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El estante de lo insólito

Jorge Ibargüengoitia. Festejos no anunciados

“Manejo la espada con más destreza que la pluma (…). Sirva, sin embargo, el cartapacio que esto prologa, para deshacer algunos malentendidos, confundir a algunos calumniadores, y poner los puntos sobre las íes sonre lo que piensan de mí…”.
Prólogo del personaje José Guadalupe Arroyo en
Los Relámpagos de Agosto.

Calidad excepcional

S

e negó a ser ingeniero y su apuesta por una escalera de éxitos en la dramaturgia se frenó inesperadamente, con todo y la cubana mención Casa de las Américas de 1963 por su obra El Atentado. Discípulo de Rodolfo Usigli en el teatro; observador puro de las cosas impuras pero ricas como las tortas compuestas; apabullado residente de barrios coyoacanenses como segunda cuna luego de nacer en Guanajuato; Jorge Ibargüengoitia enseñó desde la crónica, que el periodismo también es labrar sobre la experiencia jornalera entre barquillos aplastados y maleta de viaje, lo que, en el mejor de los análisis críticos, forjó desde lo mundano una literatura de calidad excepcional.

Con el tino que caracteriza a las autoridades mexicanas, El Atentado se consideró irrespetuoso de la historia patria y sin el nivel de rigor histórico que debe preservarse en la mente de los mexicanos como verdad máxima. Se fue a la congeladora como ocurrió con su obra previa La conspiración vendida. De eso y más de su pasión teatral, nunca lograda como autor, e incluyendo su valiosísimo intercambio epistolar con Usigli, es importantísimo el libro Los pasos de Jorge de Vicente Leñero, quien destaca: Es válido colegir que Ibargüengoitia debió a sus dolorosas experiencias teatrales una buena parte de la amargura que lo caracterizó siempre.

Era efectivamente una brusquedad con humor (que no humorista, definición que siempre detestó), y afortunadamente hubo quienes como Octavio Pazo o Julio Scherer entendieron que lo suyxso era de libertad total para decir lo que quisiera y como fuera que le pintara la cuartilla del momento, por lo que pudo hacerse un creador a sus anchas.

Tablas literarias

Sin dejar el imprimátur que le hubiera gustado en las artes escénicas como dramaturgo, fue un crítico de primer nivel sobre el ejercicio teatral en México. Dispersos en distintas publicaciones, sus textos en la materia existen como antología en El Libro de Oro del Teatro Mexicano (Ediciones El Milagro/UAM). Como haría prácticamente en su observación de cualquier disciplina, parece la opinión de un hombre que compra su boleto, ocupa su butaca y espera ser sorprendido por un prodigio escénico, lo que a veces se devela como desconcierto, asombro, o francos bostezos. Un hombre que fue parte de la médula de la dramaturgia, se pretende aficionado corriente (que no vulgar) de lo observado, y opina como se comenta la experiencia después del segundo acto pidiendo chocolates en la cafetería. La renuncia de intenciones por la conquista de las tablas, permitió el nacimiento de mucho más que un remanso transitorio, de su vocación absoluta: la prosa literaria. Pero ese momento no significó una iluminación efímera, sino que se dio con la construcción de una novela breve, por demás brillante, que le dio un éxito que la posteridad sigue catalogando como clásico: Los relámpagos de agosto.

En sus palabras y reflexión:

“(Los relámpagos de agosto)… me hizo comprender que el medio de comunicación adecuado para un hombre insociable como yo es la prosa narrativa: no tiene uno que convencer a actores ni a empresarios, se llega directo al lector, sin intermediarios, en silencio, por medio de hojas escritas que el otro lee cuando quiere, como quiere, de un tirón o en ratitos y si no quiere no las lee, sin ofender a nadie –en el comercio de libros no hay nada comparable a los ronquidos en la noche del estreno.” (Texto de autodescripción publicado en la Revista Vuelta. Marzo de 1985).

