Opinión
Ver día anteriorLunes 1º de febrero de 2016Ver día siguienteEdiciones anteriores
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Un eco que piensa
P

ara él todo lo que brillaba era oro. Al menos en sentido metafórico, el único sentido que a la postre le importaba. Veía lo valioso, lo atrayente, lo bueno en todo. Ya luego el sentido literal de la vida le acomodaba la visión, un proceso que suele desencantar al más pintado, pero no a él. Habrá quien lo explique alegando que poseía un espíritu primitivo, elemental si se quiere. Nadie en cambio sostendría que fue simple o ingenuo. A fin de cuentas la verdad, la belleza y la bondad son elementales, o no son. Lo demás acaba en rollo, adorno o propaganda. Identificaba lo inaceptable con lucidez mercurial, eso que quede claro.

Le gustaban los colores, y cuánto. A todos nos gustan, unos más que otros, cada uno sus preferencias. Pero lo suyo era vicio, le gustaban hasta los colores feos, que a él no le parecían. Sin repugnancia, los consideraba aspectos de la realidad. Su curiosidad daba para lo que viniera. ¿Qué le hubiese ocurrido de estar entre los nativos que vieron desembarcar a los conquistadores listos para engañarlos con espejos, dijes y cuentas vistosas? Pues no le fue ajena la pedrería cordial de ópalos, jades, lapislázuli, turquesas, aguamarinas, cuarzos blancos, rosa, amatistas. Les tocaba el color con deleite, sin atribuirles poderes ni vibraciones cósmicas, su imaginación no era de esas. Le parecían lo más material de la materia. Qué más puede pedir alguien que aspira a seguir el materialismo histórico.

Le fascinaba que los colores adquirieran formas inesperadas en personas, objetos y seres varios. Lo hipnotizaban las imágenes más que nada, podía perderse en ellas. De niño recortaba revistas y periódicos, luego tapizó de recortes las paredes y hasta el techo de su recámara. Se convertiría en ávido recolector de tarjetas postales, paisajes, reproducciones de pinturas, murales, dibujos, fotografías, escenas de películas, encueradas de revista, desnudos artísticos, rostros, grupos. Nada saciaba su sed de expresiones, facciones, lunares, pestañas, afeites, máscaras. Y lo principal, el color de las voces.

Tanto o más que los colores, lo encantaban las palabras. No las suyas en particular, la faltaba lo que a todos sobra: egolatría. En consecuencia, él hizo siempre un escucha y lector incondicional. Abandonaba lo que estuviera haciendo o pensando cuando le llegaba la oportunidad de oír las peripecias de alguien, opiniones, testimonios, mentiras, chistes, confesiones, divagaciones. Las historias lo transportaban en el tiempo y el espacio. Literalmente, se desaparecía días enteros.

Para su buena fortuna y salud mental, la poesía le hablaba. Igual que los colores, las palabras en los versos de los poetas queridos le daban pruebas sólidas de que existe más vida de lo que la gente piensa. Hubiera querido ir por ahí diciéndoles a todos mira bien, allí hay más de lo que parece, pero no era su modo. Prefería ayudar a las palabras de otros, los pensamientos, las quejas, las denuncias, las demandas. Tanto como las letanías de júbilo y las canciones con los amigos las noches de luna llena.

Tenía la voz de un eco que piensa. Ligero de ambiciones, y por ende transparente, mas no indefenso, acomodaba, limaba, interpretaba, traducía y finalmente redactaba las palabras que ellos, los compañeros, los nosotros, queríamos expresar. En tiempo de guerra, gentes como él son un arma secreta, que no dispara ni mata pero derrumba lo que en inglés se llama caca de toro, y en buen castilla pendejadas.

Ahora, quién que sabe escuchar no adora la música, la concreción última del sublime fraseo de los colores, ritmo y movimiento allí donde la palabra sobra, los idiomas son el mismo y las aguas de los ríos no reposan. Amaba los ríos porque servían para nadar. Nació y creció cerca de uno. Cruzó muchos otros. En ninguno se detuvo. Hizo lo que el agua, seguir la querencia. Su primer río fue el último, termina en el principio.

Su pecho rebosaba tesoros. Cuidador de los colores y las formas, acumulaba personas que querer, empezando por las de su propia sangre (como se dice, quizás erróneamente) y de inmediato todas las demás, que hermanaba en fa. El corazón no le alcanzaba, desbordado a gritos. Imposible cerrar la tapa, todo terminaba saliéndosele. Nunca pensó que al corazón lo puedes cerrar con llave, ponerle alarmas y cadenas, vacunarlo contra la vergüenza, la indignación, la solidaridad y la ternura. Ni siquiera le pasó por la mente.

Con la inquebrantable fortaleza de los frágiles que superan lo hostil del mundo desde el primer llanto al salir por abajo de su madre y topar de frente con todo esto, no perdía ni cuando algo lo derrotaba. Gente así no tiene precio, imposible comprarla. Las fortunas de Slim y Bailleres juntas no alcanzan ni pal enganche. Bueno para hacer de padre, hijo y espíritu no tan santo, pareja, compadre o ñero, supo encontrar forma a lo imposible. Pronto en la vida aprendió a escuchar la conversación de los colores. Qué se me hace que nació sabiendo.