Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 29 de abril de 2012 Num: 895

Portada

Presentación

Bazar de asombros
Hugo Gutiérrez Vega

Bitácora bifronte
Jair Cortés

El tren sobre el cementerio
Lina Kásdagly

Los desprendimientos de María Auxiliadora Álvarez
José María Espinasa

La escritura multicolor
Adriana Cortés Koloffon entrevista con Suzanne Dracius

Colibrí: del sol al corazón
Agustín Escobar Ledesma

Vicente Rojo: la vuelta
al mundo en 80 años

Francisco Serrano

El testamento de
Atahualpa Yupanqui

Rodolfo Alonso

Leer

Columnas:
La Casa Sosegada
Javier Sicilia

Las Rayas de la Cebra
Verónica Murguía

Bemol Sostenido
Alonso Arreola

Cinexcusas
Luis Tovar

Galería
Mayra Aguirre Robayo

Mentiras Transparentes
Felipe Garrido

Al Vuelo
Rogelio Guedea

La Otra Escena
Miguel Ángel Quemain

Cabezalcubo
Jorge Moch


Directorio
Núm. anteriores
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El arco de la violencia

Jorge Alberto Gudiño Hernández


Al lado vivía una niña,
Stefan Kiesbye,
Almadía,
México, 2011.

La violencia vende, y vende bien. No por nada parece ser el tema favorito de nuestra actualidad. No sólo por lo que vivimos cada día, por la infatuación perversa que se ha instalado en nuestro entorno. También porque los discursos narrativos se han centrado en ella. Así, hay manifestaciones artísticas por doquier hablando del sufrimiento, de las consecuencias que provoca, de todo el daño que nos causa. Desde la televisión con sus seriales basados en la idea del bien común, hasta la literatura con novelas negras que se pueden apilar por centenares, todo hace creer que la violencia es la nueva moda. Y lo es, tanto, que parece que los espectadores cada vez están más lejos de la empatía. Es imposible serlo con tantas historias y personajes. La violencia se trivializa al grado de que la sorpresa y la conmoción que debería causar están anuladas de antemano.

Por eso sorprende un libro como Al lado vivía una niña, de Stefan Kiesbye (Alemania, 1968). En él se narra la historia de “Los tejones” un grupo de niños y adolescentes que vive en Esge, un pueblo industrioso en la Alemania de la postguerra. Un escenario donde se respira la miseria y la derrota en cualquier esquina. La locura es algo común a todos los personajes, ya sea que intenten ocultarla o que hagan un espectáculo de ella. Es en ese contexto donde “Los tejones” se enfrentan a “Los zorros”, su pandilla rival. El problema es que éstos son mayores, tienen vehículos y no dudan a la hora de hacerse de la autoridad por la fuerza.

Moritz es uno de los líderes de “Los tejones.” Al tiempo en que se busca la forma de acabar con sus enemigos, se enamora de Anna, su vecina. Con ella y con su propia hermana descubrirá el poder de su incipiente sexualidad. No tiene ni quince años y sus enemigos harían cualquier cosa por lastimarlo. Por eso se agrupa, para conseguir un poder que a solas no tendría. Por eso se venga cuando unos niños lo violentan en la escuela. Por eso es implacable. Por eso no siente remordimientos ni culpa. Y así, en medio de toda esa vorágine de desprecio por la dignidad humana, de pronto se encuentran con Birke, una adolescente abandonada, con un grave retraso mental. Ella será el catalizador que pondrá a flote una ternura que parecía perdida.

Sin embargo, no será suficiente. Una serie de traiciones lo volverán víctima de la brutalidad. Pero Moritz no es una víctima cualquiera. Al contrario, es de los que saben que el arco de la violencia existe, que la venganza lo volverá verdugo y actuará en consecuencia, sin medir ninguno de sus actos.

Con una prosa tan simple que resulta asombrosamente efectista, Kiesbye demuestra que la violencia nos puede seguir estremeciendo. No sólo porque es capaz de narrarla con una precisión que altera, sino porque consigue inmiscuirnos de tal forma que no nos queda más que respirar profundo y aguantar la nueva afrenta.


Personajes y tiempos que se bifurcan

Gerardo Bustamante Bermúdez


Demonia,
Bernardo Esquinca,
Almadía,
México, 2012.

Con elementos del género de la literatura de terror psicológico, así como de lo fantástico, Bernardo Esquinca acaba de publicar Demonia. En este libro los personajes ingresan o salen de un ambiente a veces mórbido y extraño, visitado por pesadillas, locuras y contagios, así como encuentros y obsesiones permanentes. Varios de los relatos están ubicados en Ciudad de México, espacio que se convierte en la geografía literaria que materializa la escritura ficcional. Las calles de Donceles o República de Cuba, la Alameda Central y otros espacios sirven como escenarios para la construcción y evocaciones de un pasado que se revive en el presente. El tiempo en este libro es un personaje más porque se recupera en las experiencias pretéritas y las asigna a su arbitrio desde el presente.

Por este libro desfilan historias de personajes ominosos, abandonados, niños de la calle susceptibles al poder de la Logia, pero también textos que muy bien encuentran su correspondencia con la nota roja. Uno de los principales aciertos del libro es el manejo de la voz narrativa; cuando los personajes hablan en primera persona, el lector está obligado a un diálogo con las obsesiones y testimonios de este mosaico de pacientes diegéticos; se ve obligado a analizarlos, pensar y repensar sus vivencias y verdades.

El libro se compone de nueve relatos, la mayoría de ellos breves, aunque también el texto que cierra y que a su vez da título al libro puede leerse como una novela breve.

En todos los textos las historias quedan envueltas por un halo de ensoñación que trastoca la realidad y detona las experiencias que conducen en varios casos al tema de lo siniestro. Los personajes de Esquinca ingresan al mundo de lo oscuro, lo crean, le temen o lo enfrentan con desafío; hablan desde ahí, se convencen y comparten al lector sus miedos y experiencias fantásticas.

El libro de Bernardo Esquinca inquieta, detona en el lector experiencias sensoriales acordes con lo vivido por su personajes/ pacientes, seduce por la eficacia narrativa, los ambientes y discursos delirantes de sus actantes. El lector tiene a la mano una construcción de historias que se bifurcan para después encontrarse y dar paso a los destinos repetidos; un corpus de cuentos, de entidades imaginarias, combinadas con un lenguaje preciso en un género tan complejo como es el cuento contemporáneo, que el autor maneja con gran acierto.