Política
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Nosotros ya no somos los mismos

El nuevo rector de la Universidad Nacional Autónoma de México

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Fachada de la torre de Rectoría, donde se llevó a cabo la sesión en que la Junta de Gobierno eligió al nuevo rectorFoto Cristina Rodríguez
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on como las 2:20 del mediodía del viernes. El teléfono suena y mi hija dos, llamémosla Mariana, a quien tenía auténticamente sembrada en la torre de Rectoría, me dice sólo una palabra: ¡Graue!

Un reflejo condicionado por poco me catapulta en el peor de los ridículos y le grito: “Ya viste, te lo dije desde el principio. En esto tengo ojo, como si me hubiera atendido el eminente oftalmólogo, mi viejo amigo de la prepa cuatro, Enrique Luis Graue. Nunca hubo duda”. Él fue siempre el indicado. Pero recapacité en automático, porque no soy proclive a la mentira. Nunca se debe hacer con los hijos o cuando se lindan los riesgosos linderos del Alzheimer. En el hogar plural de pares, del que soy modesto miembro, en esta ocasión repartimos nuestras preferencias: la hija con la que hablaba y yo nos inclinábamos por Rosaura; la hija dos, llamémosla Ana, se expresó ante la junta en favor de Leonardo Lomelí. En mi ranking personal, el doctor Graue estaba en tercer lugar, aunque siempre pensé que si la elección se polarizaba agudamente se daría la tradicional salida del tercero en disputa. Habiendo ya salido del limbo, en el que la Junta de Gobierno nos tenía, regresé a mi martini y escribí en mi permanente cuaderno de doble raya qué sí y qué no me había satisfecho de la elección que recién había terminado. A saber: lo mejor del proceso electoral es, sin duda alguna, el resultado, no únicamente por el candidato electo, sino porque su elección es la prueba más irrefutable de que la Junta de Gobierno decidió con plena autonomía. Acertada o no, su decisión me deja el grato sabor que sólo produce la convicción de que ésta haya sido resultado de una mayoría de votos de conciencia. ¿Qué más? Pues la apertura de las rendijas, que por vez primera se abrieron a la comunidad para que atisbara a los contendientes, para que supiera qué facha tenían y cuáles eran sus ideas fundamentales. Fue como un acto de voyerismo académico, que me recordó al clásico de clásicos: los vimos y los oímos, pero ellos ni se enteraron de lo que pensamos. En una nota informativa publicada en este diario el primero de noviembre, firmada por Arturo Sánchez y Emir Olivares, se comunicó que con esa fecha se daba por terminado el periodo, que se había iniciado el 15 de septiembre, dedicado por la junta a explorar la opinión de la comunidad. Esa instancia del gobierno universitario, en su página electrónica, publicó: La Junta de Gobierno agradece la amplia participación libre y responsable de los más de 70 mil miembros de la comunidad universitaria. Mucho me gustaría saber cómo sucedió este inédito acontecimiento: la consulta duró 36 días, menos cinco domingos. Sospecho que son 31 días efectivos, salvo prueba en contrario. La junta se dividió en cinco grupos de tres miembros, menos el ingeniero Óscar de Buen Richkarday, quien prefirió viajar a Corea a discutir sobre la ventaja de las nuevas carretas frente a las brechas y los caminos rurales. O sea, ¿durante sólo 31 jornadas las cinco ternas en que se dividió la junta pudieron procesar las 70 mil opiniones, propuestas, reclamos y apoyos universitarios expresados tanto de viva voz como por prodigioso Internet? Cerrando los ojos ante esta peccata minuta, paso a comentar qué sí y qué no me gustó de la elección rectoril.

¿Qué no me gustó? Que por comodidad o extrema e injustificada precaución la Junta de Gobierno hubiera insistido en la secrecía, el sigilo y la falta de transparencia en la etapa esencial de su toma de decisión. No es correcto que le escamotearan al recién electo rector el derecho que tenía a una plena legitimidad. Calidad ésta que, ciertamente, tiene como elemento fundamental el apego a la legalidad, pero que se perfecciona cuando el voto (sólo 10 de 14 que interpretaron a 44 mil) se razona, sustenta, explica. Cuando se sufraga libre, honorablemente y de cara a quienes otorgaron el mandato, concedieron la honrosa y comprometedora prerrogativa. Como es mi convicción, que así se desarrolló la elección del doctor Graue, me sumo a la confusión de un eminente colega de los miembros de la Junta de Gobierno, el doctor Alberto Aguilera Valadez: ¿Pero qué necesidad?

