, una victoria con que coronar su cabeza… Siempre rezaba: “yo nunca me coronaré Reina mixe”, porque, se repetía desde que era niña, “la que nació Reina, Reina se queda”, contrariando aquello de “la mona, aunque se vista de seda”; ella era la Reina, su Reina y desde ahí inauguraba sus reinados era la Reina-Céntrica, y siempre pensaba que las cosas giraban alrededor de ella y no que la tierra era la que giraba alrededor del sol.

Por eso reprobó el tercer año de primaria, porque se opuso rotundamente a aceptar que era la tierra la que giraba al rededor del sol y que la luna era simplemente un satélite de la tierra. Ella decía “que los otros sean los que se muevan”, que sean los que se muevan alrededor de la luna, ¿por qué yo habría de ser un simple satélite lunar?, y por eso desde niña era Selene, la Selenita, y quizá por eso su primer dolor fue cuando anunciaron la muerte de Selena, su alter ego, su igual, provocadora e irreverente aventurera, pero confió en que podría tener brillo propio sin el reflejo del astro rey.

Así que cuando escuchó el “mira estás haciendo prueba del bicho”, se sonrió y dijo para sus adentros “bicho ustedes”, yo Reina avispa, Reina insecto, al final Reina… y así pincharon sus dedos y como lagrimas espesas o huevos de Reina fueron depositados en la celdilla morada, y vio cómo su huevecillo de Reina fue consumido por la celdilla mientras no dejaba de escuchar la explicación: “esta ya no es una enfermedad mortal”. No habían transcurrido 15 minutos, cuando nuevamente le pidió un dedo de la otra mano, sin antes explicarle el protocolo, fue ahí cuando esta insecto Reina empezó a sentir que su corona perdía estabilidad, de la misma forma en que su maestra de danza de la secundaria les dijo antes de un concurso: “mi nombre es Reina y por 20 años yo he ganado este concurso y no serán ustedes quienes harán que lo pierda”, así mismo Cariño Reina, Reina avispa, Reina insecto, se dijo: no serás tú quién me haga perder mi corona, y continuó con la “prueba de bichos.”

Y el tiempo se detuvo, y la noche parecía más espesa y el foco sólo adivinaba las manos que apretaban su dedo para hacerle brotar una lágrima de sangre, y cuando por fin lo obtuvo Cariño respiro profundo con el consuelo de que sólo las Reinas y vírgenes lloran sangre, y vinieron a su mente las historias de las santas coronadas que lloraban sangre en las iglesias católicas, y ella aunque corría a cerciorarse ¿si en verdad lloraban?, era en lo que menos se fijaba, pero si conspiraba en cómo robarle la corona a la virgen, pensaba que sería lindo un día postularse para ser la virgen de Guadalupe, todo eso, por el solo deseo de tener vestido de estrella, mantos brillosos y corona, pero se conformaba pensando que su única posibilidad sería ser el ángel que “La Lupe” pisa para no ensuciarse el vestido. De hecho, hoy confiesa Cariño que la única vez que se aliaría con el crimen organizado sería con los que se robaron la corona de la Virgen de la Soledad de Oaxaca y solo para tener una foto con la corona que la cautivó a sus 6 años cuando su abuela materna la acercó para que tocara el vestido de aquella virgen.


Bichos, ustedes. Yo, Reina avispa, Reina insecto, Reina.

Pero la noche no terminaba y como si las manecillas del reloj regresaran al mismo sitio, al fin se vio observada por el par de ojitos; antes de responder se talló los ojos como si quisiera despabilarse, como intentando quitarse el sueño, queriendo venir en sí tras la falta de azúcar y el desgaste devenido tras la batalla campal con el molusco de babosos tentáculos, como intentando recuperarse antes de enfrentarse al último round, o el round de las 12, y parecía que ahora la sangre le corría con más fulgor en cada marca de las ventosas que el octopus bulgaris le había provocado en el laberinto oscuro de sus cavidades; ahora en realidad se miraba con más heridas de las que pudiera haber imaginado que le costaría aquella lucha, con más hematomas, y se miró purpura del cuerpo, ahora sí había invocado el color de la santidad, del arrepentimiento, del dolor, el color de aquél vestido en terciopelo de semana santa en la que vestían a los niños para hacerle guardia al cristo del santo entierro, y que Cariño nunca pudo vestir por ser pobre.

Por fin había logrado el vestido purpura, un vestido devenido debajo de su piel que nadie podría quitarle y de la mano los estigmas, ahora podía ser Reina Virgen, Reina de los estigmas, la Reina Púrpura, por fin alcanzaba su anhelado deseo de tener un título nobiliario, porque ya habían existido la Reina Roja como la Reina Virgen cuando dijo “I’m married to England”, pero ahora era Cariño la poseedora del título de Reina Púrpura.

Vio fijamente los ojitos que la miraban y como un deseo de suavizar el dolor de la carne se dijo con un susurro: “yo veo dos puntitos”; con la deliberada, premeditada y alevosa intención de que su interlocutor le dijera: no, no son dos ,es uno, estás cansada, por eso vez dos, o es tu falta de azúcar que desenfoca tu visión, pero no, “el veo dos ojitos” fue confirmado por el otro, y dijo sí, dos es receptivo… y Cariño que nunca le había gustado pescar, que nunca le había gustado abrirle el abdomen a las sardinas que sus hermanos traían del río; porque no era la sangre la que la confrontaba ni los indefensos cuerpos de los peces incapaces de dar batalla ante sus sanguinarias manos, más si sus ojos de peces a medio morir, los ojos de los peces de infinita ternura, compasión, los ojos de peces enamorados; por eso los ojitos se incrustaron en su cerebro ocupando el lugar que Dios había dejado, que desde siempre había estado ausente de ella, de sus actos, ya que ella siempre encontró la forma de estar ausente de ese ojo, el ojo divino, y quizás por eso ante la imposibilidad de ser vigilada, le asignaron dos ojos, para que le persiguieran por siempre, por los siglos de los siglos; un par de ojos de pescado que siempre le recordarían que de hoy en adelante se confirmaba la regla ser Veri Interesting Human.

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