Los libros son siempre póstumos

Ser recordado no pareció nunca un apremio para Ibargüengoitia. Cuando menos así lo dijo en cada oportunidad, acotando que quedar fuera de las becas teatrales en 1957, fue el primer empujón para preocuparse por vivir al día. Aunque tuvo trabajos eventuales para completar la despensa, tuvo siempre claro que él era una sola cosa: escritor. Esa es una fortuna impagable para los lectores y sus estudiosos críticos, porque sus relatos tienen consistencia, complejidad, divertimento y, posteridad firmada sin cálculo, son clásicos nuestros. Además, la lectura de sus piezas llena cualquier necesidad estilística y de humor. Si ando uno como no sabiendo qué hacer, cómo proyectar un trabajo, o distenderse del clima, basta tomar un libro suyo y abrirlo prácticamente donde sea para descubrir un personaje, situación o frase que de inmediato nos ponen en un estado anímico distinto.

Foto
Ilustración Manjarrez

Los relámpagos de agosto, Maten al León, Estas ruinas que ves, Los pasos de López, y sus dos últimas novelas Dos crímenes y Las muertas, que anunciaban un tono más dosificado de la ironía y una profundización en las complejidades de la trama y sus repercusiones morales (Juan Villoro en La utilidad del deseo), son no sólo libros de lo que intelectual y académicamente se llama imprescindible, sino una necesidad como lector y sobreviviente.

La vida como literatura

Si bien él mismo se anotaba como un autor de pocas obras literarias, sus libros crecieron más allá de lo que se consideraba sus obras mayores, es decir las novelas y compendios de cuentos, con las antologías que reúnen muchos de los cientos de artículos que escribió para periódicos y revistas (particularmente Excélsior y Vuelta).

Viajes en la América ignota, Sálvese quien pueda, Autopsias rápidas, Instrucciones para vivir en México, La casa de usted y otros viajes, ¿Olvida usted su equipaje?, Misterios de la vida diaria e Ideas en venta, son el resultado de esas colecciones de textos breves, vistos hoy como periodismo desde una óptica tan eficaz (y mordaz) como única, literatura como bitácora de un escritor que hace una obra al andar (no por nada su columna en Vuelta se llamaba: En primera persona), y que tuvo otra pausa para hacer sus novelas y cuentos, aunque, como él afirmaba, su trabajo de frecuencia semanal (dos artículos de entrega presentados a redacción el mismo día), no desmerecían frente a sus trabajos mayores.

Es cierto que muchas de sus crónicas tienen el sedimento de lo que se dijo como naturalidad de lo cotidiano y ha dejado de existir como costumbre, arquitectura, etcétera, pero lo triste e increíble, es que algunas de las cosas de las que él se mofaba (y denunciada sin pretenderse apóstol civil ni corista panfletario) sigan intactas, como los óxidos burocráticos, las canalladas políticas electoreras, la gigantesca corrupción institucional (sólo hay que leer la primera línea de su novela Dos crímenes: La historia que voy a contar empieza una noche en la policía violó la Constitución) o el control inmobiliario (y hasta las tarifas de taxis) en los tiempos actuales. Sin importar si él describe una calle que hoy ha cambiado o desapareció, su estilo permanece como una instrucción de aviso: todo tiene otra forma de interpretarse, vivirse y, comerse vivo.

Esa patria nuestra

Sobrado de agudeza, pero contando todo como quien hace una conjetura tras darle un repaso al periódico del día, el escritor desinflaba certezas de roca de nuestra historia y podía aguarle el día a los próceres como quien sumerge la concha en el café. Hay que leerlo siempre. Aquí lo evocamos del mejor modo, con una lección de su sarcasmo…

“Supongamos que se trata de conmemorar a un general que después de una larguísima carrera opaca, le tocó perder gloriosamente una de las batallas decisivas en la historia de nuestra patria. ¿Qué hacer? Desde luego inventarle una frase célebre, que ponga de manifiesto la entereza de su ánimo ante la derrota total. Algo así como nos pegaron, pero no nos vencieron, mañana será otro día; o bien una frase que contenga la evidencia de que nuestro héroe no fue responsable de la derrota, sino que la culpa la tuvo la caballería, la intendencia o el cuerpo de mensajeros.” (Texto El lado bueno de los próceres. contenido en Instrucciones para vivir en México, Edit. Joaquín Mortiz).

 

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