Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 6 de julio de 2014 Num: 1009

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Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

La balada de
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Guillermo García Oropeza

El cuento español actual
Antonio Rodríguez Jiménez

Vista de la Plaza
Río de Janeiro

Leandro Arellano

Querido Prometeo
Fabrizio Andreella

El Canal de Panamá:
una historia literaria

Luis Pulido Ritter

Borges y Pacheco
Marco Antonio Campos

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Columnas:
Bitácora bifronte
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La Otra Escena
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Hugo Gutiérrez Vega

Reflexiones de un futbolista torpe

En el número del suplemento de la semana pasada un grupo distinguido de escritores analizó a fondo distintos aspectos de ese excelente deporte, fenómeno social único y espléndido negocio para empresarios, fiferos y medieros.

En mis mocedades jugué futbol con más torpeza que entusiasmo y seguí con cuidado y emoción los acontecimientos de la liga de primera división, cuya temporada duraba un año entero. Pertenezco a la arqueología futbolera: un portero, dos defensas, tres medios y cinco delanteros. Recuerdo que el centro medio, puesto que yo ocupé para preocupación de mis compañeros, era el que repartía el juego a las alas (ahora carrileros). Las alas daban el pase al interior y el interior le ponía en bandeja de plata la oportunidad al divo futbolero de aquellas épocas, el centro delantero.

Los equipos que recuerdo son el Atlante, el Necaxa, el Oro, el Guadalajara, el Atlas, el Marte, el ADO, el Veracruz, el España y el Asturias. Mis jugadores predilectos eran Isidro Lángara, el Chato Iraragorri, Vantolrá, Casarín, el Dumbo López, el Moco Hilario, el Cazuelas Grajeda, el Jamaicón Villegas, el Pirata Fuente (personaje de un cómic muy leído), y un portero de personalidad y figura muy originales: el Gordo Urquiaga, vasco fortachón y hasta panzón que aumentaba su peso con tobilleras, rodilleras, musleras, un peto, guantes y cachucha. El gordo volaba por los aires, dominaba el despeje zamorano y mantenía su portería casi cerrada, tanto por su volumen como por su habilidad. Casi todos los peninsulares eran originarios de Euskadi; habían pertenecido a la selección vasca que vino a hacer la América, el estallido de la Guerra civil española los sorprendió en México y la mayoría prefirió quedarse en tierras americanas y se acomodó en distintos equipos, especialmente el España y el Asturias. Isidro Lángara fue campeón de goleo en varias temporadas y en una de ellas marcó más de noventa goles. No olvide el lector que un futbol tan abierto producía marcadores abultados... Seis a cuatro, ocho a seis, diez a seis, etcétera. Vino después el catenaccio de los italianos y el gol se volvió una perla preciosa.

La selección mexicana jugó en la Copa Mundial de este año con pundonor, entusiasmo y honradez. No soy técnico en estas cosas y mis torpes antecedentes me impiden dar opiniones enfáticas, pero tengo la impresión de que pesa sobre nosotros una maldición gitana o de que nuestro equipo es y será por los siglos de los siglos de segunda ronda. Lucinda, mi compañera, me dice que me porté enfático habiendo prometido no hacerlo. Corrijo y quito lo de los siglos de los siglos. El caso es que, al margen de toda la basura comercial, la gritería mediática y la inaceptable homofobia del macherío nacional, la selección cumplió con creces su papel y se quedó, de acuerdo con su calidad de juego, en la segunda ronda.

Los analistas que mencionaba al principio nos hablaron del orgullo tribal, del escape de la realidad durante noventa minutos, de la histeria provocada por los medios, sobre todo los electrónicos, con el simple y obsceno objeto de ganar dinero, y de la angustia que viven los espectadores, especialmente los niños, provocada en buena medida por las falsas expectativas creadas por esos mismos medios. Estoy de acuerdo con los autores de nuestro número anterior, pero quisiera ponerles un ejemplo de fiesta popular que ha derrotado a los comerciantes y a los locutores: el carnaval brasileño. El futbol triunfa sobre los carroñeros que lo rodean y explotan. Es más fuerte que todos los que medran con su comercialización.

Por último, quiero recordar a dos locutores inteligentes, entusiastas, eruditos y autores de interesantes neologismos: Fernando Marcos y Ángel Fernández. Los actuales, en mi humilde y nuevamente torpe opinión, son más bien bembos y cortesanos. Además, su ignorancia los lleva a considerar que los suizos son los helénicos. Así lo dijo el más histérico y gritón de ellos, autor de alburcillos clasemedieros y de neologismos rudimentarios. A pesar de todo esto, triunfa el deporte y la tribu escapa de la realidad y une sus pobrezas para vivir un momento de euforia en torno al Ángel de la Independencia.

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