Opinión
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Nazis en Estados Unidos
A

veces descubrimos algo de nuestro pasado que nos sorprende o, cuando menos, nos confirma algo que sospechábamos. En Estados Unidos (y otros países, incluyendo Canadá, Australia y Argentina), no pocos ciudadanos se han enterado de algo que los incomoda mucho: que sus padres, quienes creían que habían salido de Alemania como refugiados políticos tras la Segunda Guerra Mundial, en realidad habían participado activamente en el movimiento nazi.

¿Cómo fue posible que en la década que siguió a la rendición de Alemania en 1945 miles de nazis, en su mayoría alemanes, hayan emigrado a Estados Unidos? En los últimos años se han hecho públicos muchos documentos oficiales del gobierno estadunidense que nos ayudan a responder a esa pregunta.

Es un capítulo vergonzoso de la historia que el gobierno estadunidense, por conducto de la CIA y la FBI, logró encubrir durante décadas. Se trata de un caso de hipocresía de Estado.

Por un lado, hay que recordar la obsesión antinazi de Washington. Así lo demuestran los discursos del presidente Franklin Roosevelt. En Casablanca en enero de 1943, Roosevelt logró convencer a Winston Churchill y a Josef Stalin para que exigieran la rendición incondicional de Alemania y las demás potencias del Eje. Roosevelt habló de la necesidad de un proceso de desnazificación y de imponer duras penas a los dirigentes bárbaros que fueran culpables.

Por otro lado, al final de la guerra en Europa, Estados Unidos se apresuró a proteger a miles de nazis por dos razones principales: porque eran científicos reconocidos o porque tenían experiencia en el espionaje a la Unión Soviética.

Del primer grupo se ha escrito bastante y se sabe que Moscú también reclutó a muchos científicos alemanes. Al parecer uno de los primeros en sugerir ese reclutamiento fue el general George S. Patton, un admirador de los avances científicos y tecnológicos de Alemania. Se calcula que ingresaron a Estados Unidos unos mil 600 científicos, muchos de ellos miembros del Partido Nacional Socialista.

El más famoso en Estados Unidos fue Wernher von Braun, reconocido como uno de los responsables de la conquista del espacio. Se sabía que había diseñado los proyectiles balísticos V-2 con los que Hitler se entusiasmó y lanzó por toda Europa. Lo que el gobierno estadunidense encubrió, sin embargo, es que Von Braun fue miembro del partido nazi y militó en las Waffen-SS y, peor aún, conocía las condiciones infrahumanas, de esclavitud no disimulada, de los prisioneros de guerra que trabajaban a marchas forzadas en la producción en masa de los V-2.

Del segundo grupo, el de los espías nazis, apenas ahora se empiezan a conocer los detalles. Quizás el principal impulsor de su contratación fue Allen Dulles, quien durante la Segunda Guerra mundial trabajó en Suiza como agente de la Oficina de Servicios Estratégicos, la antecesora de la CIA (que él mismo dirigiría a partir de 1953). Dulles también fue un ferviente anticomunista y uno de los principales responsables de la rápida transformación de la obsesión antinazi en Washington en una cruzada contra el comunismo.

En los últimos años han aparecido muchos libros sobre los nazis que lograron escaparse de Alemania. A principios de este año salió a la venta Operation Paperclip, escrito por Annie Jacobsen, cuyo subtítulo es The secret intelligence program that brought nazi scientists to America.

Recientemente se publicó otro libro que describe con mayor precisión la forma en que unos 10 mil nazis emigraron legalmente a Estados Unidos. Eric Lichtblau, un periodista de The New York Times, echó mano de los documentos –informes secretos, entrevistas, correspondencia entre distintas dependencias del Poder Ejecutivo– que ahora se han hecho públicos. En The nazis next door: how America became a safe haven for Hitler’s men, detalla cómo Dulles, muchos meses antes de la rendición de Alemania, ya había empezado a reclutar a espías nazis.

El encubrimiento de las actividades de algunas agencias del gobierno federal, en particular la CIA y la FBI, en relación con la llegada de miles de nazis a Estados Unidos, se ha repetido a principios de este siglo en otros dos asuntos: primero, el Poder Ejecutivo estadunidense se hizo de la vista gorda en cuanto a las prácticas ilegales de financieros y banqueros que detonaron la crisis de 2008, y segundo, la actitud pasiva del gobierno ante algunos excesos de la guerra contra el terrorismo.

La verdad sobre este último caso quizás sólo salga con el tiempo a través de investigaciones periodísticas. Por ahora, el gobierno federal ha tratado de desalentar dichas investigaciones.

Así ocurrió durante décadas con los periodistas que se interesaron en el tema de los inmigrantes nazis. Uno de ellos, Charles ( Chuck) Allen, no cesó en su búsqueda de ex nazis en Estados Unidos pese a que fue investigado por la FBI, que lo tildó de comunista.

El gobierno federal sólo reconoció su encubrimiento cuando algún individuo fue expuesto por la prensa. Las dependencias del Ejecutivo protegieron a muchos ex nazis durante más de cinco décadas y, curiosamente, pocas organizaciones judías se interesaron en descubrirlos.

En 1979 las cosas empezaron a cambiar. A instancias del Congreso, el Departamento de Justicia que encabeza el procurador general creó la Oficina de Investigaciones Especiales (OSI, por sus siglas en inglés) y el gobierno federal inició por fin una búsqueda sistemática de los ex nazis en Estados Unidos. Pero los investigadores descubrieron mucho más.

En 1986 la OSI encontró pruebas fehacientes de que Kurt Waldheim, el ex secretario general de la ONU y a la sazón candidato a la presidencia de Austria, había colaborado con los nazis siendo oficial en el ejército alemán en Yugoslavia. Al año siguiente, el procurador general se vio obligado a prohibirle la entrada a Estados Unidos al ya, para entonces, presidente austriaco.

Durante décadas Washington no siguió la política que Roosevelt había anunciado hacia los nazis derrotados. Con la OSI se corrigió el rumbo.