17 de agosto de 2013     Número 71

Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER

Suplemento Informativo de La Jornada

Country: Música en la
Tierra Prometida


FOTO: Archivo

Camila González Paz Paredes

“La primera canción que recuerdo haber cantado se llamaba Voy rumbo a la Tierra Prometida (I am bound for the Promised Land). Iba en la parte de atrás de un camión, camino a Arkansas, hacia la primera casa en la que recuerdo haber vivido: un lugar cerca de las vías del tren (…) donde mi familia había terminado después de una serie de movimientos dictados por los rigores de la Depresión. (…) La casa a la que nos dirigíamos era un trato recién salido del New Deal. A fines de 1934, papá había oído del nuevo programa que corría la Administración Federal de Asistencia de Emergencia (Federal Emergency Relief Administration) en el que los agricultores como él, arruinados por la Depresión, serían reasentados en tierras que había comprado el gobierno. (…) la Tierra Prometida: una casita nueva con dos recámaras, sala, comedor, cocina (…) baño afuera, establo, gallinero (…) Para mí, lujos innombrables. No había agua corriente, claro, ni electricidad; ninguno de nosotros hubiera siquiera soñado con esos milagros.”

Así lo recuerda en su autobiografía un músico que popularizó y mantuvo vivo el country, tras el despegue del rock’n’roll, luego del rock progresivo, del pop ochenteno y aun del grunge y los géneros pesados de adolescencia noventera: el fabuloso Hombre de Negro, Johnny Cash. Desde que grabó sus primeros discos en los años 50’s –de esos que tenían una canción por lado–, el rock’n’roll ya empezaba a desplazar a la música tradicional sureña, folclórica y difícilmente comercializable entre una juventud estadounidense cada vez más lejos de los campos de algodón y más cerca de los rascacielos, más lejos del banjo y la guitarra acústica, y más cerca de los amplificadores y el teclado midi.

Ella May Wiggins,
una obrera combativa

Entre las cruentas batallas ocurridas en las fábricas textiles del sur de Estados Unidos se cuenta la huelga de Gastonia, Carolina del Norte, en 1929. El 14 de septiembre de ese año, en el clímax del conflicto, una mujer pequeña, de 29 años de edad, fue asesinada por una turba armada de la empresa. Se llamaba Ella May Wiggins, quien escribió la canción Ballets para su sindicato y para la huelga.

“Yo soy la madre de nueve hijos”, dijo. “Cuatro de ellos murieron de tosferina, todos a la vez. Trabajaba durante las noches y nadie estaba con ellos, sólo Myrtle. Ella tiene 11 años y ayudaba ‘echándoles un ojo’. Le pedí a mi jefe que me cambiara al turno de día, para poder atender a mis hijos, pero él no aceptó, no sé por qué. Así que tuve que renunciar a mi trabajo y no había dinero para la medicina, por lo que finalmente los niños murieron. Nunca pude hacer nada por ellos, ni siquiera mantenerlos vivos, tal parece. Es por eso que estoy a favor del sindicato y hago lo mejor que puedo por él”.

Ella May pudo poner este breve y amargo comentario en la canción Lamento de una madre de la fábrica textil. Cuando el cuerpo de Ella May iba bajado a la tumba, ante los ojos de cientos de sus compañeros del sindicato que llegaron a rendirle un último homenaje, uno de los trabajadores cantaba su canción.

Lamento de una madre textilera
Ella May Wiggins

Salimos de casa por la mañana,
le damos un beso a nuestros hijos.
Y mientras el patrón nos esclaviza
ellos lloran y gritan.

Todo lo que ganamos
lo debemos al tendero.
Ni un centavo para ropa,
ni un centavo para ahorrar.

Todas las noches
nuestro hijo pequeño dice:
“Madre, necesito zapatos
y también mi hermana May”.

Todos deben saber
cómo duele el corazón de una madre
que no puede comprarles zapatos a sus hijos
porque el sueldo no le alcanza.

Es por nuestros hijos,
que todo nos parece tan caro.
Sólo que a los patrones,
eso no les importa.

Pero entiendan, trabajadores,
ellos le tienen miedo al sindicato.
Entonces debemos estar juntos,
mantener nuestra unión.

Fuente: American industrial ballads, Pete Seeger+banjo, Folkways Records Album No. FH 5251, 1956

La palabra inglesa country habla de una forma de vida que ya no existe en nuestros días, en la que vivir del campo (country) era también vivir de su música (country). Durante la primera mitad del siglo XX, el sur rural de los Estados Unidos se basaba en dos actividades: el duro trabajo en los campos de algodón y las canciones. Era imposible sobrevivir a las largas faenas durante todo el año sin cantar para darse ánimos, para comunicarse, para divertirse. Vecinos y familias se reunían en los momentos de descanso o en las horas de lluvia, en el granero o al pie de la escalera, para rasguear las guitarras, improvisar letras y corear rogándole a Dios que no llegaran los gusanos, que este mes no hubiera inundaciones, que la tierra aguantara una cosecha más, que alcanzara el tiempo para pizcar el algodón antes de que las lluvias lo arruinaran.

