Opinión
Ver día anteriorLunes 19 de octubre de 2015Ver día siguienteEdiciones anteriores
Servicio Sindicado RSS
Dixio
 
La izquierda en cuestión: el futuro
E

l mexicano José Ángel Gurría, secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que reúne a los 34 países más desarrollados del mundo, declaró recientemente en la capital de la República que México es precisamente, de todos los países de la organización, el más desigual, es decir, en el que se encuentran mayores contrastes (diferencias que podríamos calificar de abismales) entre pobreza y riqueza, entre miseria y abundancia, con todo lo que esto implica en materia de salud, educación, vivienda, calidad de vida, etcétera.

Con todo respeto, pero muchos mexicanos tenían ya la sospecha, por no decir la evidencia, de lo anterior. Es bueno, sin embargo, que un funcionario internacional de alto rango venga a mencionar la cuerda en casa del ahorcado, precisamente en los tiempos en que las autoridades nacionales proclaman, quitados de la pena, que las reformas estructurales nos están enviando por el camino del desarrollo, que tal es el camino acertado y que esperemos un poco a que esas reformas terminen de cuajar para que podamos tener plena evidencia de todas sus certezas, lo cual suena a hueca palabrería que solamente sirve para ocultar el hecho mayor y cierto de que tales reformas, en realidad, sólo han servido para concentrar aún más la riqueza y ampliar la pobreza que sufre cada vez más dramáticamente un mayor número de mexicanos.

Por lo demás, debemos advertir que tal fenómeno de concentración de la riqueza y ampliación de la pobreza no es exclusivo de México, sino que es inherente a la estructura misma del capitalismo actual, de la economía globalizada de estos tiempos, que es una globalización neoliberal, que es la traducción práctica del capitalismo neoliberal que se ha impuesto arrolladoramente en prácticamente todas las zonas del planeta, que es la forma esencial en que funciona hoy el capitalismo que se ha impuesto en todas partes del mundo. Por supuesto que sigue existiendo el imperialismo, pero ya en otra forma, que no necesariamente es el de las invasiones armadas, como antes, sino que ahora consiste en las inversiones de las corporaciones multinacionales que las colocan en zonas favorables para extraer dinero, explotar y especular, con particular atención a la mano de obra barata, y que se traducen en el control político inmediato de los países que las reciben y que, también por vía de la especulación, han encontrado la forma de enriquecerse a costa de la pobreza en buena parte del mundo.

Saqueo, pues, de capitales y riqueza para empobrecer más las zonas de miseria y concentrarlos en las zonas de mayor afluencia mundial, encabezadas por algunos países, particularmente Estados Unidos, y que han cambiado radicalmente la faz del mundo. Recordemos que el neoliberalismo aparece cuando las grandes potencias y sus corporaciones consideraron que la tasa de ganancia que recibían bajo el capitalismo de bienestar, que bajo la presión de las masas estaba obligado aun a realizar diversas inversiones sociales para impedir el desborde de las poblaciones pobres, pero cuya solución fue más extrema: recortes tajantes de gastos en educación, salud y una apertura incontenible al flujo de capitales (sobre todo hacia fuera), y la obligación de los países receptores de capitales de inversión de mantener el orden, sin excluir la represión, y la conversión de esos países en zonas de corrupción galopante, favorables a los beneficiados locales y extranjeros, que amasan grandes fortunas (buenos ejemplos: México, Brasil o Chile). Por supuesto, teniendo como supuesto la contención de los sectores de la sociedad que reclamaban y reclaman mayor igualdad económica, como la que ahora denuncia José Ángel Gurría.

El cambio es tan grande que los estados nacionales han perdido relevancia en favor de las corporaciones, es decir, los estados han perdido independencia y autonomía, hasta el punto en que prácticamente ha dejado de existir la comunidad de estados en favor de las corporaciones multinacionales, que detentan de manera prominente el poder político. El ejemplo de México es típico y aterrador, ya que de hecho nos hemos anexado a Estados Unidos, tal vez todavía sin las formalidades del caso.

Naturalmente este nuevo modus operandi del capitalismo implica por definición la anulación y la contención de aquellos sectores que piensan en alternativas y en otras formas de organización social, y en primer lugar cualquier movimiento u organización que huela aun remotamente a socialismo. Por supuesto, los medios de comunicación en el sentido más amplio: televisión, radio, periódicos, pero también las escuelas, las universidades y las iglesias, forman parte de esta nueva guerra santa contra cualquier idea que se aproxime así sea remotamente al socialismo, y en la práctica se ha llegado a la eliminación casi total de los partidos de izquierda y de los núcleos difusores de tales ideas subversivas. Por supuesto, el desastre del estalinismo ha ayudado enormemente a esa propaganda masiva, y ha sido punto de apoyo fundamental a esa empresa publicitaria de la extrema derecha que, en primer término, se propone barrer con cualquier idea de subversión izquierdista o antisistémica o de oposición más o menos radical al estatus imperante.

Pero, por supuesto, las sociedades no permanecen coaguladas o paralizadas enteramente: los movimientos sociales son hoy la principal señal del rechazo y repudio a la situación establecida. Los movimientos sociales, como todos sabemos, tienen objetivos muy concretos: los derechos humanos, la corrupción, las desapariciones forzadas (ejemplo Ayotzinapa), la igualdad de las mujeres, el medio ambiente, etcétera. Sin embargo, lentamente, y según los países, comienzan a surgir partidos políticos de izquierda: por supuesto Syriza en Grecia, o Podemos en España, o los vuelcos que anota Wallerstein hacia la izquierda en distintos parlamentos, como señala en su último artículo de La Jornada. ¿Qué pasará en Argentina?

En México evidentemente sigue vivo Morena, bajo la dirección de Andrés Manuel López Obrador, que anuncia un cambio de régimen hacia la izquierda en las elecciones presidenciales de 2018, y que por eso mismo se ha convertido en un bastión atacado reiteradamente por la derecha mexicana.