Opinión
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En el remolino
E

uropa ingobernable, consignaba el inolvidable Il Manifesto italiano en mayo o junio de 1974. Ante el espectáculo dantesco del ataque especulativo contra la libra en 1992, el ministro Heseltine aleccionaba a un asistente que se desesperaba frente a las imágenes de la televisión británica: “That’s capitalism”. Y en el mismo tono, Henry M. Paulson, secretario del Tesoro de W. Bush (2206-09), le respondió a un asesor que no entendía por qué no habían regulado a tiempo: We were making too much money man, le hacen decir al financiero en la formidable producción de HBO de Too big to fail.

Hace un par de años, para terminar con este desordenado viaje memorioso, Le Monde Diplomatique de Argentina advertía: Europa al borde del colapso (o del precipicio). Y así está la cosa por estos días en que Grecia se cocina al fuego poco lento incitado por los mercados, cuyas comillas hicieron mutis, España asiste a la muerte chiquita que le han recetado las calificadoras, el FMI y un Rajoy disfrazado de astuto, y la señora Merkel preside desde la potente Alemania lo que bien podría ser el fin de un régimen monetario provisional para dar paso a una dolorosa, pero promisoria, operación para normalizar la unión monetaria con algún tipo de unidad fiscal sin la cual la Europa de la unión puede en efecto asomarse al abismo del endeudamiento sin fin, la inflación y la generalización de los indignados, aquí sí que de Finisterre a los Urales.

Dar por terminada la primera crisis global de la época de la posguerra fría ha sido cara tentación de los tristemente célebres mercados. Pero es su propia manera de ser, su naturaleza, la que impide que el planeta tenga un respiro y aspire a algún tipo de recuperación transitable. Los que de veras mandan en esa enloquecida galaxia del beneficio sin costo, pero con mucho perjuicio para el trabajo y la mayor parte de la empresa, se abocaron con furia a bloquear, distorsionar y vaciar de contenido a la reforma del capitalismo financiero que en 2009 Obama o Sarkozy, el Banco Mundial y hasta el FMI veían como indispensable y crucial para la salud del capitalismo.

En vez de ello, engordaron a sus huestes con alucinantes bonos y ganancias, pusieron de rodillas a los reformistas y humillaron a buena parte del circuito europeo, de la mítica Irlanda a la nueva rica España, desde luego a Grecia y Portugal, para no mencionar a la sufrida periferia del Este.

Ahora se acerca el mundo a una nueva prueba de ácido que no podrá reducirse a la vieja Europa, pegará de lleno en la ya no tan marcial Unión Americana y pondrá al mundo emergente ante sus propias limitaciones y liviandades. El auge de las materias primas se topará con el encarecimiento alimentario, y el reclamo social se desplegará de la Plaza del Sol a Tiananmen y, por qué no, al Zócalo o a La Moneda.

Para cruzar este reiterativo chaparrón, que sin previo aviso se vuelve tifón, no sobra repetir las lecciones viejas del 2009, que bien podrían ser las del 29: la única ortodoxia es la del interés nacional, bien definido por la deliberación democrática y amarrado por los veredictos de la historia. No hay interés nacional que se mantenga sin un mercado interno robusto, sostenido por la inversión productiva, el empleo y el salario. No hay un mercado así sin una política de fomento industrial, rural, social, inspirada en propósitos universales, éstos sí cosmopolitas, de apropiación y cultivo de la ciencia, la técnica y la cultura modernas.

A eso, que no es fácil ni lo venden en Wal-Mart, se han dedicado los chinos y los brasileños, mientras nosotros nos sometemos a las cábalas de una guerra y una sucesión que, si nos descuidamos, pueden no tener fin.