Ahora sólo sabemos de esta forma de vida por algunas películas, pero sobre todo por los músicos country de los 60’s y 70’s que llegaron al estudio de grabación y lograron poner unos cuantos éxitos en la radio.

Cuando era un bebecito
mi madre me mecía en la cuna
allá en los viejos campos de algodón, en casa.
Ahora sonará chistoso,
pero no hacías mucho dinero
allá en los viejos campos de algodón, en casa.
Cuando las bolas se pudrían
no mucho podías recolectar,
allá en los viejos campos de algodón, en casa.
Era en Luisiana,
A una milla de Texarkana,
en los viejos campos de algodón, en casa.

Así va la canción Campos de algodón (Cotton fields) que popularizaron los Beach Boys en 1968 y los Creedence en 1969. Se trata de una melodía tradicional de la música country, escrita en 1940 por Huddie Ledbetter Leadbelly, blusero negro nacido en una plantación algodonera, una leyenda para los conocedores como Johnny Cash, quien llevó a sus propias cuerdas esta canción en 1962. Entre la gente del campo, es decir, entre los tradicionales cantantes de country, las canciones eran dominio popular y poco importaban los autores o las versiones originales. Las letras les pertenecían a todos los que entendieran su significado, así que se improvisaba y hasta se modernizaban las melodías. Pero, ¿sabían los Creedence y los Beach Boys lo que decían al cantar Campos de algodón?

Todo el viejo country habla de los campos algodoneros y de cómo todo mundo soñaba con salir de ahí. Así escribió Johnny Cash Yo nunca coseché algodón (I never picked up cotton):

Cuando era sólo un bebé
muy chico para un saco algodonero
jugué en la tierra mientras otros trabajaban
hasta no poder enderezarse las espaldas.
Me hice a mí mismo una promesa:
Cuando fuera tan grande como para huir,
ni un día más me quedaría
bajo ese sol de Oklahoma.

Pero Johnny Cash no pudo eludir el algodón: comenzó a trabajar en el campo familiar cuando cumplió cinco años, haciéndola de aguador. El terreno, que al principio era una verdadera selva, había sido preparado por su padre y su hermano mayor con dinamita y machete durante meses. Para la temporada de siembra, el primer año, ya estaba lista una sexta parte de su tierra. No había tiempo que perder: la familia Cash había recibido del gobierno estadounidense el terreno y la casa, una mula, una vaca, unas cuantas gallinas y provisiones para todo el año, pero tenían que empezar a pagarlo con la primera cosecha. No era sencillo. Sólo una parte podía dedicarse al algodón, porque también había que alimentar a los animales con grano y alfalfa, y llevar algo a la mesa.

A los ocho años, Johnny recibió el primer saco que debía llenar de algodón cada jornada, desde finales de octubre hasta terminar el invierno. En el campo siempre se estaba trabajando: hombres, mujeres, niños y niñas tenían que empeñarse en la siembra de abril, para que las plantas crecieran a una altura suficiente en octubre y hubiera tiempo de recoger las bolitas blancas antes de las lluvias decembrinas, que ennegrecían y pudrían el algodón. Había otras dificultades con las que Johnny y su familia lidiaban todo el tiempo: tenían que mantener a raya las malas hierbas, que no paraban de crecer; había que permitirle al suelo reponer sus nutrientes cambiando de cultivo y, por lo tanto, perdiendo una fracción de ganancia algodonera, y luego venían las inundaciones, que podían echar a perder todo un año de trabajo. Pero lo que Johnny recordaba con más angustia eran los ejércitos de gusanos, que se acercaban lentamente, primero como una noticia lejana, después devorando los campos vecinos hasta devastar la plantación de los Cash y seguir de frente (“Ahora a nadie se le pasan por la cabeza –dice Johnny–; nada más echas un espray y te olvidas de ellos”).

