Directora General: Carmen Lira Saade
Director Fundador: Carlos Payán Velver
Domingo 7 de abril de 2013 Num: 944

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Cuatro décadas sin Alejandra Pizarnik
Gerardo Bustamante Bermúdez

La pintura de Manuel González Serrano,
el Hechicero

Argelia Castillo

Pensar cambia el mundo
Esther Andradi entrevista
con Margarethe von Trotta

Gorostiza: una voz
en medio de la ruina
y los discursos

Hugo Gutiérrez Vega

Erri de Luca: paraísos,
vida y mariposas

Ricardo Guzmán Wolffer

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Columnas:
A Lápiz
Enrique López Aguilar
La Jornada Virtual
Naief Yehya
Artes Visuales
Germaine Gómez Haro
Bemol Sostenido
Alonso Arreola
Paso a Retirarme
Ana García Bergua
Cabezalcubo
Jorge Moch
Prosaismos
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Cinexcusas
Luis Tovar


Directorio
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Amor, vida, muerte, dios

Raúl Olvera Mijares


Poesía,
José Gorostiza,
FCE,
México, 2012.

Consistencia y concentración son dos atributos que acotan la obra quintaesencial de tres creadores de las letras mexicanas: José Gorostiza en poesía, Juan Rulfo en narrativa y Julio Torri en las brevedades. La poesía, producto de suma decantación, ocupa lugar preeminente en la literatura. No existe licor más puro, menos adulterado, más reducido a sus componentes fundamentales que el arte del poeta. En 144 páginas José Gorostiza (1901-1973) fue capaz de verter su obra entera, es decir, aquellos poemas que, bajo severo y casi sobrehumano escrutinio, merecieron recogerse en el único volumen de su poesía. Si a Pellicer lo animaba una pasión volcánica y exuberante, Gorostiza sólo conoció momentos de creación, raros y reconcentrados; Villaurrutia terminará igualmente con una obra poética más bien magra.

Precedida de un ensayo a manera de prólogo, “Notas sobre poesía”, el flamante volumen de Gorostiza sigue dejando atónito al lector. Catorce años separan Canciones para cantar en las barcas (1925) y Muerte sin fin (1939). Un par de composiciones incidentales, aunque imprescindibles para entender el devenir del poeta, aparecen de forma aislada si bien reunidas en su opus maius, bajo el estricto e hiperbólico título, Del poema frustrado (1948), entre ellos, “Declaración de Bogotá” “Presencia y fuga”, “Lección de ojos” y “Preludio”. Si hubo poeta, entre el grupo de Contemporáneos (1929-1931), lector puntual y venerador silencioso de la poesía castellana, en su doble vertiente, popular e italianizante, ese fue José Gorostiza. Sus dos obras fundamentales se encuentran en el extremo de una y otra corriente: la tradicional, compuesta en octosílabos, el metro propio del romance, que preña de punta a cabo Canciones para cantar en las barcas, donde es posible hallar ecos de Lope, el Góngora de los romances y algunos miembros de la Generación del 98 e incluso de la del 27; y la culta, engarzada en endecasílabos y heptasílabos, rara vez pentasílabos o incluso eneasílabos, Muerte sin fin, con algunos pasajes contrastantes en versos de ocho sílabas, constituye casi una silva o especie particular de ésta, cuyos antecedentes inmediatos serían, por una parte, las Soledades, de Góngora y, por otra, “Primero sueño”, de Juana de Asbaje.

Más cercano al universo abstracto y conceptista de la jerónima que al hipérbaton, neologismos y engolosinamientos –por influencia clásica– con la mitología por parte del poeta sevillano, el extenso poema de Gorostiza (775 versos) se presenta como una exploración del cosmos y del hombre que pretende acaso resolver las cuestiones fundamentales del arte poético, tal como el autor dejó asentado en el prólogo: “La poesía, para mí, es una investigación de ciertas esencias –el amor, la vida, la muerte, Dios– que se produce en un esfuerzo por quebrantar el lenguaje de tal manera que, haciéndolo más transparente, se pueda ver a través de él dentro de esas esencias”.


Rulfo bajo la lupa

Cuauhtémoc Arista


Juan Rulfo, el arte de narrar,
Françoise Perus,
Editorial rm/unam/Universidad Autónoma de Guerrero
/Universidad Nacional de Colombia/Fundación Juan Rulfo,
México, 2012.

Mal haría el lector en comenzar el libro de Françoise Perus con expectativas distintas del saber literario. Es cierto que se consigue un placer distinto y hasta refinado llevando hasta esos confines el análisis, pero cuesta trabajo y desemboca en nuevas interrogantes sobre los métodos de análisis y las teorías del arte, específicamente la poética.

