Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 21 de julio de 2013 Num: 959

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Vicente Leñero en
sus ochenta años

José María Espinasa

María del Mar y el Movimiento Agorista
Evangelina Villarreal

Luis Javier Garrido: universitario ante todo

Roger von Gunten,
color y naturaleza

Allá y aquí
Bernard Pozier

La lectura como traducción
José Aníbal Campos entrevista
con Carmen Boullosa

Provincia griega d.c.
Panos Thasitis

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Columnas:
Bitácora bifronte
Jair Cortés
Mentiras Transparentes
Felipe Garrido
Al Vuelo
Rogelio Guedea
La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain
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Alonso Arreola
Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía
Cabezalcubo
Jorge Moch
La Casa Sosegada
Javier Sicilia
Cinexcusas
Luis Tovar


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Luis Javier Garrido:
universitario ante todo

La UNAM, a través de la Coordinación de Humanidades, publicó el libro Luis Javier Garrido Platas (1941-2012). Ante todo: un universitario, que recoge las intervenciones del homenaje a Luis Javier Garrido, celebrado el 17 de abril de 2012, mes y medio después de su fallecimiento. Los siguientes párrafos (cuya selección corresponde a H. Casanova) son parte de los textos incluidos en dicho libro, y se publican con la anuencia de la UNAM.

La solemnidad alegre de Luis Javier

Raúl Carrancá y Rivas


Luis Javier Garrido. Foto: Carlos Ramos Mamahua

Una imagen surge en mi corazón y en mi mente: las reuniones en su casa, es decir, en su casa paterna, en la casa de don Luis Garrido Díaz. Aquello era un verdadero claustro del conocimiento y la sabiduría. Los tiempos, se dice, han cambiado y hoy las familias se han modificado; puede que sí, puede que no, dependiendo de cada familia, de cada entorno familiar. Pero yo entrecierro los ojos y veo a mis padres, a mis padrinos, a mi amiga Elena, a Luis Javier, allí en un gran salón, departiendo. Don Antonio Castro Leal, don Isidro Fabela, mi propio padre, don Francisco González de la Vega, don José Ángel Ceniceros. Garrido, Ceniceros y Carrancá y Trujillo, por cierto, fueron miembros de la comisión redactora del Código Penal del 31. Ceniceros, que luego fue secretario de Educación Pública en el gabinete de don Adolfo Ruiz Cortines; Salvador Azuela, mi maestro de Historia en la Escuela Nacional Preparatoria, gran amigo de don Luis, y maestro de mi generación en la cátedra de Derecho Constitucional. También asistían el joven dramaturgo Wilberto Cantón, el escritor Carlos Fuentes, el yerno de Vasconcelos, Herminio Ahumada, y nada menos que José Vasconcelos, envuelto en su egregia figura, lleno de vitalidad y energía.

Vuelvo a entrecerrar los ojos y veo la Île-de-France y su piso en el Quai de Bourbon, a unos pasos de Notre-Dame; veo y oigo que al caer la tarde Luis Javier me decía: “Mira, ya admiraremos luego el frente de la prodigiosa catedral, pero ahora observa los contrafuertes, casi nadie se fija en ellos, ¡qué arquitectura, qué composición!”, y empezaba a disertar. Debo decir que en un pequeño restaurante del Quai de Bourbon viví una experiencia prodigiosa, que valga como anécdota para los que amamos el Derecho y las ciencias políticas. Un mediodía vimos llegar a un restaurante a un señor muy elegante, acompañado de otros dos caballeros, y me dijo Luis Javier: “¿Lo reconoces? ¿Sabes quién es? Mira, viene acompañado de poca gente.” “No ‒contesté‒, no lo ubico bien.” “Es Georges Pompidou ‒repuso‒, presidente de la República.” Entonces Pompidou pidió vino, comió, platicaron él y sus acompañantes, y se retiró. Pocos días después Luis Javier nos dijo a mi esposa Luz María y a mí: “Tengo la intuición de que alguien muy importante llegará al restaurante, los invito a comer.” Fuimos y de pronto entró un personaje rodeado de jóvenes; casi todos los comensales se pusieron de pie mientras los dueños lo saludaron con el mayor respeto. “Era nada menos que el profesor Maurice Duverger.” Luis Javier me explicó ‒con anterioridad lo había hecho mi padre‒ cómo en el contexto social de Francia, lo mismo que en la mayoría de Europa, muy por encima del prestigio del político (Pompidou fue un buen presidente) resalta el de un profesor universitario, el de un académico.

