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Rumbo a Los Pinos

Fue “una suma de spots”; ajeno al interés de los electores, resumió una joven

El encuentro, monumento a tragedias nacionales, no de proyectos de país
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La propaganda con estética del miedo fue desplegada en las inmediaciones del Palacio de Minería, ayer antes de comenzar el debate de los candidatos presidenciales Foto Jesús VillasecaFoto Jesús Villaseca
 
Periódico La Jornada
Lunes 23 de abril de 2018, p. 5

“Traen en la punta de la lengua ‘Andrés Manuel’, por algo será”, dice López Obrador en el primer tercio del debate, cuando ya ha quedado claro que la preocupación número uno de sus adversarios es pegarle al puntero, cosa previsible, por lo demás.

Pero luego no desarrolla esa línea, que le vendría bien a su discurso de la mafia del poder, a la idea de que todos van contra él en la defensa de los privilegios de la clase política.

Pero no. El tabasqueño ha salido a cuidar su ventaja, cosa que en lo general consigue, así como Margarita Zavala entra al ruedo para hacer una mala copia de Josefina Vázquez Mota (la candidata de las mujeres); Jaime Rodríguez a hacer marcaje personal sobre el puntero para preparar el terreno al candidato del PRI; Ricardo Anaya a pelear su segundo sitio en las preferencias, y José Antonio Meade… a demostrar que posee la mayor capacidad para memorizar sus guiones.

Sin ese talento, el resto de los candidatos contribuye también a que el debate sea, en la mirada de una joven que observa su primer debate entre presidenciables, “una suma de spots de campaña”, que poco atiende las preocupaciones reales de los electores.

Los representantes de los medios de comunicación atienden el debate en pantallas colocadas en la Plaza Tolsá, frente al Palacio de Minería. Al recinto que ­alberga a los candidatos no llega la gritería que sube de tono conforme avanza la noche.

La siete de siete de Meade no lo libra del golpe demoledor de Anaya: la foto del candidato del PRI partiendo un pastel con el prófugo ex gobernador de Chihuahua, César Duarte, y la pregunta: ¿De qué tamaño fue la rebanada del pastel que te tocó?

El intercambio entre Meade y Anaya es una continuación de la guerra de lodo que han sostenido desde la precampaña, y no va a mayores porque el blanco principal de Meade es López Obrador. Se dedica a atacarlo, en un resumen de sus anuncios de campaña y las frases de sus estrategas, al tiempo que evade cualquier asunto que lo pueda llevar a tomar distancia del gobierno de Enrique Peña Nieto. Amarrado a esas dos grandes líneas, José Antonio Meade es el gran perdedor del debate, aunque en las redes se le presente como el ganador de tres departamentos.

Las travesuras de los sargentos y el fantasma de Antorcha

El calor previo al debate corre por cuenta de los sargentos que hoy mandan en el PRD. Desde temprana hora, las calles que conducen al Centro Histórico se van llenando de pequeños grupos que reciben instrucciones, además de las mantas y carteles que alzan en los alrededores del Zócalo y en las inmediaciones del Palacio de Minería.

La propaganda tiene hechura profesional y una estética del miedo: colores que asustan con frases que completan: Si México está dolido, contigo estará jodido, por ejemplo. O bien, “La Ciudad de México ya decidió: te vas a ‘la chingada’”.

En las redes sociales, seguidores de López Obrador atribuyen la acción al grupo priísta Antorcha Campesina. Los datos disponibles permiten suponer que, además, se trata de una operación surgida de las mentes brillantes del perredismo capitalino. Primero, que desde hace días la misma propaganda ha aparecido en las paredes de las delegaciones Gustavo A. Madero, Coyoacán y Álvaro Obregón, casualmente aquellas donde mandan los sargentos.

Un par de señoras que sostienen uno de los carteles cerca del Zócalo, aseguran que son empleadas del Gobierno del Distrito Federal. Otro trabajador de la administración local comparte el mensaje que los convocó: la instrucción del líder sindical para que se reúnan los recientemente incorporados a la nómina 8, es decir, los trabajadores basificados poco antes de que Miguel Ángel Mancera dejara la jefatura en pos de la senaduría.

El Instituto Nacional Electoral dispone un templete para que los candidatos, al llegar, posen para las fotos. ¡Doctor, doctor!, gritan los fotógrafos a Meade para mejorar la toma. ¡Anaya!, le gritan al aspirante del Frente. Bronco al bronco. A ya saben quién no alcanzan a gritarle porque justo cuando llega López Obrador al recinto se deja caer un tremendo chaparrón y todos corren a proteger sus equipos.

Pasarela de invitados

Las horas anteriores se han consumido en la pasarela de invitados de los candidatos. Algunas figuras de las campañas reparten rápidos saludos. ¡Vamos a ganar!, suelta Marcelo Ebrard, en camisa dominguera, sin detener el paso. Enrique Ochoa Reza, en cambio, se planta frente a las cámaras para sorprender con su mensaje: Meade es la única alternativa que puede impedir que México se convierta en Venezuela.

La línea discursiva es tan previsible como el debate entero, como los cierres de los candidatos que se han dado con todo con las armas conocidas.

De Odebrecht a la Casa Blanca, de los Duarte al Fobaproa, de la estafa maestra a las naves industriales en Querétaro, el debate es, en algunos de sus momentos estelares, un monumento a las tragedias nacionales, pero un monumento en el que sólo se inscriben agravios y no proyectos de país.

López Obrador llama a hacer historia, a llevar a cabo la cuarta gran transformación del país (en un mensaje que graba tras el debate dirá que ya habrá tiempo de responder al hablantín y farsante candidato del PAN). Meade repite que encarna la alternativa honesta y Anaya que es el único que le puede ganar a López Obrador. Margarita, que es la candidata de las mujeres. Rodríguez se consolida como el Hammurabi de la política mexicana.

Al finalizar el encuentro en el Palacio de Minería, permanecen aún, sobre el Eje Central, varios de los grupos de manifestantes que han hecho la banda sonora a lo largo de la noche.

Sobre la acera, decenas de hombres, algunos visiblemente alcoholizados, descansan los gruesos garrotes de sus pancartas (los que les quedan, porque una parte ya fue a dar a las julias de la policía capitalina), mientras anotan su asistencia en los cuadernos de los coordinadores. En el cruce con la calle de Tacuba permanece también un grupo que ha hecho la guerra a los obradoristas que a esas horas entonan el Himno Nacional. Del grupo que porta carteles con estética de la Cortina de Hierro, donde el mensaje escrito manda a López Obrador a su rancho, se cierra la noche con un grito: ¡Barrales, Barrales, Barrales!