¿Cuáles fueron los criterios que prevalecieron en una elección tan difícil, cuáles las razones que sustentaron su, así lo pienso, atinada decisión? En palabras claras: ¿Por qué los temas, asuntos y proyectos que plantearon a los candidatos y las propuestas de solución a problemas concretos que ellos ofrecieron y que a todos conciernen deben ser tratados con un sentido patrimonialista?

¿Qué no me gustó? La falta, sin justificante, del ingeniero Óscar de Buen. Y no me gustó desde el principio la candidatura de Sergio Alcocer. Pienso que su desempeño como estudiante, maestro, investigador y funcionario público es simplemente espectacular. Obviamente, fue un niño genio. Su presentación fue impecable y en todas sus apariciones públicas evidenció un carácter y dinamismo poco comunes, pero: nobody is perfect. Su campaña promocional fue más la de un candidato a diputado que la de un aspirante a rector. Pero esto no es nada. Será porque soy muy sentido, pero el que renunciara al honrosísimo cargo de ser secretario de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para ingresar al gabinete calderoniano me resulta una falta de lesa UNAMidad. Pero además un garrafal error de cálculo (y es ingeniero): renunciar como secretario de la UNAM con un rector que deja el cargo entre vítores, goyas y cohetones para ser subsecretario de Felipe de Jesús me provoca, lo menos, confusión y sospechosismo.

Me quedan por aclarar las cosas que me gustaron o no de Bolívar, Lomelí, Rosaura y, por supuesto, del Presidente de la República y del rector José Narro. Lo haré después de que el doctor Graue pronuncie su discurso al asumir su honroso encargo y, en el que espero, confirme su dicho: Creo en la universidad pública como la mejor forma de promover la equidad y la justicia social. El Estado debe otorgar el financiamiento necesario y suficiente. Creo en una universidad laica, tolerante, incluyente, que dé cabida a todas las creencias, a las distintas preferencias sexuales y a las diversas corrientes ideológicas, que promueva la equidad de género y que reconozca las diversas etapas por las que atraviesa la mujer. Creo en una universidad con la capacidad de indignarse ante la injusticia y la inequidad social, y que en ejercicio de su libertad analice los problemas nacionales y proponga soluciones valiéndose de su inteligencia colectiva. Creo en la autonomía universitaria, como la libertad de dirigir nuestros destinos, para definir en forma colegiada nuestro proyecto educativo. Creo en una universidad segura y en paz, y sin cabida a la delincuencia. Creo en una relación respetuosa, pero independiente y firme, con el Estado mexicano.

Si el doctor Graue ratifica como rector lo que afirmó como candidato, merece no el beneficio de la duda, sino la solidaridad de la esperanza.

Hoy domingo recibí el correo que incorporo a continuación. Me lo envía el profesor e investigador de la Universidad de Sonora Domingo Gutiérrez Mendívil, a quien agradezco infinitamente el mejor final que esta columneta hubiera podido tener. Se trata de un párrafo de la carta enviada por Ignacio García Téllez, al recién nombrado rector de la Universidad de Michoacán, Alberto Bremauntz. Este es un pensamiento de los que se puede afirmar que caen como anillo al dedo.

Ojalá y usted obtenga luego un referendo de su designación por la mayoría del profesorado y de sus alumnos para que no dependa de las heterogéneas juntas de gobierno de las universidades, por distinguidos que individualmente sean sus miembros, pues no deben extirparse las prácticas cívicas en las elecciones de los dirigentes universitarios, a fin de que ellas sean escuelas de efectividad y pureza democrática y sus guías responsabilizados con las exigencias del pueblo para hacer de la alta cultura el medio supremo del empleo de la ciencia, la técnica y la virtud al servicio de los menesterosos, de la independencia integral de la nación y de la fraternidad humanas.

Ignacio García Téllez fue rector de la UNAM y secretario de Educación y de Gobernación. Fue, por encima de todo, un revolucionario probo y constructor incansable de instituciones al servicio de los mexicanos.

Twitter: @ortiztejeda