Juan Rulfo, el arte de narrar consta de textos escritos y publicados de forma independiente, y después reunidos y afinados para exponer mejor las convicciones de Perus, quien desde hace décadas ha abierto brecha para una crítica más auténtica de la literatura latinoamericana.

“Esta compenetración del lector con la poética del cuento… dista mucho de ser accesible a la primera lectura”, advierte, ya que en general el lector de Rulfo ha sido formado en una tradición realista y un corpus crítico que la poética rulfiana “subvierte” o rebasa porque han “soslayado o tergiversado la problemática de la forma narrativa”.

Sin embargo, a ese lector “urbano, letrado, que lee a solas un texto impreso” y “acude a las convenciones de la tradición escrita”, la autora se propone mostrarle que en Rulfo esa tradición es “subvertida por los recursos que proporciona una tradición cultural viva de la que pareciera haberse perdido la memoria, o que hábitos de lectura enseñaron a desvincular de la letra escrita. El reencuentro con dicha tradición y la reelaboración artística de sus implicaciones éticas y cognitivas constituyen uno de los mayores aportes de Rulfo a la literatura.”

Una de sus tesis centrales es que en Pedro Páramo la forma de la enunciación no puede separarse de las modalidades de la enunciación (aserto que dio lugar a divertidos equívocos en las notas periodísticas sobre la presentación del libro.) Perus le atribuye a Rulfo nada menos que “una transformación conjunta de los modos de configurar el objeto de la representación artística y prefigurar el papel del lector implicado”, lo que implica un cambio en la ubicación del lector respecto del texto “y en relación con el mundo narrado”.

Parece que la autora busca armar la estructura lingüística objetiva en la aparente maraña subjetiva del texto literario y distinguirlo de los “contenidos” que recubren ese esqueleto. Y no. Precisamente es la relación entre hueso y músculo la que le interesa de estos relatos vivos –para utilizar la noción que le gusta. De hecho, facilita la lectura al relegar a las notas sus debates teóricos, pese a que su vocación académica la jala hacia allá porque escribe en el filo de la interdisciplina.

Al llegar al final de este libro, tal vez un lector que carezca de la maestría en letras piense que en realidad no ha leído a Juan Rulfo y hará bien en volver a él para disfrutar de las nuevas dimensiones estéticas aprendidas de Perus. Pero se equivoca sobre su anterior lectura: simplemente no lo había leído para “generar saber” sino para potenciar su percepción, que es el propósito del arte “vivo”.


Raíces de la luz

Ricardo Yáñez


Trazos de esgrima,
Mariana Bernárdez,
UAM/Ediciones Sin Nombre,
México, 2011.

Donde lejos es más lejos, donde se es tan sólo uno y otro, ahí, la pisada sonámbula siguiendo el impulso del aire, el solo deletrear que es ya caricia, aunque ninguna palabra abarque la inmensidad; ahí “qué buscar sino papeles/ que señalen la verdad de lo vivido/ la sensación del labio que se abre/ para sacar el alma y ofrendarla/ sabiendo no volverse/ cuando sea rayo”.

“¿Retornar?/ ¿una vez andado/ a dónde se ha de volver?” ¿Qué tal si no, nos preguntamos, a “donde lejos está más lejos”? (la frase original que variamos al principio del párrafo anterior, construido con líneas no del todo fidedignamente citadas de diversas partes del libro de Bernárdez, el cual comienza con una búsqueda (“Tanto buscarte palabra/ para encontrarte rota”, pues “nada sé/ para animar tu aliento”) y luego de pasar por el silencio (“Tú sabes lo que nostalgia el Silencio” –cursivas en el original) opta por un, bien que dubitativo, diálogo entre el yo y la voz, donde, repitamos otra de las frases iniciales de este escrito, “se es tan sólo uno y otro”.

Esa unidad y otredad que se percibe, dijérase, “en el sopor entre el sueño y el despertar/ cuando se tiende un hilo/ abismo que pareciera no serlo”, o bien “cuando poco hay que entender/ o cuando la necesidad de fluir hasta en la gota/ es un dilatarse la pupila en universo”, tiempo de milagro que sabe que “nunca es demasiado ni suficiente/ cuando se trata de palpitar en la vida”.

Bernárdez invoca a la palabra: “Quémame la garganta con tu agua.” Y la interroga: “¿He de salvarnos yo/ desde estos huesos? Y, aunque o porque “la voz se agrieta”, pídele: “Biendime la lengua”.

