Opinión
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El happening personal de Navidad
C

uando el arte moderno descubrió los happenings y las instalaciones olvidamos que estas nacieron mucho tiempo atrás. Los nacimientos o Belenes surgieron en 1223 y los popularizaron los franciscanos en el siglo XIV.

De las muchas tradiciones que nos llegaron con la conquista, ésta que se utilizó para evangelizar a los indios’ atrapó la atención de Carlos Pellicer. Durante muchos años el poeta montó su nacimiento en su casa de las Lomas de Chapultepec para compartir su devoción con otros y continuar esa tradición que recibiera de su madre, como nos dijo su sobrino Carlos Pellicer López.

Y de muy sencillos, esos montajes casi infantiles se fueron convirtiendo en verdaderos performances.

Otro poeta también creyente en la fe cristiana, Gabriel Zaid, asegura que Pellicer puso en su casa el Nacimiento, durante más de medio siglo.

Hasta mil novecientos cuarenta y tantos fue un Nacimiento tradicional, aunque especialmente artístico: el ponerlo ejercía su vena de pintor.

Exagerando no un poco sino demasiado, Pellicer decía estar seguro de que esos pequeños happenings navideños eran lo único notable que había hecho en su vida. Para él era casi una obra maestra, pues había conjuntado la plástica, la música y la música verbal de la poesía hecha verso para decirse, como en sus orígenes, en voz alta.

Lejos de hacer mutis después de montar su puesta en escena para hacer propicio el happening, el poeta recibía personalmente a los visitantes: transeúntes, políticos, artistas, escritores que acudían a su casa de Las Lomas para adentrarse en el garaje de la casa del poeta en ese otro mundo que formaba parte del suyo.

El paisaje creado era más semejante a los paisajes de Velasco que al que multiplican las estampas navideñas.

Se escuchaba el paso del agua, la música y los cambios de luz del atardecer al nuevo nacimiento del sol, eran marco para escuchar la voz grave y cálida del poeta que leía sus cosillas para el nacimiento.

Si Pellicer para continuar su tradición literaria rompió con ella, no debe sorprendernos que haya hecho lo mismo con sus nacimientos. Seguramente al poeta le habrían gustado mucho los nacimientos actuales, más cerca de nosotros que los de la inercia de una tradición momificada.

Casi lo imagino verlo sonreír, yendo de sorpresa en sorpresa, mientras miro los nacimientos artesanales que se exhiben en el ex Palacio de Iturbide, donde cientos de figuras elaboradas por artesanos de muchas partes hicieron suyos los Belenes:

Los hay con personajes rubios y vestidos de gaucho; regordetes y morenos como ángeles de la iglesia de Tonantzintla; coloridos y llenos de flores a pesar del invierno bíblico, alumbrados con soles y lunas de manera simultánea; estilizados y lánguidos como santos de iglesias europeas, con vestidos de oro a pesar de la pobreza referida en los evangelios; o montada en bicitaxi la sagrada familia con todo y reyes magos y ángel viajando de a mosquita; o de barro negro con una María con traje de tehuana y con un niño maíz, sustento de la vida.

Si en esencia todo Dios es personal, cada Belem sólo puede ser de cada uno e incluso de los que no lo tienen.