Opinión
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Dos deportistas
S

egún leo en La Voz Brava, si hay algo que a Clarisa Landázuri no le interesa se trata de los deportes en general. (Admite una sola excepción, el beisbol. Y explica que atribuye esta debilidad a su infancia, cuando ella misma practicaba este juego con sus compañeras en el colegio al que asistió.)

Sin embargo, cuando hace poco leyó quién era el Roland Garros detrás del nombre del estadio principal de tenis en París, modificó su prejuicio y, si bien siguió sosteniendo que el deporte no le interesaba, declaró su admiración por un deportista y un deportista sui generis, Éric Cantona y Roland Garros.

Se enteró de que Garros jugó tenis, si bien nunca en un torneo mayor. Entonces se preguntó por qué el estadio en el que se juega el torneo de tenis más importante del mundo lleva su nombre, cuando deportista propiamente dicho Garros no fue. La conmovió enterarse de que quien había construido el estadio en cuestión era Émile Lesieur, y que había sido él quien insistió en el nombre, debido a la sencilla razón de que Garros había sido su amigo durante la Primera Guerra Mundial y por lo tanto merecía el honor.

Clarisa recordó que en 1913 Roland Garros se había convertido en el primer piloto en atravesar directamente, sin paradas, el Mediterráneo. Para ese momento, ya había derribado cuatro aviones enemigos y lo había hecho al disparar con una ametralladora que él mismo había inventado, que disparaba entre las hélices del avión que él piloteaba.

La nota de periódico que ilustró a Clarisa en estos detalles además le informó que Garros fue capturado en 1915 y que fue hecho prisionero, pero que había logrado escapar al urdir que un mapa de Alemania le fuera enviado dentro del mango de una raqueta de tenis.

De regreso a Francia en 1918, en una entrevista con el New York Times, Garros declaró que por supuesto que regresaría al frente. Y el hecho fue que unos meses después de esto su avión fue derribado, precisamente el día antes de que él cumpliera 30 años de edad.

Para Clarisa el caso con Éric Cantona fue diferente pero para ella tan conmovedor como el de su paisano Garros. Para empezar, se enteró de que Cantona sí es un deportista y un deportista mayor. De primera y con éxito mundial. Clarisa nunca lo vio jugar (ni contempla verlo nunca), y ni siquiera supo de su existencia hasta que vio una película. Y esta película le reveló de lleno al personaje. Se trata de En busca de Éric. En ella Cantona, también actor y activista, se representa a sí mismo. Y lo hace desde un argumento en el que el desdoblaje del protagonista es tan real, tan atemporal, tan impresionante que, afirma Clarisa, a ella la estremeció profundamente.

Al envejecer y por lo tanto dejar atrás el futbol, en el que había sido estrella mundial, Cantona se convierte en un fracasado casi total. Es cierto que ahora es un buen cartero, un compañero muy sociable y que la relación con su grupo de amigos es verdadera y especialmente afectuosa. Sin embargo, asimismo es cierto que su esposa lo ha dejado, la hija de ambos no se lleva con él, y él no se entiende con sus hijos adoptivos adolescentes con quienes él procuró cubrir su soledad. De la pared de su pobre recámara, al lado de su lecho individual, cuelga un cártel de él joven, de uniforme, en la cúspide de su fama. Y dirige sus solitarias penas, sus preocupaciones, a esta imagen, a este fantasma. Se le enfrenta y lo invoca en busca de respuestas que lo ayuden a sobrevivir. Hasta que en un momento dado esta figura de papel de su pasado, se corporeiza y aparece, en la misma recámara, un él mismo real, el propio Cantona, en la gloria que había sido. Y el yo pasado de Cantona ahora contesta en vivo las dudas del Cantona en el que se ha convertido, con todo el ánimo y la confianza que su pasado glorioso le había conferido. El resultado de estas confrontaciones es que el Cantona viejo y fracasado recupera el ánimo y la confianza que habían sido suyos en su juventud y, en consecuencia, recupera a su esposa, a su hija y a su nieta, y por lo tanto el gusto por la vida.

A Clarisa, el personaje de fantasía que vio en la pantalla la llevó a leer todo sobre el personaje real, incluso el dato de que es hijo de un republicano español que, tras perder en la Guerra Civil se refugió en Francia. Así, Clarisa llegó a la conclusión de que Cantona, aunque deportista, merecía todo su respeto y toda su admiración.