Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Suplemento Cultural de La Jornada
Domingo 14 de diciembre de 2014 Num: 1032

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Narrar para resistir
Esther Andradi entrevista
con Nora Strejilevich

Las posadas
Leandro Arellano

Tres poetas:
Antony Phelps,
Horacio Benavides y
Xavier Oquendo

Marco Antonio Campos

Bestiario adentro
Adolfo Echeverría

El nuevo Tao o
la iluminación final

Alejandro Pescador

Después de la Muestra
Carlos Bonfil

Algunos encuentros
Juan Manuel Roca

Leer

Columnas:
Galería
Ingrid Suckaer
Jornada Virtual
Naief Yehya
Artes Visuales
Germaine Gómez Haro
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Paso a Retirarme
Ana García Bergua
Cabezalcubo
Jorge Moch
Prosaismos
Orlando Ortiz
Cinexcusas
Luis Tovar


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La Jornada Semanal

 
 
Foto: www.laopinioncoruna
¿Cómo contar la desaparición? ¿La propia y la de una generación? ¿Cómo escribir que de un día para otro ya no se verá al hermano ni a la novia del hermano ni a los primos ni a los tíos ni a los amigos, y que una misma está en esa telaraña, secuestrada en un lugar sin nombre ni tiempo ni señales? Nora Strejilevich, argentina, tenía veinticinco años y era una egresada de la carrera de Filosofía y Letras que soñaba con dedicar toda su vida a la enseñanza cuando, en 1977, un comando paramilitar la arrastró desde su departamento de Buenos Aires a un campo clandestino de detención denominado Club Atlético. Liberada más tarde, se exilió en Canadá, donde se doctoró en Literatura Latinoamericana, y desde entonces escribe. Escribe como una forma de la sobrevivencia al horror; reconstruye con su voz el relato de quienes ya no pueden testimoniar; rearma la historia familiar, pero también la de una generación desgarrada, y la de una sociedad que debe hacer memoria para no repetir. Su novela Una sola muerte numerosa, premiada y publicada por primera vez en Estados Unidos, ya lleva varias ediciones en Argentina. Ahora acaba de ser traducida al alemán y presentada en Berlín.

entrevista con Nora Strejilevich

Esther Andradi

–¿Cuándo sentiste la necesidad de testimoniar lo que te sucedió como si fuera una novela que no es ficción?

–Jorge Semprún –sobreviviente de Buchenwald durante el nazismo– preguntaba: “¿Cómo contar una historia poco creíble, cómo suscitar la imaginación de lo inimaginable si no es elaborando, trabajando la realidad, poniéndola en perspectiva?” Y concluía que la verdad esencial de la experiencia sólo es transmisible mediante la escritura literaria. A mí me pasó eso. Por eso María Malusardi dijo, a raíz de mi libro, que cuando el dolor insiste, la escritura reinventa su oficio y se empecina en la memoria como valor estético complejo enclavado en una ética. Sentí la necesidad de testimoniar así desde el día en que me senté a contar lo que me había atravesado (mi secuestro y liberación, la desaparición de mi hermano, de su novia, de mis dos primos hermanos y de tantos amigos); al intentar un relato ordenado, con comienzo, medio y final, surgía un texto que no revelaba la dimensión del horror. Tuve que retorcer las palabras y alterar la puntuación y fragmentar la escritura para que mi decir se acercara a lo vivido.

–En tu ensayo Una genealogía testimonial escribes que “el cuerpo nada olvida”. ¿La literatura testimonial es capaz de traducir la memoria del cuerpo al lenguaje escrito?

–El cuerpo, en realidad, olvida el dolor. Pero la huella del dolor queda inscrita en ese misterio que llamamos inconsciente. No toda literatura, testimonial o de ficción, logra traducir esa dimensión, pero algunas lo logran. El lector determina en qué caso el intento de traducción es efectivo.

–La prosa poética, el recorte periodístico, el testimonio, la ironía, el humor negro, la incorporación de rimas infantiles, canciones patrióticas, letras de tango... ¿cómo te conectaste con diferentes géneros para narrar el horror?

–Para mí esta experiencia límite no podía contarse como otras, requería un trabajo de figuración que usara otras estrategias. Inventé una textura que incorporaba hilachas de nuestro universo cultural, porque fue ese universo el secuestrado y amordazado por la dictadura: las canciones infantiles, filtradas por la atrocidad, la subrayaban e indicaban que el terror se ejerce en una sociedad que está educada para soportarlo. Los juegos infantiles (como ese que dice “cuando te mueras te vas al infierno”) también revelaban que nuestra educación está filtrada por la amenaza y el terror. Las citas de libros me ayudaban a situar la experiencia, porque no quería explicar nada. Las declaraciones para el Nunca más le daban legitimidad a mi palabra y a la vez mostraban sus limitaciones: ese estilo escueto, oficial, no lograba pronunciar lo que la literatura que acompaña a esas citas expone. Me importaba el montaje de todos estos elementos para que el lector los uniera en su imaginación.

–¿Y el humor? ¿De qué manera se articula la memoria del dolor con el humor?

–El humor y la ironía nos permiten distanciarnos del sufrimiento. Muchas de las escenas vividas en los campos, tan increíbles y absurdas, se prestan –a mi juicio– para el humor –aunque sea humor negro. Este humor nos permite sobreponernos a la victimización: si me río de mi victimario ya no soy su víctima. Todo depende de qué me ría y cómo.

–La literatura como sanación, el arte como medicina... ¿Narrar cura al autor? ¿Y al lector?

–Narrar es un fármaco que calma. No cura pero alivia. No sana pero ayuda a comprender, a sobrellevar y, sobre todo, a resistir. No es la única manera de hacerlo, pero el arte siempre busca darle forma al dolor. A veces el dolor deforma, pero eso también se logra mediante la estética. Quizá hace falta la literatura, en estos casos, para que lo invivible resulte transmisible.

–¿Puedes comentar el papel de la literatura en los juicios por crímenes del terrorismo de Estado que se están desarrollando en los últimos años en Argentina? ¿En qué medida fue cambiando la actitud de la sociedad argentina frente a los crímenes de la dictadura a casi cuatro décadas de su comienzo?

–El Estado argentino, a partir de 2003, reconoce públicamente su responsabilidad en el terrorismo de Estado e impulsa juicios públicos que continúan hasta el día de hoy y marcan un antes y un después en el imaginario social. Esto no significa que todos los ciudadanos admitan que hubo un genocidio, ni siquiera que sepan que estos juicios son históricos. Pero el relato de los testigos se va filtrando, la justicia va dejando sus marcas. La literatura a veces participa en los juicios, de distintas formas: hay testimonios literarios con base en los cuales se le formulan preguntas a los testigos, y en alguno que otro Juicio de la Verdad (juicios no destinados al castigo que se hacían en los noventa) se leyeron fragmentos literarios que relatan lo dicho, en otro lenguaje, por las víctimas. Los lenguajes confluyen para nombrar eso que nunca debió haber sucedido.