Aunque el trato del New Deal era, sin lugar a dudas, una salvación, bien podía volverse una condena: los primeros años, la tierra rendía en calidad y abundancia, pero todo eso estaba destinado a pagar la asistencia federal; después sólo quedaba el cultivo de subsistencia. Podía volverse una situación desesperada, como relata la canción de Johnny Cash El pizcador congelado por cuatrocientas libras de algodón medio:

Dejé el campo una tarde, con los dedos fríos y adoloridos,
y de algodón medio, trescientas o más libras.
Jim McCann todavía recolectaba agachado en la hilera
cuando el sol empezó a hundirse y el viento a soplar.
Tenía que llegar a cuatrocientas, un saco de doce pies.
Le grité: ¡Ven a pesarlo, Jim!, pero sólo vi su espalda.
Así volví a la cena en casa y me reuní con mi familia
pensé en Jim pizcando afuera, mientras el invierno caía.
La siguiente mañana helaba el viento, la nieve a nueve pies profunda.
Dejé a todos los míos aún dormidos,
me hice de una pala, fui hasta donde había visto a Jim
y comencé a cavar buscándolo al final de su hilera (…)

Pero el campo fue para Johnny Cash la vida, el pulso de la tierra que volvió a buscar en sus últimos años. Y ya finalizando el siglo XX, cuando era imposible encontrar los paisajes de su infancia, recordaba todavía el resplandor rosado de los algodones cubriéndolo todo bajo el sol matinal. Podía quitarse los zapatos y revivir en las plantas de sus pies –que anduvieron 15 años descalzos– las texturas de la hierba, del camino pedregoso y del lodo fresco tras la lluvia. Recordaba a su madre tocando la guitarra, a veces cantando, a veces llorando, sin que Johnny pudiese realmente distinguir la melodía de los sollozos.

“Desde muy chico ansiaba todo eso… sabía muy bien que había brotado del barro y que, mientras siguiera el orden natural de las cosas, estaría bien. (…) Puedo sentir los ritmos de la tierra, el crecer y el florecer y el desvanecerse y el morir, en mis huesos. Mis huesos.”


Los "mojados"
según Guthrie

Woodrow Wilson Guthrie, conocido como Woody Guthrie (1912-1967), fue un músico folk estadounidense, cuyo legado incluye cientos de baladas políticas y canciones infantiles. Expulsado muy joven de su tierra natal, Oklahoma, por el llamado Dust Bowl (una sequía intensa), viajó hambriento junto con granjeros y desempleados del Medio Oeste y llegó a California; fue así testigo de la terrible pobreza de mucha gente. Muchas de sus canciones resultaron de tal experiencia, la más famosa: This land is your land. El accidente de un avión que en 1948 se estrelló transportando a 28 campesinos mexicanos que iban a ser deportados, le inspiró el poema Deportee (Plane wreck at Los Gatos). Una década más tarde, Martin Hoffmann le puso música; entre los más conocidos intérpretes de esta canción se cuentan Pete Seeger, Bob Dylan, The Byrds, Dolly Parton y Arlo Guthrie. Otra canción de Guthrie de esta época, Pastures of plenty, hace también eco de los sufrimientos de los trabajadores inmigrantes.

Deportados Woody Guthrie
(Traducción libre de Deportees)

La cosecha terminó y los duraznos quedados se pudren,
las naranjas fueron apiladas en sus cajas y protegidas con creosota.
Mientras tanto ellos vuelan de regreso a México,
donde dejarán todo su dinero antes de regresar aquí.

Adiós mi Juan, adiós Rosalita,
adiós mis amigos Jesús y María.
No tendrán nombres cuando suban al gran avión,
todos serán simplemente “deportados”.

El padre de mi padre cruzó este río,
ellos le robaron todo el dinero que ganó en su vida.
Mis hermanos y hermanas vinieron a cosechar fruta;
murieron al caer del camión en que viajaban amontonados.

Algunos somos ilegales, algunos somos indeseables.
Nuestro contrato de trabajo terminó y debemos irnos.
Setecientas millas hasta la frontera con México.
Ellos nos persiguen como delincuentes,
como cuatreros,
como ladrones.

Morimos en sus montes, morimos en sus desiertos,
morimos en sus valles y morimos en sus llanuras.
Morimos bajo sus árboles y morimos entre sus matorrales.
A uno y otro lado del río, siempre morimos.

El avión se incendió sobre el Cañón de los gatos,
una gran bola de fuego que sacudió las montañas.
¿Quiénes son los que quedaron regados como hojas secas?
La radio sólo dice: “Son deportados”

¿Esta es la mejor manera de abonar los grandes huertos?
¿Esta es la mejor manera de abonar la buena fruta?
¿Caer como hojas secas y pudrirse para fertilizar la tierra?

¿Y no tener otro nombre más que “deportados”?


