Opinión
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La crisis de la civilización moderna
Víctor M. Toledo /III y última
L

a conciencia de especie. Hoy, el conocimiento coherente y completo de los procesos históricos y actuales, naturales y sociales, permite al ser humano adquirir una conciencia sin concesiones. Una mirada limpia sobre lo que acontece. La conciencia de especie permite recobrar una percepción original del ser humano, hoy casi olvidada o suprimida en la realidad industrial: la de su pertenencia al mundo de la naturaleza. También lo conduce a restablecer un comportamiento solidario con sus semejantes vivientes (humanos y no humanos) y no vivos y a edificar una ética de la supervivencia basada en la cooperación, la comunicación y la comprensión de una realidad compleja.

Bajo la conciencia de especie ya no sólo se pertenece a una familia, a un linaje, a una comunidad, a una cultura, a una nación, o a una cofradía religiosa o política. Antes que todo, se es parte de una especie biológica, dotada de una historia y necesitada de un futuro, y con una existencia ligada al resto de los seres vivos que integran el hábitat planetario y, por supuesto, en íntima conexión con el planeta mismo. La conciencia de especie otorga una nueva percepción del espacio (topoconciencia) y del tiempo (cronoconciencia).

La era del poder social. Hoy vivimos el pi­náculo de los monopolios, del capitalismo corporativo. Como nunca, las grandes compañías y bancos han tenido ganancias récord, y si no, si han entrado en bancarrota, se han dado el lujo de ser rescatadas por los impuestos ciudadanos. Esto ha sido así porque el poder económico se ha devorado al poder político, a tal punto que en muchos casos es imposible distinguir si se trata de un político que se dedica a los negocios o un empresario que se dedica a la política (G. Bush, V. Fox, S. Berlusconi y S. Piñera). Frente a esta complicidad de intereses, la gran derrotada ha sido la sociedad civil, los ciudadanos que han visto menguado su poder de decisión. Hoy, la devastación del mundo de la naturaleza corre en paralelo a la máxima explotación del esfuerzo de los trabajadores. Por él mismo, el capital destruiría al planeta entero si ello fuera rentable, de la misma manera que exprime ya hasta la última gota del sudor de los empleados y trabajadores del mundo. Vivimos la mayor explotación ecológica y social de la historia, ejecutada por el 1 por ciento de la humanidad.

El gran desafío es entonces el control ciudadano sobre los procesos económicos y políticos. Ello supone construir o reconstruir el poder social en territorios concretos. En esta perspectiva, la superación de la crisis será la sustitución paulatina y gradual de las actuales instituciones por aquellas creadas por el poder ciudadano. A las gigantescas compañías monopólicas seguirán las cooperativas, microempresas y empresas de escala familiar; a los grandes bancos, cajas de ahorro, bancos populares y cooperativas de crédito; a las cadenas comerciales el comercio justo, orgánico y directo entre productores y consumidores. A la producción estatal o privada de alimentos, energías fósiles y del agua, seguirá la producción doméstica o comunitaria de alimentos sanos, energías renovables y de agua; a los grandes latifundios, base de los agro-negocios, las reformas agrarias de inspiración agro-ecológica; a los espacios naturales, escénicos y de esparcimiento hoy privatizados, su reconversión en espacios públicos y gratuitos administrados por los ciudadanos locales.

¿Revolución o metamorfosis? Aunque muchas cosas han cambiado, un precepto que sigue vivo, no obstante su obsolescencia, es la idea de revolución, de cambio súbito y violento. Imbuido de una fuerza épica descomunal, la idea de revolución encierra dones sagrados como el sacrificio, la entrega, la gloria, el heroísmo, todo lo cual da un sentido a la existencia de quienes se involucran. Hoy, en la era de la comunicación, la información, el conocimiento y la democracia, el cambio social requiere nuevas fórmulas. La sociedad civil organizada, liberada ya del control de los poderes económico y político, debe conformar núcleos, redes, organizaciones basadas en la cooperación, el conocimiento, la comunicación y la toma democrática de decisiones. La construcción del poder social en territorios concretos, debe ser un proceso expansivo, combinado cuando sea posible con la toma del poder político, en este caso con el único fin de consolidar, multiplicar y expandir… el poder social. Ello da lugar a una nueva idea de cambio, como proceso gradual y acumulativo, y por ello recuerda al fenómeno de la metamorfosis. Dejar atrás la idea de revolución para sustituirla por la de metamorfosis, otorga una visión anclada en la vida cotidiana, que se expresa en acciones concretas, y que permite proyectar el cambio a corto, mediano y largo plazos.

¿ Homo sapiens u Homo demens? Quienes hoy alcanzan a vislumbrar limpiamente la situación que se vive, que lo mismo produce angustia que temor, parálisis o desilusión, logran rescatar la dimensión más acabada del pensamiento crítico. Que no es de izquierda ni de derecha, ni conservador ni progresista, pues hoy las geometrías ideológicas (los ismos) han quedado rebasadas. Ellos han adquirido una conciencia de especie, una ética planetaria, una inteligencia global. Esta conciencia es fundamentalmente el reconocimiento de que la nuestra es también una especie mortal, una especie que dependiendo de las acciones actuales presentes y futuras puede llegar a desaparecer, y que por lo mismo se ha vuelto una especie amenazada de extinción. ¿No hay en realidad una brecha tajante y profunda entre el ser humano dotado de esa conciencia de especie y el que carece de ella? ¿No parece que se procrean en realidad dos especies (sociales, culturales, ontológicas) dentro de un mismo gremio biológico? ¿No estamos, por tanto, frente a dos miembros radicalmente distintos de una misma especie biológica? En suma, ¿no estamos ya ante el mono demente ( Homo demens) y el mono pensante ( Homo sapiens), de cuya conflictividad y su resolución dependerá el futuro de la humanidad, del resto de los seres vivos y del planeta entero?