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Mikhail Ruby, hoy en el anfiteatro Simón Bolívar de San Ildefonso

La música me salvó; el piano y las partituras son mi centro

Debemos hacer todo por popularizar el arte, expresa en entrevista

 
Periódico La Jornada
Domingo 12 de abril de 2015, p. 5

El pianista ruso Mikhail Rudy recuerda que Mendelssohn sostenía “que la música es demasiado precisa para ser descrita con palabras. Creo que siempre será mística y mágica, provocará un shock emocional del que estaremos agradecidos”. Hoy, el músico ofrecerá un concierto a las 12 horas en el Anfiteatro Simón Bolívar, del antiguo Colegio de San Ildefonso, dentro del Festival Centro Histórico.

En esta presentación el pianista (Uzbekistán, 1953) interpretará, en la primera parte, Intermezzi, op. 117, y Klavierstüke, op. 118, de Brahms; en la segunda parte, El color de los sonidos, ejercicio en el que se proyectará el filme que realizó con obras de Chagall y música de Gluck, Mozart, Wagner, Debussy y Ravel, propuesta similar a la que presentó en México en 2013, titulada Cuadros de una exposición, con acuarelas de Vasily Kandinsky y música de Modest Mussorgsky.

La infancia y la juventud de Rudy, reconocido como uno de los grandes pianistas del mundo, fue difícil. Su familia fue deportada por el régimen soviético a Uzbekistán, donde nació. A los cinco años descubrió la música y después estudió en el Conservatorio Chaikovsky de Moscú. A mediados de los 70, después de una gira internacional, pidió asilo político en Francia; desde entonces colabora con grandes orquestas y directores del mundo.

La música me salvó. Se convirtió en mi centro. Puedo estar en México, París o cualquier parte del mundo, pero el piano y las partituras son mi centro y siempre estarán ahí hasta el final, dice en entrevista.

Mikahil Rudy no se dedica sólo a la música clásica: escribió el libro The novel of a pianist, además de obras de teatro; también ha realizado videos experimentales. Fundó además el Festival Saint Riquier, y ha obtenido numerosos premios por sus interpretaciones. Cada vez hago más cosas. He tenido que renunciar sobre todo a dar conciertos. Antes ofrecía unos 100 al año, ahora, la mitad.

Así que roba tiempo al tiempo. “Siempre me interesaron muchas cosas, pero primero era como espectador; lo que hago ahora es bastante reciente. Antes lo hacía de manera privada, pero algunos de mis proyectos tuvieron mucho éxito.

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Hoy interpretará Intermezzi, op. 117 y Klavierstüke op. 118, de Brahms, en la primera parte; luego, El color de los sonidosFoto Yazmín Ortega Cortés

Cada vez pensaba que me iban a castigar por no dedicarme nada más a la música, a tocar, pero después de 30 años de conciertos en todo el mundo me di ese lujo de dedicarme a otras cosas; entonces, estoy experimentando mucho más.

Parte de esta experimentación es su disco más reciente, que saldrá en unos días, que incluye el concierto que ofreció en el Louvre con uno de los representantes de la música electrónica, Jeff Mills. Ha trabajado también con el pianista de jazz Misha Alperin, con improvisaciones sobre el repertorio clásico.

Para mí es natural hacer esta vinculación entre la música clásica y otros géneros, así como con la escritura. He escuchado eso toda mi vida, he escrito toda mi vida. Me gustan la poesía y la pintura desde siempre, sólo que pensaba que eran incompatibles con la disciplina de un concertista, pero encontré un equilibrio. Después de varias décadas de concertista me sentía un poco frustrado porque tenía todo eso dentro. Habría sido tonto no lanzarme. Dio un poco de miedo, pero lo hice.

El trabajo del artista en la sociedad moderna es muy útil, añade. “Creo en eso y lo veo. Hablo de la música clásica, podría parecer que sólo la escucha cierto tipo de personas, la burguesía –no tengo nada contra la burguesía, aclaro–, pero hay otras experiencias, como la de Venezuela, es increíble, hay esperanza.

Pienso que todo mundo ya tiene acceso a la música, no es una cuestión económica, sino cultural que lo impide. Todo lo que podamos hacer para popularizar la música, pero también la literatura, la poesía, se debe hacer, porque es lo que da valor a la civilización. Cuando trabajo no pienso demasiado en eso, porque mi papel es servir al compositor. Ser lo mas fiel a Brahms o a Schubert y transmitirlo al público. Mi papel es más modesto.