Opinión
Ver día anteriorLunes 14 de diciembre de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
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La felicidad y sus causas
N

o recuerdo haber visto llover tanto en años. Un hombre dormita sentado en una banca del parque hecho una sopa, sin muestras de reaccionar al agua. A su lado un perro que parece de trapo, inmóvil sobre el trasero, quizás espera alguna señal o instrucción de su amo, si eso es el hombre que no sale del letargo que lo atornilla a la banca en condiciones tan poco favorables para un normal dulce hacer nada. Bajo el cobertizo de la parada de autobuses lo contemplo desconsoladoramente. Quien me viera echaría a llorar.

–Estás para llorar –dice Gina, que me acompaña en la parada del camión como lo ha hecho en otras paradas de mi vida.

Una suerte de euforia injustificada me alivia por dentro. En absoluto pienso en llorar, al contrario. Que lloren otros. Plenitud de nada, o con casi nada, bajo una lluvia perra, varado en un cobertizo de incómodos banquillos plegables. Pero con Gina. Sucede poco pero siempre es mucho. En este preciso, húmedo y frío punto de la eternidad visible poseo poco o mucho, según se mire. Al menos no me empapo como el señor de la banca y su perro como muñeco.

Gruesos hilos de agua caen por los lados de la visera de su gorra de beisbol sin insignia, enmarcan su rostro como a la ventana de una casa una tarde de lluvia. Ojos cerrados. Boca apretada. Cada mano sobre la rodilla correspondiente. Barba de 15 días. Alrededor de sus tenis rojos se forma un charco. Como si faltaran charcos, si son lo único que existe sobre la calle negra resplandeciente, la banqueta y el sendero del parque. El perro peludo, sin raza reconocible, no se sacude ni se inquieta. En otra zona de la ciudad pasarían (perro y amo) por instalación, performance, naturaleza viva, sesión de yoga o extravagancia conceptual. No, no andamos por el Centro Histórico, la Roma, el Parque México, el bosque de Chapultepec o el jardín de Coyoacán, no señor. Mas bien una calle cualquiera, numerada, sin personalidad, y un parque que ni nombre ha de tener, si es que sale en la Guía Roji, cosa que dudo. A este barrio ingrato habrá llegado si acaso algún programa delegacional de regularización proselitista, no la Ilustración Chilanga.

La caseta de la parada exhibe un cartel luminoso bajo una cubierta de acrílico. Generalmente se anuncian allí películas de estreno, desodorantes, ropa íntima para dama o compañías telefónicas. Hoy, Gina me hace notar, se publicita el Congreso Internacional de las Ciencias de la Felicidad. Boletos en taquilla y Ticketmaster.

–Chale –lamenta Gina–, un congreso que nos vamos a perder.

–Y ese –señalo sin escucharla.

–¿Qué? –dice Gina.

–No se mueve.

–Se ve muy a gusto.

–Crees que está muerto –digo sin signos de interrogación.

–Nel. El perro no estaría tan campante, se le nota orgullo de su amo. A lo mejor son felices y no lo sabemos.

Nos rodean tres paredes de acrílico; en una el anuncio del Congreso feliz, en otra un mapa ilegible, y una más, transparente, da al parque. Falta la cuarta pared, como en el teatro. Circulan carros torpes por el aguacero, peseras inabordables de llenas, motociclistas enfundados en hules y casco. Sólo nuestro camión no pasa. Gina y yo permanecemos secos gracias a Dios pero los pies se nos están encharcando. Un camión repartidor de refresco levanta una estela que casi nos llega, la libramos por milímetros.

Raro en mí, no tengo prisa. Gina nunca tiene. O sea que de momento nos encontramos a salvo de las frustraciones de estar perdiendo el tiempo, de ir tarde a un compromiso, de haber cometido el error de salir a la calle sin paraguas estando tan bien en donde habíamos estado o no habernos apurado para llegar adonde íbamos. ¿Adónde dijimos que vamos?

La lluvia coge fuerza, se desplaza en oleadas, azota los arbolitos escuálidos de la banqueta y el parque, los despeina y deshoja. El arroyo al pie de la guarnición de concreto arrastra bolsas y botellas de plástico, latas, una rata ahogada. La lluvia amaina repentinamente, alguien que le hubiera cerrado la llave. Elástico, sin esfuerzo, el hombre se incorpora de la banca. Yo nunca había visto despertar a una estatua. Abre los ojos, mojado hasta la médula, camina. Comienza a alejarse, pero antes saluda un poco a lo militar tocándose la visera de la gorra con la punta de los dedos. Sonríe con tal amplitud que me confundo. Se va y el perro, tan como si nada como él, lo sigue sin sacudirse el lomo como haría un perro empapado normal, sólo menea la cola. El hombre es ya mayor pero su paso, si se me permite decirlo, es jovial. Gina se me cuelga del brazo, pone la mejilla en mi hombro y dice:

–Ya ves, te dije que estaban más a gusto que nosotros.

–Pero si yo estoy bien a gusto aquí contigo.

Estamos, dijo el otro. Ya sé, tontito, pero tú te preocupaste por él. Tú y yo somos otro cuento –dice.

Y yo pienso que la felicidad es un arma caliente (ya cálmate, John Lennon). A pesar de la miserable tarde otoñal, la proximidad de Gina colgada del brazo no me lo desmiente.