Opinión
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Un siglo después
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orrada la fecha del calendario oficial de fiestas nacionales, aquí en Rusia podría parecer que nada hay que celebrar el 7 de noviembre, este martes, que se cumple el centenario de la Revolución Bolchevique –o si se prefiere, como se denominaba en la época soviética, la Gran Revolución Socialista de Octubre–, cuando los obreros y los campesinos, bajo la dirección de Vladimir Lenin, León Trotsky y demás revolucionarios decididos a crear un mundo nuevo, se levantaron en armas para poner fin al opresor imperio de los zares y sentar las bases de un sistema diferente que pretendía ser más justo.

Para la maquinaria de la propaganda oficial este otoño no hay tarea más relevante que preparar el terreno para la inminente postulación de Vladimir Putin para un nuevo mandato presidencial de seis años, mientras la élite gobernante festeja la casi segura reelección del mandatario, en marzo siguiente, como una suerte de garantía de supervivencia política y de nuevos contratos jugosos a la sombra del poder.

La gran paradoja de Rusia, hoy por hoy, es que las mismas causas que condicionaron el hartazgo de los trabajadores y provocaron el inevitable estallido de la revolución –mutatis mutandi y sin que esto signifique que en estos momentos están dadas ya las condiciones de un nuevo cambio drástico y violento del sistema– están volviendo todo a su sitio casi de modo sigiloso, como era antes de 1917 y como si no hubieran pasado cien años.

Un siglo después no sorprende que figuras de trascendencia histórica y universal como Lenin estén aquí relegados al olvido –reposando por simple inercia sus restos embalsamados en un mausoleo en la moscovita Plaza Roja que, cuando hay desfile militar el Día de la Victoria en la Segunda Guerra Mundial, se cubre pudorosamente para que no pueda leerse el nombre del fundador del Estado soviético detrás de la tribuna de invitados especiales–, mientras su antípoda, el zar Nikolai II, gracias a la creciente influencia que ejerce la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa en los actuales gobernantes rusos, ahora elevado a calidad de santo digno de venerar, es tratado como mártir.

Un siglo después, Rusia es de nuevo un país capitalista, donde una minoría vive en la opulencia a costa de la mayoría; es también un país que, gracias a su arsenal nuclear, se atribuye derechos sobre territorios más allá de sus fronteras, pero sobre todo en aquellos lugares que benefician al reducido círculo de magnates que incrementan su fortuna sin más mérito que su cercanía con el Kremlin.

Un siglo después, el poder absoluto, que antes detentaba el zar, se concentra una vez más en un solo individuo, ahora denominado presidente que es, como el derrocado soberano, el eje de una pirámide de operadores políticos menores que gobiernan en su nombre y se le subordinan por completo y, a cambio, obtienen insultantes privilegios frente a la creciente caída del nivel de vida de la población.

Un siglo después, la consigna tierra para quien la cultiva, que movió a millones de campesinos contra los terratenientes, vuelve a tener actualidad cuando grandes extensiones están en manos de una decena de latifundios, que ahora se hacen llamar corporaciones agropecuarias, igual que las fábricas ya no pertenecen a los obreros; sin hablar ya de la principal riqueza del país, las materias primas, bajo control privado la mayoría, y cuyos beneficios se usan como caja chica del Kremlin cuando el Estado tiene participación accionaria.

Un siglo después, generosamente financiados en detrimento del presupuesto para la política social, la Guardia Nacional –junto al Servicio Federal de Seguridad, la Policía y el Ejército–, están al servicio de los poderosos, listos para sofocar cualquier brote de inconformidad.

Un siglo después, el marxismo-leninismo dejó der ser la ideología oficial del Estado y su lugar lo ocupa, cada vez de manera más desafiante, la religión cristiana ortodoxa, ahora mayoritaria como lo fue en tiempos de los zares. La Iglesia Ortodoxa Rusa se erige en una especie de súper ministerio de la moral pública y la buena conducta, mientras asumirse como seguidor de la doctrina marxista en Rusia ahora equivale a declararse abierto opositor al Kremlin.

Un siglo después, la fuerza política que debería articular otro proyecto de nación y encabezar el combate contra los excesos del capitalismo, el Partido Comunista de Rusia, únicamente conserva el nombre y devino, hace años, una caricatura de sí mismo. Por eso, ante los problemas de los más necesitados, nadie exige al gobierno destinar más recursos a la sanidad pública, a la educación, a las pensiones, y sus legisladores observan en silencio cómplice cómo la televisión pública dedica horas y horas a interminables filas de gente deseosa de besar pequeños cofres que contienen reliquias de santos que, según los jerarcas religiosos, pueden obrar el milagro y curar todos los males.

Un siglo después, la inteligentsiya –las mentes más brillantes que desde la cultura, la literatura, el arte, la ciencia cuestionaron sin descanso los excesos del régimen zarista–, ahora es un estrato social dividido entre quienes son perseguidos por criticar al Kremlin y quienes prefieren callar y disfrutar los reconocimientos y prebendas que las autoridades les ofrecen por su sumisión.

Esto, y mucho más, sucede en Rusia un siglo después, pero aquellos que celebran aquí el centenario de la Revolución están convencidos de que –tarde o temprano– un renovado proyecto de socialismo se impondrá al actual capitalismo, aunque para ello, dicen, tenga que pasar otro siglo.