Opinión
Ver día anteriorMiércoles 7 de junio de 2017Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Élites y derecha
L

a derecha mundial se alebresta frente a serios retos a su dominio. Francia, Inglaterra, España resienten la desatada disputa entre sus clases sociales. Con anterioridad, en Portugal, la izquierda bajo una alianza partidaria, tomó el mando y hace progresos notables. Aún bajo circunstancias de severo acoso del financierismo alemán, Syriza (Grecia) mantiene cerrada lucha para retomar sus frustradas ilusiones. El continuo deterioro de la igualdad lograda en la Europa de la posguerra es la causa eficiente de esta rebelión de masas.

La señora Theresa May, de Gran Bretaña, que adelantó elecciones para este junio tratando de fortalecer su posición ante el Brexit, ha perdido apoyo entre sus coterráneos. El viejo J. Corbyn y sus laboristas ahora le pisa los talones. Este aguerrido militante de izquierda ha trepado en la aceptación de los electores de manera acelerada con un programa de sentidas reivindicaciones sin que se le acuse de volver al pasado. Corbyn, quien estuvo en la lona debido al ataque de sus propios correligionarios, pudo sobreponerse a presiones y dificultades y ahora se afirma entre propios y extraños. Sus propuestas son bastante conocidas. Quiere revertir las privatizaciones básicas de la era Thatcher, como las llevadas a cabo en ferrocarriles, correos y aguas. Algo impensado hasta ahora. Pero avanza también en mejoras al Estado de bienestar, principalmente en salud y pensiones. En este último aspecto May propone que los viejos sostengan sus propios gastos de salud: impuesto a la demencia. Pero Corbyn va más lejos todavía en su programa de campaña: restringir la llamada liberalización laboral que facilita despidos y disminuye apoyos sociales. Ofrece, además, castigar las rentas superiores y empresariales y aumentar el salario mínimo. Mientras, las predicciones en la composición de las cámaras apuntan la remontada de los laboristas a costa de los tories y el poder entra en una zona de mayor disputa.

En Francia, donde el triunfo de Macron apaciguó ánimos y miedos por el avance de la extrema derecha, los retos remanentes son de consideración. La visión, bastante extendida, no sólo en Europa sino en muchos lugares donde la derecha es dominante, presagia sin sustento real el futuro éxito de este personaje. Sus propuestas básicas son las mismas que han llevado a François Hollande a perder soporte popular hasta el extremo de no poder relegirse. Macron mismo participó en el diseño de tan resentido programa, en especial por los jóvenes, entre los que el desempleo ronda 25 por ciento. Un fenómeno hasta hace poco desconocido por los franceses que ahora afecta a 10 por ciento de su población. Aun así, Macron todavía pretende flexibilizar la legislación laboral para dar mayores facilidades de contratación temporal y precarización. Aspira, el presidente francés, a unificar el régimen fiscal con el de los demás países de la unión. Mientras, en el suyo, quiere bajar las actuales tasas empresariales de 35 por ciento a sólo 25 por ciento, un descuento que resentirán las finanzas públicas forzando recortes en bienestar. El plan de un ministerio de fiscalidad general topará, sin duda, con la oposición alemana. Esta nación planea, en oposición a ello, trasladar sus manufacturas no al sur, sino al este y, así, desatar una competencia (entre diversos países) por ofrecer bajos salarios y exenciones fiscales que, de seguro, robustecerán la ya álgida y hasta peligrosa desigualdad prevaleciente.

Las disputas en España para unificar los partidos de izquierda, ahora que Pedro Sánchez ha quedado de figura dominante del PSOE, ya ha sido comentada aquí. Pero la tendencia lleva similar ruta a la de Francia. En estas dos naciones el oficialismo gobernante combatirá, con decisión, la emergencia de formaciones de izquierda que reten al poder establecido. Esto dará oportunidad de que la señora Le Pen, guiando a su Frente Nacional, vuelva a ganar posiciones ante el casi seguro fracaso de Macron. Tendrá, sin duda, la mesa servida para imponerse en el futuro caótico que aguarda a la sociedad de ese país de seguir por la ruta neoliberal.

En México ha sido notable la efervescencia derechista en varios campos. El electoral ha sido uno hecho a su medida. Se trata de erosionar con pretextos varios –que incluyen montajes, rumores, pleitos y apañes inventados– la figura del adelantado presidencial: AMLO. Inciden, con saña nada despreciable, en golpear una de sus características mejor establecidas, la honestidad. El aparato de comunicación del país está presto para repercutir y agrandar heridas, errores y falsas conclusiones de este líder. En resumen se alega que AMLO desea retornar al pasado, cuando, en efecto, lo que plantea es corregir las causas, instaladas en el pasado, de la profunda y creciente desigualdad. Un aspecto de la andanada derechista por ahora la conforma una propuesta acariciada por las élites y aliados de derecha: la doble vuelta electoral. Esa manera de formar mayorías artificiales donde, por ahora al menos, Francia es el ejemplo señero. Les atormenta a hombres y mujeres del poder local la menguante fuerza operativa de la Presidencia. La quieren más ágil para que les cumpla, con eficiencia, sin trámites molestos y de manera constante e impositiva, a sus demandas y privilegios. Les causa irritación la ya costumbre de tener gobiernos divididos. No consideran, por ejemplo, que Macron, como varios de sus antecesores, tampoco la tendrá. Fueron los franceses los que inventaron, desde los tiempos de Mitterrand, el término de cohabitación para nombrar fenómenos de poder compartido. Las legislativas francesas en puerta volverán a mostrar a las minorías partidistas y forzarán las inestables y circunstanciales alianzas con sus inevitables tardanzas y desacuerdos.