Opinión
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El coeficiente corrupción/incompetencia
Claudio Lomnitz
P

asé el terremoto muy lejos de México, siguiendo las noticias. Preocupado. Compadeciendo en el sentido preciso de esa palabra, sufriendo con otros. Imaginando. ¿Cómo será mandarle un abrazo a un país entero? No lo sé, pero aquí va. Ojalá que la gente en México pueda sentir el que llega desde todos los puntos de la Tierra, y que sí existan las buenas vibras, como con tanta seguridad afirman los esotéricos del mundo entero. Por mi parte, que sí las hay.

Los grandes terremotos son siempre momentos que marcan a las generaciones. El gran terremoto de San Francisco de 1906, por ejemplo, fue posiblemente el primer gran evento mediático mundial. Las fotos de prensa tomadas allí circularon por todo el mundo casi instantáneamente, porque tenía poco que se había tendido el primer cable telegráfico trasatlántico. El mundo entero vio no sólo la destrucción y los incendios, sino que discutió también la corrupción política, el vértigo de la composición étnica de aquella ciudad tan nueva y tan moderna, y las distancias entre pobres y ricos. Con ese terremoto nació toda una generación de políticos, activistas y periodistas. Algo parecido sucedió en el gran terremoto del Japón en 1923, que fue interpretado como muestra de la corrupción moral de la sociedad japonesa, y tomado como un llamado a hacer una reconstrucción social que se usó también para reprimir a la disidencia política.

La tierra traga, avienta y revuelve, colapsa edificios y agrieta avenidas, arrojando imágenes incongruentes, como de un carnaval macabro en que todo lo de adentro está afuera. Es el mundo al revés, donde hay encuentro con los extraños y lo conocido se desfigura. Luego comienza el arduo proceso de cotejar daños y también de volver a la rutina; pasamos entonces de encomendarnos humildemente a Dios a erigirnos en jueces implacables, listos para inculpar a quien sea. El estudio de la factura y las increpaciones a culpables reales o supuestos es algo tan inevitable, como lo son, en otro momento, los rezos y rogaciones hasta del más ateo.

Todavía no ha habido en México una experiencia parecida a la que hubo en Chile hace unos años, cuando las construcciones resistieron casi todas una sacudida de magnitud ocho. En México siempre caen estructuras, pocas o muchas, pero cuando llega el momento de las increpaciones, da la impresión de que sólo hay una medida que interesa en la opinión pública, y esa es la corrupción. Es como si lo único que arrojara a la luz el terremoto es lo que ya todos estamos acostumbrados a denunciar.

Sería bien útil si en este terremoto se fueran desarrollando también otras medidas, para con ellas discutir otros temas relevantes. Habría oportunidad de hacer una estadística basada en un conteo edificio por edificio y casa por casa. ¿Cuántas edificaciones se cayeron por prácticas de construcción que podríamos clasificar de corruptas? ¿Cuántas se cayeron por ser de autoconstrucción, o hechas con materiales y técnicas tradicionales? ¿Cuántas colapsaron por la incompetencia técnica algún profesionista?

Convendría generar una estadística que revelara la razón que hay entre corrupción e incompetencia en la mala construcción, porque la incompetencia no es un tema tan discutido como la corrupción, y quizá tendría que serlo. Es más fácil canalizar el encono popular contra un corrupto que contra un incompetente, pero eso no significa que el incompetente sea menos dañino.

Se podría comenzar estudiando casos de daños en edificios caros, construidos por arquitectos e ingenieros conocidos. ¿Cómo explica cada constructora la razón de que su edificio se cayera? ¿Cómo lo explica, en cambio, un peritaje imparcial? ¿Hubo estudios de suelo incorrectos? ¿El edificio se cayó porque los códigos de construcción resultaron ser inadecuados? ¿En qué aspecto? ¿Hubo errores de cálculo? ¿Alguien robó varilla? ¿Estaban mal hechas las soldaduras? ¿Por qué se cae un edificio caro?

¿Qué se requiere para construir en predios de zonas sísmicas tan complicadas como pueden ser las colonias Condesa o Roma? ¿Por qué luego se cayeron edificios ahí de cualquier modo? ¿Hubo corrupción a nivel de permisos? ¿Hubo incompetencia técnica de parte de los ingenieros? Ir computando respuestas paso a paso; elaborar una muestra representativa, y una base de datos que permita arrojar un número –llamémoslo el coeficiente corrupción/incompetencia– que nos ayude a visualizar el costo ya no sólo de la corrupción, a la que siempre le achacamos todo, sino también de la incompetencia, que rara vez calculamos.

En medio de lo desgarrador de las tragedias que desencadenan, los desastres ofrecen también algunas oportunidades. Estamos ante una oportunidad de medir los costos de la corrupción, cierto, pero también el precio que tiene la incompetencia en una sociedad donde un cirujano puede olvidar su estetoscopio en el abdomen de su paciente, cocerlo, e irse tranquilamente a casa, sin temor alguno a perder su empleo, una sociedad rebosante de universidades patito, privadas y públicas, y colegios que gradúan analfabetas funcionales. Aquello tiene un precio que usualmente no medimos, pero que el terremoto nos permitiría conocer. A menos que nuestra incompetencia lo impida.