Opinión
Ver día anteriorDomingo 11 de septiembre de 2011Ver día siguienteEdiciones anteriores
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El señor y la mucama
E

n la vida de muchos políticos sus pasiones y pulsiones personales terminan siempre por cruzarse con la vida pública. A pesar de estar y sentirse elevados y distanciados del común de los mortales, la vida terrenal sigue siendo tan prosaica como traicionera.

Cuando Dominique Strauss-Kahn (DSK) estuvo a las puertas de ser nominado como candidato socialista a la presidencia de Francia se abrió otra puerta en su lujosa suite del hotel Sofitel, en Nueva York, y apareció una mucama con uniforme negro, mandil blanco y plumero en mano.

Dicen que hormona mata neurona, sobre todo en el caso de los adolescentes, pero también en el de algunos sementales, como DSK, por más que haya sido patrón del Fondo Monetario Internacional.

No hubo juicio, donde se podría haber aducido una posible enfermedad del sexo o ninfomanía que justificara su proceder. Ahora los sexólicos pueden aducir que su hipersexualidad se debe a una enfermedad llamada satiriasis o andromanía.

Del pasado de DSK se conocen algunas perlas que ponen en evidencia que no perdió la cabeza momentáneamente. Más bien se trata de un comportamiento recurrente de abuso y violencia sexual con sus compañeras de trabajo y de partido, con periodistas, simples dependientes o prostitutas. Al parecer, dada su profesión de economista aplica en su vida cotidiana el principio del 100 por ciento: hay que irle a todas. Al final puede quedar un nada despreciable 10 por ciento.

De la que sí se sabe vida y milagros es de la mucama. De eso se encargaron los abogados del señor DSK, que hurgaron en la vida privada y nada glamorosa de la recamarera Nafissatou Diallo, que vive en un cuartucho y que tiene varios esqueletos en el clóset, entre ellos ser inmigrante.

En efecto, llegó de Guinea y solicitó refugio. Su argumento fue el de cientos de miles de mujeres africanas: que había sido violada en una de tantas guerras, revueltas y conflictos tribales. Era mentira.

Lo que suele suceder. Así es la vida de los inmigrantes irregulares, que para poder sobrevivir tienen que mentir. Tienen que comprar documentos falsos, cambiarse de nombre, inventarse historias. Una total falsedad, pero al mismo tiempo una verdad clara y simple, no hay otro camino. Incluso el migrante regular, harto de que lo identifiquen o descubran como extranjero, suele cambiar, adaptar o transformar su propia biografía.

El extranjero por el hecho de serlo es diferente y despierta curiosidad. Más aún, la de los abogados estadunidenses, que se especializan en desacreditar al querellante. Y así sucedió. La mucama compuso la historia, cambió tres veces la versión de los hechos y quedó sepultada en sus propias palabras, sus propias mentiras, sus medias verdades, sus inconsistencias.

Paradójicamente, la estrategia que le permite al migrante sobrevivir en Estados Unidos no le sirve a la hora de enfrentarse a la justicia, donde la mentira es el talón de Aquiles. La regla de oro de decir la verdad y nada más que la verdad, no entra, ni puede entrar, en la cabeza de los inmigrantes irregulares. Su experiencia diaria les dice lo contrario.

El abusador DSK tenía derecho a quedarse callado y a solicitar un abogado. Afirmó que se trataba de sexo consentido. La recamarera tenía que declarar y dio varias versiones. Por más que el procurador trató de buscar argumentos para llevar a juicio a DSK, no se pudo. La credibilidad de Diallo estaba en duda. De lo demás se encargaron los abogados neoyorquinos, que la hicieron polvo en pocas semanas.

Nunca se dijo que DSK fuera inocente. Es más, todos sabemos, sospechamos, que es culpable de abuso, aunque la violación puede estar en entredicho. Sin duda, el patrón –como dicen los franceses– del FMI utilizó todo su poder de macho sobre la hembra, de huésped sobre la empleada, de blanco sobre la negra, de rico sobre la pobre.

Hormona mata neurona, pero el poder, finalmente, mata todo.