Entre sus clases, entrevistas, conferencias, y artículos magníficos en La Jornada, desde mi punto de vista, y creo que desde el de muchos, hubo un constante vínculo de unión. Recuerdo particularmente, porque él no era frío ni indiferente sino que tenía una “solemnidad alegre”, si cabe el término, es decir, que permanecía en un espacio apartado, de aparente timidez, aunque en el fondo se trataba más bien de una especie de reconcentración intelectual y emocional; recuerdo, digo, cómo se acercó a nosotros cuando en mayo de 2007 fuimos convocados varios abogados de la Facultad de Derecho por el Senado de la República, para analizar el alcance del artículo 27 de la Constitución. Allí estuvo Luis Javier defendiendo con inusitada pasión y profundos conocimientos jurídicos el contenido del párrafo sexto del mismo, el cual dice que, tratándose del petróleo, por más vueltas en contrario que le den los seudointérpretes, no se pueden otorgar concesiones ni contratos.

Como politólogo, jurista y humanista fue siempre Luis Javier consistente y claro. Me atrevería a decir que incluso transparente, estable, sólido, coherente. Defendió sin tregua alguna la libertad y soberanía de México, su independencia jurídica, histórica, social, política, en manifiesta conjunción del derecho y la política. Él estaba siempre inconforme con todo (pesimismo optimista el suyo), especialmente con lo que proviniera de la derecha conservadora.

Un homenaje

Octavio Rodríguez Araujo


Foto: Roberto García Ortiz

Trabé conocimiento con él en la Facultad de Ciencias Políticas y alternamos en distintas reuniones de índole política que se llevaron a cabo en esta ciudad y en otras. Coincidimos en algunas convenciones del PRI, en algunas convenciones del PAN, y también del Partido Comunista en aquel entonces, luego psum, luego PMS y luego PRD.

Como éramos especialistas en partidos políticos ‒malos o buenos es otro asunto, pero allí estábamos y producíamos libros y artículos sobre ese tema‒, nos invitaban los partidos, a veces con una cierta dosis de masoquismo, porque los criticábamos muy fuertemente, y sin embargo nos oían con mucha atención y, algo que no ocurre ahora, tomaban notas y trataban de no cuestionar las ideas y los consejos que a veces dábamos para que mejoraran su estructura, su forma de organización, etcétera.

Coincidimos igualmente en el movimiento zapatista. Yo escribí un libro sobre mi experiencia en el movimiento zapatista y estoy seguro de que si él hubiera tenido tiempo también lo hubiera escrito, porque participamos muy cercanamente en diferentes cosas y actividades tanto en Ciudad de México y otras ciudades de la República como en la selva chiapaneca. Fuimos frecuentemente y jugamos un papel importante en los primeros años del zapatismo, para coordinar esfuerzos, por ejemplo, con la Consulta Nacional por la Paz y la Democracia.

Luego nos volvimos a ver en el movimiento estudiantil de 1999-2000, pero en diferentes trincheras: yo era moderado y él no, si se me permite la figura. Discutíamos y teníamos diferencias, incluso dejé de hablarle como un año, pues en una carta en La Jornada dijo algo que no me gustó y que me pareció injusto; pero luego me lo encontré, en otro acto público de no recuerdo qué movimiento, y nos volvimos a hacer tan amigos como habíamos sido antes: simplemente disculpamos nuestros respectivos exabruptos y limamos asperezas. Volvimos a encontrarnos con Andrés Manuel López Obrador en 2006 y otros momentos después. Y así sucesivamente, durante mucho tiempo estuvimos en muchas cosas Luis Javier y yo. Lo voy a extrañar: lo extraño de hecho.