ILUSTRACIONES: Robert Crumb

Aullar el Blues

Josafat Cuevas
Profesor de la UNAM, psicoanalista, miembro de la banda Stormy Monday

El blues es la vida; es tan simple como eso (…)
el blues es miseria si quieres miseria,
felicidad si quieres felicidad

John Lee Hooker

Los orígenes del blues, quizá la expresión musical más profunda e influyente de la música popular del siglo XX, se remontan a los Hollers (del verbo holler, gritar) africanos, que se acompañaban en sus cantos con un instrumento fabricado con una calabaza dejada a secar, a la que se añadía un brazo de madera y unas cuerdas de hilo de pescar. El rítmico rasgueo acompañaba la grave y acompasada voz, al tiempo que el pie desnudo marcaba contra el suelo, con su beat, el canto-grito. Este rudimentario instrumento se llamaba Halam (en la lengua Wolof). Cuando los negros esclavizados llegaron a Estados Unidos, su nombre se convierte en banjo. Fue decisivo en los inicios americanos del blues, y sufrió varias modificaciones con el trascurso del tiempo; pero el instrumento que por sus características se adaptó mejor a las necesidades del blues naciente fue la guitarra: era popular, barata, fácil de trasportar, pero, sobre todo, sostenía de manera más eficaz la base rítmica necesaria para el canto.

Puede decirse que esta es la prehistoria del blues. En cuanto a su historia, sus inicios se localizan en los estados sureños de la Unión Americana, durante los años posteriores a la Guerra de Secesión (1861-1865). Las miserables condiciones de vida de los negros en los algodonales, reducidos a esclavos, fueron el suelo fértil para la expresión de esta música que trasmitía todo el dolor y sufrimiento de sus extremas condiciones de vida, y su añoranza de su tierra perdida. Pero quizás es un error, por lo demás bastante común, creer que el blues es sólo tristeza y nostalgia. No. Es también canto por el gozo y la alegría de vivir. Como dice Son House, uno de sus fundadores, ante la pregunta de qué es el blues: “Si el blues no habla de lo que sucede entre un hombre y una mujer, en la cama, no es blues” (Wang dang doodle all night long…). Entonces no sólo tristeza, aullido, sino danza, sexo, amor y, por supuesto, también desamor…

Este blues rural, acústico, está marcado por lo nombres de Charley Patton, el mismo Son House, Robert Johnson y muchos otros que conformaron las estructuras rítmicas y melódicas primigenias del blues. Sus figuras alcanzaron dimensiones míticas en esos tiempos seminales. Quizá la leyenda más difundida fue la de Robert Johnson, de quien se dijo que su extraordinaria manera de tocar la guitarra le fue enseñada por el mismísimo diablo, a cambio de su alma, en un cruce de caminos (crossroads). Toda su vida está rodeada por un halo mítico, y aún su muerte, de la que se trasmitieron varias versiones; la más conocida sostiene que murió envenenado por un cantinero celoso por los amoríos de Robert Johnson con su mujer: acompañó su whiskey con cianuro. Y aunque sólo grabó un puñado de canciones, fueron suficientes para situarlo como uno de los indiscutibles padres del blues.

El siguiente momento decisivo para el desarrollo de este género tuvo que ver con la época de la recesión y depresión económica de Estados Unidos durante la década de los 20’s del siglo pasado. Ante la falta de trabajo y oportunidades, muchísimos ciudadanos estadounidenses, no sólo de raza negra, subieron por el río Mississipi en busca de una mejora de sus condiciones de vida. El primer punto estratégico en este recorrido fue la ciudad de Memphis, Tennessee, y de ahí a las grandes ciudades de Chicago y Detroit.

Otro factor fundamental vino a sumarse: la electrificación de la guitarra y otros instrumentos de acompañamiento.

El blues incorpora a las estructuras pentatónicas que definen el aullante sonido de las guitarras eléctricas, sin por ello dejar el sonido acústico. El blues vibra entonces en la voz, las armónicas y las guitarras y bajos acústicos y eléctricos. Después se incorporarían otros instrumentos orquestales venidos de Europa. Y entonces los nombres enormes de Muddy Waters, Howlin’ Wolf, la dinastía sin linaje de los King’s: B.B., Albert y Freddy. Pero al igual que en los tiempos primeros hay muchísimos otros nombres que dieron vida a esa gran raíz del blues inmortal; además de los ya nombrados, en este momento de electrificación aparecen cantidad de bluesman, cuyas rolas afortunadamente pudieron ser registradas cada vez con mayor calidad de sonido gracias al desarrollo paralelo de las técnicas de grabación.

No podemos terminar sin decir algo de una rama nacida del tronco del blues: el rock’n roll, que después daría lugar al rock a secas, no sin un viaje de ida y vuelta por Europa, y cuya expresión retornó como una enorme ola… Chuck Berry, Elvis Presley y otros, aceleraron el tiempo del blues y abonaron así una de las expresiones populares y masivas más omnipresentes de nuestro tiempo, en las que insisten los mismos aullidos primigenios del viejo y buen blues.

opiniones, comentarios y dudas a
[email protected]