De repente la poeta ya no sabe “si hay o no un sentido en las palabras” y confiesa que: “De querer tanto ya no sé cuál querer quisiera”, mas espera “que cada movimiento atestigüe mi adentro”, pues aun reconociendo que “no hay certeza en mi cuerpo”, apunta con firmeza: “Míos han sido los días de antes/ los recuerdos de una fuerza ingenua/ que creyó beberse la inmensidad/ cuando la desnudez fue otra.” Con un adverbio que podría referirse al pasado pero que más bien tiene carácter conclusivo, remata un poema: “Mío entonces el mar/ Mía la tarde sin lluvia/ y el bosque y los jardines/ y el sol rozando los techos/ Mía la palabra/ aunque sea un momento/ y este domingo/ donde las manos/ se me llenan de arena.”

Este comentario bien pudiera terminar aquí, pero faltaría indicar que en buena parte el libro trata del desamor (que de alguna manera, atrevamos, amor siempre es) y del cuerpo: “Mira cuerpo mío// Mira// Cómo baila el pensamiento.” (Negritas en el original.) Del, como ya se vio, movimiento. De hecho el libro (casi) abre con una especie de epígrafe: El pensamiento baila.

“Huir es adentrarse” es el primer verso de un poema que indicios da es de desamor, pero seis páginas más adelante la autora nos sorprende con esta línea: “¿a dónde van las raíces cuando huyen de la luz?”, pregunta que no da la impresión de solicitar, puesto que no la necesita, respuesta.


Nostalgia del lodo

Javier Perucho


Axolotiada. Vida y mito de un anfibio mexicano,
Roger Bartra (antología, introducción y notas),
Gerardo Villadelángel Viñas (coordinación),
México, FCE, 2011.

Tantos instantes de felicidad me concedió durante mi infancia ese animal. Apenas terminaba de llover corría solo o con mis amigos hacia los charcos que se acumulaban en torno a la presa del Capulín. Anidaban ahí, bajo el reseco lodo, fuera de la temporada de lluvias, pero apenas se anunciaban los truenos agitaban nerviosamente su cola espermática y su cabeza glandeal se asomaba por sobre la tierra agrietada como solicitando torrente. Los atrapaba con cierto temor por las palabras de la abuela: se te meten por la planta de los pies descalzos. Y en las mujeres traspasan las enaguas. No le hacía caso y apresaba varios con la mano para depositarlos en un frasco de vidrio, que luego lucía triunfante entre mis amigos de la cuadra, que no sin cierta envidia o repugnancia me los querían comprar o arrebatar, pero nunca se los concedí. Que ellos se descalzaran, caminaran entre el lodo y soportaran los fétidos olores de la cenagosa agua. Y más tarde aguantaran los gritos maternos, ónde andabas, recabrón, si te ando buscando y nadie me cuenta tus pasos.

Ese animal ya tiene su libro, otro frasco de vidrio, que es como se ven mejor. Se llama ajolote, así le dicen por estos lares sin señor.

En México no sólo la sirena o el manatí, esos seres fantásticos de la zoología, han logrado su ontología. También el ajolote, indicio, emblema y símbolo, encuentra en estas tierras su apologética. Sirenas o manatíes pueden rastrearse desde las crónicas del conquistador, incluso antes, y han logrado su representación en el arte popular, la música folclórica, el relato oral y los acervos literarios y visuales. El ajolote compite con ellos en tanto representación gráfica o literaria, pues se trata de un colono más del imaginario cultural. Así lo atestigua esta Axolotiada. Vida y mito de un anfibio mexicano, concertada por la diestra batuta de Roger Bartra, socioantropólogo mexicano que cifra en este animal refugiado en el lodo la imposibilidad de la metamorfosis de una colectividad.

Participan de esta retrospectiva coral científicos, historiadores, literatos, artistas plásticos, provenientes de los siglos XIX y XX, quienes rastrean la figura, función, símbolo y representaciones que adquiere este animal emblemático de la ontología del mexicano en variados acervos científicos y tradiciones culturales. Latinoamérica o Europa no han escapado al hechizo de la larva.