A mí me llama la atención que en las polémicas entre Luis Javier y yo, él insistiera en el partido del Estado y yo en el partido del régimen, a partir de él. ¿Por qué? Pues como he dicho muchas veces: a veces la gente se muere antes de tiempo. Mi amigo Luis Javier se murió antes de tiempo. Porque ese punto ya no lo pudimos discutir.

El libro de él lo convirtió en un experto sobre el PRI, a la vez que un agudo crítico, tanto que Carlos Monsiváis lo llamó ‒a Luis Javier‒, “el antipristo”, en algún artículo. Porque sus artículos eran muy agudos, muy cáusticos y muy enterados sobre el significado del pri; el PRI en el gobierno, no el PRI como partido.

Era un experto. Pero no sólo en el pri. Cuando él escribe La ruptura, gracias a la beca Guggenheim, da una explicación muy importante, la mejor que yo conozco, de la ruptura de la corriente democrática dentro del Partido Revolucionario Institucional, y cómo esto va a devenir con el tiempo en el Partido de la Revolución Democrática.

El detalle casi día a día de esa ruptura, nadie mejor que él lo ha rescatado. Es un libro que es necesariamente un referente, para empezar, de los miembros del PRD, o debería serlo, porque creo que a veces no leen como deberían. Y la segunda, es un referente para cualquiera que quiera estudiar los partidos políticos en México, sean profesores como nosotros, sean estudiantes.

Luis Javier Garrido

Ciudad de México (1941-2012). Hijo del doctor Luis Garrido Díaz, rector de la unam entre 1948 y 1953, y de doña Elena Platas. Obtuvo en 1972 la licenciatura en Derecho por la UNAM con la tesis Notas sobre la transformación política de México. Ese mismo año cursó estudios en la Universidad de la Sorbona (París 1), en la que obtuvo en 1974 el Diplomado de Estudios Superiores en Ciencia Política. En 1980 recibió el Doctorado de Estado en Ciencia Política por la misma universidad con la tesis El Partido Revolucionario Institucional de México. Historia y organización. La tesis fue dirigida por el reconocido politólogo Maurice Duverger, con el apoyo de dos profesores que fueron clave para su culminación: Edmond Jouve y Armando Uribe, este último exembajador de Chile en Francia.

Su trayectoria académica en la unam se remonta a 1962 cuando, siendo estudiante de Derecho, recibió su primer nombramiento como profesor en la Escuela Nacional Preparatoria, tarea que se prolongó prácticamente hasta su partida a Europa a principios de los setenta. Luego de su vuelta a México, se reincorporó a la unam en 1981 como investigador de la Coordinación de Humanidades (en el Programa Universitario Justo Sierra) y como profesor en la Facultad de Derecho. En 1983 ingresó al postgrado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y en 1986 cambió su adscripción al Instituto de Investigaciones Sociales, en el cual permanecerá, al igual que en las facultades de Derecho y de Ciencias Políticas y Sociales, hasta su fallecimiento.

Además de la UNAM, se desempeñó como profesor o conferencista en numerosas instituciones de México y el mundo, tales como la Universidad de Texas en Austin, la Universidad de California en San Diego, la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Barcelona y la Universidad Federal de Santa Catarina en Florianópolis. Entre los reconocimientos a su trayectoria universitaria destaca su nombramiento como Investigador Nacional nivel III por el SNI y su inclusión como candidato a la Rectoría de la UNAM en 2008. En el marco internacional destaca la beca otorgada en 1990 por la Fundación John Simon Guggenheim.

Su obra académica está encabezada por el libro El Partido de la Revolución Institucionalizada. La formación del nuevo Estado en México (1928-1945); incluye el libro La ruptura y más de un centenar de capítulos y artículos en libros y revistas especializadas. La mayoría de sus textos fueron editados en México pero también publicó en Estados Unidos, Reino Unido, España, Australia y Brasil. Fue ampliamente reconocido por su participación en La Jornada, donde formó parte de la Asamblea General de Socios y donde mantuvo una consistente colaboración semanal entre 1984 y 2012.

