Opinión
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Del terrorismo a la paranoia autoritaria
U

na vez confirmado que la caída del avión ruso de pasajeros en la península del Sinaí el pasado 31 de octubre fue consecuencia de un ataque terrorista, y con el telón de fondo de la respuesta despiadada del gobierno francés ante los cruentos atentados del 13 de noviembre en París, Europa vive en una oleada de pánico, su población padece la consagración de medidas autoritarias y el mundo parece haber entrado en una nueva etapa de irracionalidad bélica y de paranoia policial.

Mientras en Siria se intensifican los bombardeos franceses, rusos y estadunidenses en contra de posiciones del Estado Islámico, en la localidad francesa de Saint Denis tuvo lugar un intenso combate en el que, según rumores, pudo haber fallecido uno de los sospechosos de planear los atentados de París, el belga Abdelhamid Abaaoud. Dos vuelos de Air France fueron desviados por amenazas de bomba, se cancelaron los partidos de futbol Bélgica-España y Alemania -Holanda, así como un macroconcierto de rock en Alemania, y se reforzaron las medidas de seguridad en prácticamente todas las capitales europeas, desde Madrid a Moscú. El gobierno de François Hollande prohibió las manifestaciones ante la inminente realización de la cumbre climática de la ONU que se llevará a cabo en Le Bourget y anunció que su país rebasará el techo de endeudamiento establecido por la Unión Europea por los gastos imprevistos debido al incremento de las medidas de seguridad.

En tanto, prosiguen los atentados urdidos desde los integrismos islámicos. El pasado martes, en la localidad nigeriana de Yola, una bomba colocada en una parada de autobús provocó 32 muertos y 80 heridos y el atentado fue reivindicado por el grupo fundamentalista Boko Haram.

Es difícil comprender que a estas alturas, tras la gestación de Al Qaeda por la intervención estadunidense en Afganistán en los años 80 del siglo pasado, luego de que esa red cobró fuerza con la invasión de Irak, y tras los procesos de desestabilización emprendidos por Washington y Europa occidental en Libia y Siria, los gobernantes occidentales –a los que se agrega el presidente ruso, Vladimir Putin– sigan sin comprender que la escalada militar emprendida en Siria, Irak y otras naciones de Medio Oriente, Asia Central y África, tal vez logre desarticular al Estado Islámico pero reforzará y radicalizará las tendencias antioccidentales del sector más extremista del fundamentalismo islámico, el cual rencarnará, a no dudarlo, en nuevas y más peligrosas organizaciones. Y, a semejanza de lo sucedido a raíz del arrasamiento de Irak por una coalición encabezada por Estados Unidos, los atentados terroristas se multiplicarán y se expandirán por países que hasta ahora han mantenido relativa estabilidad.

Además de la cauda de destrucción y muerte que está provocando en Siria, la trágica miopía de Occidente tiene ya consecuencias nefastas en las propias naciones europeas –y las tendrá también, por extensión, en el resto del globo–: una reducción injustificable de las libertades individuales y de la vigencia de los derechos humanos y un reforzamiento de las decisiones gubernamentales discrecionales, arbitrarias y autoritarias. Tal es precisamente el significado de las reformas constitucionales exigidas el martes en Versalles por Hollande, en una sesión de las dos cámaras legislativas de su país, reformas que constituyen una versión francesa y contemporánea de la llamada Ley Patriótica que George W. Bush hizo aprobar tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

A las víctimas civiles que la insensatez bélica ha causado y seguirá causando en ambas orillas del Mediterráneo debe agregarse el súbito realce de las corrientes xenófobas que pretenden ubicar en el flujo de refugiados el origen de los atentados terroristas, así como de las tendencias islamofóbicas y, en reacción, antisemitas, que ya empiezan a traducirse en agresiones físicas en algunos puntos de Europa.

Sería iluso demandar sensatez a los grupos terroristas que ven en el asesinato masivo de civiles una diligente aplicación de las suras coránicas y que son, dicho sea de paso, absolutamente minoritarios en las sociedades islámicas; en esta circunstancia la racionalidad debe proceder de los gobiernos constituidos que han actuado por siglos en nombre de ella, y resulta imperativo que sus respectivos gobernados insistan en la convicción de que la violencia, la hipervigilancia policial y el recorte a los derechos y libertades, lejos de derrotar al terrorismo, lo fortalecerán.