Opinión
Ver día anteriorDomingo 13 de mayo de 2018Ver día siguienteEdiciones anteriores
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América Latina y el Caribe, continente en movimiento
Miguel Tinker Salas y April Mayes *
L

a presencia de una caravana de migrantes a Tijuana en días pasados destaca el gran movimiento humano que está ocurriendo en el continente. Hondureños, haitianos y otros migrantes que se encuentran en Tijuana no deseaban abandonar su nación. En entrevistas, docenas nos han dicho incesantemente: Ya no podemos vivir en nuestro país.

La ejecución de políticas neoliberales en los últimos 30 años ha alterado las relaciones económicas tradicionales, fundamentalmente transformando el mercado laboral en América Latina. Las fuentes de empleo tradicionales han desaparecido. La elite impulsa un modelo económico de exportación basado en la explotación de la mano de obra barata y la aplicación de un modelo de extractivismo. En países como Haití, Honduras y México la precariedad aumenta como resultado de políticas de libre comercio que han destruido el campo. La violenta guerra contra el narcotráfico aumenta la precariedad y la miseria. La llamada guerra reveló la existencia de un crimen organizado capaz de subvertir al gobierno y aterrorizar a la población, aun cuando ha hecho poco por reducir las sustancias ilícitas.

No es sorprendente que la caravana en Tijuana incluía un alto número de mujeres y niños. La falta de empleos remunerativos y el abandono familiar por parte de hombres han hecho de ellos unos de los sectores más vulnerables de la sociedad. En todo el continente las mujeres, especialmente el gran número que dirige su familia, no encuentran empleo que les permita atender sus necesidades básicas.

Las condiciones económicas en América Latina aumentan la pauperización de la sociedad. Dicho de otra forma, aun los que trabajan no logran superar la pobreza. En México, según estadísticas oficiales, 51.7 por ciento de personas que cuentan con empleo viven en pobreza. En Honduras y Haití las cifras son aún más elevadas. La precariedad, condición en la cual la población trabaja y aún así no puede cubrir sus necesidades básicas, destruye el tejido social de la sociedad. Aún peor: la elite en América Latina y el Caribe se niega a asumir su responsabilidad por las condiciones sociales que sus políticas han creado.

Ante un proceso de desindustrialización y los precios inestables de los llamados commodities, gran número de países de América Latina buscan soluciones viendo hacia el pasado. Una nueva fase de extractivismo, incluyendo la explotación de cobre, oro, plata, plomo y litio, así como algunos minerales, aumenta en toda la región. La política de extractivismo ha sido implementada por gobiernos conservadores, como México, Perú y Honduras, y los de izquierda, incluyendo a Venezuela y Bolivia. El extractivismo, que genera inmensas ganancias para la elite en América Latina y conglomerados canadienses, estadunidenses y chinos, también altera la vida de grupos indígenas y campesinos que habitan esas zonas. El extractivismo eleva la vulnerabilidad de América Latina en la economía mundial, desplaza poblaciones, degrada el medio ambiente, contaminando ríos y tierra. En algunos países las nuevas zonas mineras parecen escenarios del viejo oeste, donde mineros, el crimen organizado y las multinacionales compiten por el control de los minerales.

América Latina enfrenta un importante cambio demográfico. En la última década, miles de personas de Centro y Sudamérica, así como del Caribe, han sido expulsadas de su país. Esta no es la primera vez que centroamericanos abandonan su país. La primera ola sucedió durante la década de los años 80 del siglo pasado, impulsada por guerras civiles y la intervención estadunidense, que desestabilizó la región. Ante el deterioro económico y el aumento dramático de la violencia por el Estado y el crimen organizado, miles de hondureños y guatemaltecos se ven obligados a salir de sus países.

Consecuencia del devastador terremoto de 2010, más de 60 mil haitianos emigraron a Brasil. Resultado de la contracción económica después de la Copa Mundial y los Juegos Olímpicos, los haitianos emprendieron el camino hacia el norte, atravesando 11 países en Sur y Centroamérica para llegar a la frontera entre México y Estados Unidos. En Sudamérica, la crisis en Venezuela ha obligado a cientos de miles a abandonar su país. Venezuela, que anteriormente había recibido millones de colombianos y europeos, se ha convertido en país de migrantes, con miles de personas buscando empleo en Chile, República Dominicana, Panamá, Colombia, Ecuador y Perú. En Chile, más de 1.2 millones de migrantes de Haití, Venezuela y Bolivia buscan regularizar su estado migratorio.

El límite entre México y Estados Unidos ya no es simplemente un ente binacional. Hoy día, es una frontera entre Estados Unidos, América Latina, el Caribe y el sur global. Enfrentando condicionales similares, en Tijuana se encuentran africanos de Sudán, Somalia, Nigeria y otras naciones de esa región. Todos los migrantes relatan experiencias escalofriantes en su trayecto a Tijuana. Tanto el Estado como el crimen organizado han creado formas de lucrar con la vulnerabilidad de los migrantes. Éstos son obligados a pagar derecho de piso para pasar por un territorio controlado por pandillas o sobornar a policías para que no los arresten. La migración se ha convertido en fuente de ingresos para los pueblos a lo largo del camino, donde se cobra por hospedaje, comida y transporte, incluyendo la renta de burros de un punto a otro. La violencia contra las mujeres se ha generalizado, incluyendo, abusos, asaltos y violaciones.

Bajo cualquier otra circunstancia, los migrantes que sobreviven esta ardua experiencia serían considerados pioneros. La mayoría adquiere empleo o establece algún negocio. El vínculo emocional que mantienen con sus familias y hogar también es explotado por los países que los expulsaron. Nación tras nación, las remesas de migrantes, miles de millones de dólares, son la diferencia entre la pobreza y la sobrevivencia.

Los migrantes no abandonan sus países, sino son expulsados por condiciones económicas y políticas adoptadas en Washington y en los centros de poder de América Latina. Ante esa realidad han tomado una decisión racional buscando la única oportunidad que les queda. El desconcierto económico, la violencia y la marginalidad son los factores que expulsan personas de sus naciones y fomentan la creciente ola de migrantes en América Latina. Los migrantes son síntoma de las fuerzas globalizantes que han transformado el mundo.

* Profesores. Pomona College, Los Ángeles