Hugo Casanova Cardiel

 
La Universidad y la educación

Hugo Casanova Cardiel

Profesor no sólo por sus nombramientos universitarios, sino por su vocación académica; hombre que inquiere, que cuestiona, que confronta y que enseña. No se da tregua, trabaja hora tras hora, sin apenas detenerse: lee, escribe, escribe mucho y pule aún más. Garrido delimita, afina, resalta y al final sus textos son de una enorme pulcritud y claridad.

Y más allá de sus textos, en el aula, en el auditorio y, aun en la tertulia, Garrido es exigente, riguroso y consistente. Un analista siempre listo a debatir. Difícilmente cede a la tentación del silencio.

Hace del saber motivo y fin. En ese afán construye una biblioteca a partir de dos profundos cimientos: la biblioteca de su padre ‒el exrector Luis Garrido‒ rica en obras de derecho y filosofía, y la que el propio Luis Javier cultiva cada día de su vida, y eso es de manera literal, a partir de sus visitas cotidianas a las librerías de Ciudad de México ‒la Gandhi y la del Fondo de Cultura Económica en la avenida Miguel Ángel de Quevedo, por aludir a dos de sus preferidas en los últimos tiempos‒ y también por su cita anual a la feria de la unam en Minería.

Garrido también acude a las librerías de viejo de la calle de Donceles en Ciudad de México o de la Cuesta de Moyano en Madrid con el olfato de quien sabe lo que quiere. Es la suya una biblioteca que alberga muchos libros dedicados por sus autores ‒Luis Javier no se detenía si había que hacer fila para que Octavio Paz le dedicara un libro en Minería, (quizá La llama doble) o para que Cortázar le firmara un libro pequeño (no recuerdo cuál) en una vieja cantina de Coyoacán. También contiene varios centenares de libros llegados en barco desde Francia en unas enormes cajas metálicas (los de casi una década en París), y alberga incontables ejemplares que consigue en las librerías de Madrid (la Casa del Libro, por ejemplo), en Barcelona (la librería Central del Ensanche) y en ambas ciudades en las nuevas librerías Fnac. También es un asiduo, en cualquier ciudad de Estados Unidos, de Barnes & Noble y de Borders, en las cuales adquiere las novedades de los principales escritores anglosajones.

Y en los años recientes es una librería online ‒Amazon, por supuesto‒ la que surte a Garrido de las novedades que lo apasionan. Los temas de la biblioteca abarcan una infinidad de campos, pero se centran en las ciencias sociales, la historia, la filosofía y la educación, en la literatura (clásica, moderna, contemporánea, nacional, latinoamericana, española, francesa…) y también en la poesía y en las artes. La biblioteca se complementa por una enorme colección de películas y de música que, sin metáforas, atesora.

Luis Javier lee, ve y escucha pero sobre todo estudia, analiza, se adentra en las especificidades de los textos, de las películas, de la música, y las integra en un saber crecientemente complejo y erudito.

Como los grandes pensadores, ejerce la pedagogía y genera una idea pedagógica de la política y del derecho. Garrido también construye una idea de la universidad y de la educación superior. Es una concepción que confronta otras ideas, informada, nutrida con un sólido conocimiento y con un riguroso manejo de la historia nacional y de la historia de las instituciones educativas y universitarias.

Su idea de la Universidad es consistente con su idea de la política y de la vida social. Es libertaria, autonomista y comprometida con la construcción de la democracia y la igualdad.

Para él la Universidad no está al margen de la problemática nacional, por el contrario, en ella se expresan de manera diáfana las contradicciones de la sociedad y las pugnas por el poder político. En la Universidad se expresan también las presiones internacionales, especialmente en términos económicos y políticos.

