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Michel Butor, escritor
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Michel Butor (1926-2016) en el Museo Arte Contemporáneo de la UNAM, en abril de 2012, donde montó su exposición Ver entre líneas/ leer entre signosFoto Guillermo Sologuren
E

l escritor francés Michel Butor murió el pasado miércoles a los 89 años de edad. La última vez que cenamos juntos en compañía de Joaquim Vital y de Colette Lambrichs, editores de La Différence, me dijo: Voy a escribir un libro sobre México. Iba a visitar este país. Butor no dejaba que escapase nada de su vida a su escritura. Escribía sobre todo. Con una voracidad de ogro. Sin jugar al aficionado a sicoanalista, puede sugerirse que escribir era su respuesta a la angustia.

Cierto, un escritor responde a una angustia. En lo cual es semejante al resto de los hombres. La única diferencia es que escribe. Poemas, relatos, novelas, dramas, libros, mientras los otros guardan silencio. Finalmente, los escritores son personas extrovertidas, parlanchinas. Butor era inagotable: llegó incluso a ver en las cataratas del Niágara un modelo a su inspiración y un rival.

Sus inicios literarios fueron, sin embargo, mejores. Sus primeros libros lo elevaron a la cúspide de una celebridad efímera que lo entronizó jefe de la escuela literaria conocida con el nombre de Nouveau roman.

La particularidad de la nueva novela era que no se trataba de novela y no había nada nuevo. Así van las escuelas literarias. Un día el crack, al día siguiente el crick, luego el crock, el cruck o el creck, y así sucesivamente mientras existan jóvenes resueltos a inventar una nueva escuela, un mundo nuevo.

El supuesto Nouveau roman tenía como meta hacer tabla rasa de toda la literatura novelesca que lo precedió, para introducir una nueva manera de narrar, un nuevo estilo, invenciones de lenguaje, vocabulario y sintaxis, con el pretexto de ser moderno, decididamente moderno, según el grito de Arthur Rimbaud.

Una cuestión persiste, sin embargo, la cual sigue sin encontrar respuesta. Estas rupturas no se fundaban sino en la forma, o las formas. En una palabra, el formalismo. ¿Era necesario observar las reglas de la puntuación o bien suprimir las comas, el punto y coma, y todas esas embarazosas cosas inútiles que permitían leer hasta el fin una simple frase? ¿Era una necesidad tomar en cuenta las leyes del Tiempo, pasado, presente, futuro, o bien abolir esas leyes en beneficio de un presente instantáneo y perpetuo, tal como lo experimentaba Alain Robbe-Grillet en libros de un hastío mortal que él llamaba novelas? Cabe decir en su favor que este autor, también convertido en jefe la nueva escuela literaria del Nouveau roman, era ingeniero agrónomo y, por tanto, no aprendió sino a calcular con exactitud el número de hectáreas correspondientes a la cifra precisa de metros cuadrados. En cuanto al fondo, el cual da sentido a un libro, lo que François Rabelais llamaba la substantifique moëlle (substantífica médula), no vale la pena tratar de buscarlo, pues no podrá encontrarse. ¿Por qué? Por la simple y buena razón de que no existe la médula, tampoco el fondo. No hay nada. Justo una verborrea y unos juegos de palabras y de forma. Material para delicia de los lingüistas, aficionados golosos del vertiginoso ejercicio de hablar para no decir nada.

La literatura, o lo que circula bajo esta palabra, se halla sometida a las leyes que rigen el vaivén de todo lo que aparece sobre la Tierra. Los periodistas llaman a esto la actualidad. Es decir, lo que es hoy actual y, así pues, lo que necesariamente no lo será mañana. Los periodistas tienen como oficio correr tras eso. Lo que aparece rápido y desaparece aún más rápido. La despiadada crueldad del Tiempo dirige la danza. ¿Cuál dios, cuál diablo, es el director y maestro del ballet?

Cuando un hombre acaba de morir, después de haber buscado, a lo largo de toda su existencia, el sentido de su vida, y haber escrito tantos libros para tratar de aclarar las preguntas que se planteaba, cómo no sentirse conmovido al pensar que no hay respuestas, sólo interrogaciones, y que un escritor no es más que un farfullador como expresó uno entre ellos, Louis-Ferdinand Céline, genial y maldito.