Para esta magna sinfonía de cinco movimientos –Antiguo Axolotario, Axolotología, Nuevo Axolotario, Axolotitlán, Axolotiada– prestan su escritura las voces canónicas de la bestia mexicana: Italo Calvino, Julio Cortázar, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Gutierre Tibón, Juan José Arreola –a quien reclamaría que en su Bestiario no contemplase a la sirena, pero sí, en cambio, a este bicho de las charcas mexicanas, heredero de una tradición ilustre–, así como Salvador Elizondo, Primo Levi, Aldous Huxley, entre otros sabios y literatos de este reino o de ultramar. Por supuesto, los científicos anglosajones, los naturalistas francófonos y biólogos nativos también conciertan su parte solista en este cántico por la larva: Georges Cuvier, Auguste Duméril, Stephen Jay Gould y Luis Zambrano. Los exploradores decimonónicos asimismo están presentes con sendas apologías al batracio: Bernardino de Sahagún, Francisco Hernández, Francisco Javier Clavijero y José Antonio de Alzate, que asientan su morfología, sabor –se trata de un animal comestible para antiguos y nuevos mexicanos–, síndrome peterpanista, costumbre o ciclo circadianos, modos de airearse y demás minucias biológicas. Además de su infaltable asociación con los símbolos fálicos. Los oficios de la cocina y la alcoba coinciden en el emblema de este animal anfibio.

Esta magna sinfonía es clausurada por una tribu de ciudadanos domiciliados en la Nueva Axolotitlán, con asiento cronológico en el siglo pasado, quienes recrean su fea existencia, la del ajolote: Rafael Lemus, Verónica Volkow, Héctor Manjarrez, Ana García Bergua, Carlos Chimal, Verónica Murguía, Alberto Ruy Sánchez, Christopher Domínguez Michael y Pablo Soler Frost.

Este bestiario mexicano fue enriquecido gráficamente con la obra plástica de diseñadores, escultores, grafiteros, muralistas y fotógrafos que han iluminado la trama existencial de este animal endémico de las aguas mexicanas. Y los paseos de mi infancia al aire libre, descalzo y al acecho del ajolote, también.



Poesía completa,
Rubén Bonifaz Nuño,
Fondo de Cultura Económica,
México, 2012.

Desde 1996 la colección Letras Mexicanas contaba, entre sus numerosos títulos, De otro modo lo mismo y Versos (1978-1994), ambos del recientemente fallecido maestro, traductor y enorme poeta Bonifaz Nuño. El primero de los mencionados libros es la reimpresión del publicado –también por el FCE– originalmente en 1979 y que, a su vez, consiste en la reunión de los siguientes libros: La muerte del ángel, de 1945; Imágenes, de 1953; Los demonios y los días, de 1956; El manto y la corona, de 1958; Fuego de pobres, de 1961; Siete de espadas, de 1966; El ala del tigre, de 1969; y La flama en el espejo, de 1971. Ubicados en grupos por orden cronológico, el volumen incluye los que Bonifaz prefirió agrupar bajo el título Algunos poemas no coleccionados y corresponden a los años 1945-1952, 1954-1955, 1956-1957, 1958-1960 y 1962-1965. Por su parte, Versos es la reunión, en un solo ejemplar, de Tres poemas de antes, de 1978; As de oros, de 1981; El corazón de la espiral, 1983; Albur de amor, de 1987; Pulsera para Lucía Méndez, de 1989; Del templo de su cuerpo, de 1992; Madrigal del adolorido –que tiene la particularidad de ser consignado en el año de 195…–; y finalmente Trovas del mar unido, de 1994.

Para esta Poesía completa o, mejor dicho, para que el título diga la verdad,
era preciso incluir Calacas, de 2003, y así lo ha hecho el FCE, que tuvo además el acierto de acompañar los tres volúmenes con un cuarto, titulado La poesía como destino, prólogo a la obra de Rubén Bonifaz Nuño, de Luis García Montero. En resumen, pues, se ofrece a los lectores la oportunidad de tener en sus manos la totalidad de una de las obras más importantes, insoslayables, influyentes y memorables que ha dado la poesía mexicana de todos los tiempos, y quien sienta que a este párrafo lo plagan los superlativos, que se acerque –quizá– por primera vez, o que retornen los pasos de sus ojos a la belleza, la precisión, la profundidad y la sabiduría que, poéticamente y a lo largo de siete décadas, desplegó uno de nuestros máximos poetas. Para decirlo con las palabras del también poeta García Montero, “la palabra de Rubén Bonifaz Nuño es una de las mayores obras de protección realizadas en nuestra lengua a lo largo de la segunda mitad del siglo XX”.

Vayan los siguientes versos, a manera de mínima probada:

Y algo como el amor de mis hermanos
Se despliega en mi contra, se abandera,
En contra mía prevalece.
Y lo que soy mañana, me recibe.


Fe de erratas

En la ficha de la reseña a México como problema: esbozo de una historia intelectual, publicada en el número 943, uno de los coordinadores de la obra aparece como Carlos "Mades", cuando debería decir Carlos Illades. Ofrecemos una disculpa al coordinador, al FCE y a nuestros lectores.