Había una gran intransigencia en Luis Javier Garrido hacia el poder mal ejercido. Ahí no había concesión alguna. La corrupción era corrupción, la deshonestidad era deshonestidad, el abuso era abuso. Así, sin eufemismos. Y sin importar qué partido, grupo político o institución estuviera en esa condición. Sin embargo, muchos de sus juicios, contundentes y atrevidos, terminaban, más temprano que tarde, siendo enarbolados aun por las voces más prudentes y por aquellos que en un primer momento los habían considerado exagerados. Garrido tenía una fe ilimitada, a veces difícil de entender, en el pueblo mexicano, así, en todo el pueblo mexicano. Tenía la convicción de que en algún momento el futuro sería mejor para todos. Y pensaba en un México más justo y democrático, en unas instituciones dignas y comprometidas con el bien común, y en una sociedad mejor educada y mejor pertrechada para el futuro.

La historiografía

Álvaro Arreola

La historiografía sobre nuestro sistema político, en la primera década del siglo XXI, es enorme. Sin embargo, el trabajo sobre la formación del nuevo Estado en México, 1928-1945, desde un punto de vista histórico, como el elaborado por Garrido, es hasta el día de hoy insuperable. Su contribución al conocimiento del sistema político mexicano no es poca cosa, pues por primera vez se analizó a un partido, no sólo a través de su formación política, de sus cambios organizacionales y de sus asambleas, sino que nos iluminó a los historiadores, sociólogos, abogados y politólogos para entender que la historia de un partido es también un cuadro complejo de todo el conjunto de la sociedad y el Estado, y a menudo con las interferencias internacionales de donde esa formación política pueda nacer.

No puedo dejar pasar que varios años después de conocerlo y dispensarme su amistad, conocí y leí en su despacho de la calle Tuxpan de la colonia Roma, en cientos y cientos de cuartillas, su trabajo inédito que continúa la historia sobre el Partido de la Revolución. Sería la segunda parte del publicado en 1982: Éste, El partido de la Revolución burocratizada (1946-1968), que es la historia detallada de la transformación del partido de Estado en PRI.

Hace menos de un año, Luis Javier, en su casa de la calle San Francisco de la Colonia del Valle, me mostró los avances de dos libros más. Son lo que él habría denominado, por un lado La transición política de México 1982-2012, que también ya estaba terminado, pero que, siempre riguroso consigo mismo, no lo entregaba a la editorial “porque faltaba citar algún nuevo reglamento, comentar alguna entrevista pendiente o buscar algún documento especial”. El otro trabajo por culminar y que se desprendía de su libro publicado en 1993: La ruptura. La corriente democrática del PRI, y que todavía estaba desarrollando, era el denominado El desmantelamiento de la nación 1982-2012. De acuerdo con lo que le habría expuesto a la editorial, este trabajo reúne sus ensayos en capítulos como 1. Los bárbaros del norte 1985-1987; 2. 1988: la crisis institucional; 3. El gradualismo a la mexicana 1988-1993 y 4. Las vías de la transición. En su conjunto, este no sería más que un libro completo sobre lo que jocosamente denominaba “la intransición mexicana”.

Como todos los hombres que tienen una vocación por la libertad, Luis Javier miraba el futuro y no entendía los movimientos sociales sino como fuerza de transformación de la vida política. De ahí su relación con el movimiento estudiantil en el congreso universitario de 1990; el apoyo al doctor Salvador Nava y su movimiento; la singular relación con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional; el apoyo incondicional al movimiento estudiantil que defendió como nadie en la historia la gratuidad de la universidad pública en el año 2000; su oposición a todo fraude electoral desde 1988 hasta 2012, orgulloso como ciudadano libre de participar en un movimiento como el que se construye desde el Movimiento de Regeneración Nacional.

Su intransigencia, siempre jocosa para quienes lo conocimos de cerca, tenía la convicción de que el fenómeno del poder debía ser estudiado de manera científica, con imaginación crítica y como consecuencia de un compromiso de la cultura universitaria con los problemas de la organización política, como lo propone la misma legislación de nuestra universidad.

El pensamiento de Garrido es de enorme modernidad al referirse constante y reiteradamente a la necesidad de estudiar de manera objetiva y crítica al poder para impulsar la transformación democrática de México, o al urgir a sus estudiantes a definir reformas políticas para la nación.