Opinión
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Chapultepec y la fortuna
E

n el Olimpo de la imaginación desbordada de los griegos, la Fortuna era una deidad menor, de ningún modo a la altura de Palas Atenea, la diosa de la sabiduría o de Afrodita, de la belleza y el amor, ni siquiera de Artemisa, la flechadora a la que los romanos bautizaron como Diana la Cazadora y cuya estatua adorna nuestro Paseo de la Reforma.

La Fortuna otorgaba dones abundantes ciegamente a quien quería y como quería, sin méritos para recibirlos o con ellos, al azar, y así como los daba también los retiraba; de su nombre tomó el Tarot un elemento o carta en la que un mono sube y otro baja. Así se le llama también a esa rueda de feria que lo mismo nos sube hasta lo más alto y luego nos hace descender a ras de suelo.

Uno de esos juguetes, en este caso monstruoso, gigantesco, está en proceso de instalarse en el peor lugar posible, en la entrada del bosque de Chapultepec, emblemático lugar de viejas y caras tradiciones, visitado por millones de personas al año, no por su feria que está en la segunda sección, lejos de los milenarios ahuehuetes, los visitantes son atraídos por el Castillo, sus calzadas, sus bellos rincones, sus fuentes, el pequeño lago y su casa de cultura.

El adefesio romperá la unidad del lugar y chocará con la tradición milenaria; por ello molesta a muchos. Es muestra de la pequeñez de quien la promueve, de falta de sentido histórico; el asunto nos recuerda a Martha Sahagún, quien llevó a una fiesta particular a Elton John a las terrazas del Alcázar en el mismo Chapultepec y con ese acto de mal gusto y arbitrario dio inicio a su propio declive y al de su marido, que desde ese momento vio descender los índices de popularidad que lo llevaron a la Presidencia.

No sólo es Chapultepec un lugar importante para la historia y la cultura que no debe ser agredido con un aparato propio de una feria o un parque de diversiones, es también un espacio de reserva ecológica, un bosque milenario que capta para el subsuelo el agua de la lluvia, es proveedor de oxígeno, pulmón, jardín, zona verde, paseo, lugar para la alegría de los niños, para el romanticismo y el recuerdo; los turistas llegan aun sin rueda de la fortuna.

Al bosque no se le debe quitar ni un centímetro para cederlo al pavimento, al cemento, al asfalto; además de la agresión a la estética y a la historia es uno más de los atentados a la salud de la ciudad y sus habitantes. Ya le han quitado mucho, no ha habido cuidado ni conciencia; precisamente se trata de evitar que se construyan edificios en la tercera sección del bosque a partir de un amparo ganado por particulares en contra del, en este caso, inerme gobierno local.

A ese paso, quitando espacios a la zona boscosa de la ciudad, aquí y allá, talando árboles, reduciendo áreas verdes, vamos a terminar con el hermoso sitio y, como se dice, mataremos a la gallina de los huevos de oro.

El gobierno capitalino no entiende, perdió la consulta sobre la transformación de la avenida Chapultepec en una gran plaza comercial y hoy actúa como los chuanes, que volvieron a Francia tras la Revolución, sin olvidar nada, sin aprender nada.

Regresa a las andadas y, otra vez por negocio, otorga una concesión a una empresa que tendrá para ganar dinero un buen trozo de nuestro bosque, el de los mexicanos de aquí y de todo el país, del pasado, de hoy y del futuro.

Se debe dar marcha atrás, reconsiderar, detener el atentado a la ecología y a la historia, respetar la opinión y los sentimientos de la gente y los valores superiores de la tradición y la cultura; se trata de un asunto de sensibilidad.

Que se vayan con su rueda de la fortuna a otro lado, que pongan su negocio fuera del bosque, que respeten y entiendan. La diosa Fortuna, caprichosa, los tiene ahora arriba, pero no siempre será así, la agresión a Chapultepec puede ser el comienzo del descenso.

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